Prohibido prohibir

Cuaderno de bitácora, por Nelson Specchia

Ayer, jueves 23 de agosto, en la sede de la Fundación Osde de Buenos Aires, la querida Claudia Piñeiro conversó con Leonardo Padura; el cubano está de gira promocional de su última novela, “La transparencia del tiempo”, protagonizada por ese detective habanero que creó hace ya nueve novelas atrás, y que –al menos en mi imaginación- termina siendo tan parecido física e intelectualmente a su creador.

La presencia de Padura entre nosotros ha centrado varias puntas de la agenda cultural regional (además de Argentina, también mantuvo encuentros con lectores en Chile y en Colombia), como la publicación, también por estos días, del libro de entrevistas de Leandro Calle y Eduardo Gasquez, “El género negro en cinco autores latinoamericanos” (Editorial Babel), donde Leonardo Padura es uno de los entrevistados. La sección argentina de esa gira, que terminó ayer con Claudia Piñeiro, comenzó la semana pasada en Córdoba, cuando compartimos con él un conversatorio muy animado (y concurrido: casi 600 personas) en el Studio Theater.

Como me habían adelantado que tras el conversatorio no habría preguntas del público, unas horas antes puse un aviso en las redes sociales, para que quien quisiera me enviase algún tópico sobre el que le gustaría que Padura respondiera. Me llegaron docenas de mensajes, de la más variada índole: sobre aspectos de su novelística, otros deseosos de saber la postura del mayor escritor cubano vivo sobre la historia reciente de la isla y su ventura hoy, con escenarios de continuidades esperables y rupturas más que probables. Ya en el teatro, mientras esperábamos en el camarín para salir al escenario, le mencioné a Padura estos mensajes que había recibido tras mi invitación por Facebook, y me sorprendió su pedido: “No me hagas hablar tanto tiempo de política... prefiero que conversemos sobre las novelas. En todos lados donde voy –me acaba de pasar en Grecia, hace pocas semanas- me bombardean con la Revolución, Fidel, Raúl, los Estados Unidos, el Embargo, si volveremos al capitalismo... Yo no soy un analista político, tengo la simple opinión de un ciudadano, como cualquiera. Prefiero, colega Nelson, que hablemos de libros.”

Claro que, unos minutos después, cuando salimos al escenario, respeté su decisión y durante casi dos horas hablamos de su obra: de cómo concibió a Mario Conde; sobre las desventuras de un policía en La Habana; sobre el traslado de las novelas a los guiones de la serie de Netflix; del impacto de la edad en el escribir (y en los argumentos); de las dificultades de vivir con un sueldo de jubilados en una economía dual; de su amor por los perros; de habitar el mismo barrio y la misma casa que sus padres y que sus abuelos. Un menú, en fin, que permitiera conocer algunos aspectos de esa “cocina” hogareña donde se mezclan los ingredientes y los condimentos que terminan horneando las novelas de Mario Conde, o esa inmensa y contundente biografía novelada de Lév Davídovich Bronstein, León Trosty, “El hombre que amaba los perros”.

Veo que la estimada colega Claudia Piñeiro siguió la misma estrategia dialogal en su presentación en Buenos Aires, o que Padura le hizo a Claudia la misma advertencia que me hizo a mí en Córdoba. Pero aquí, en todo caso, no pude esquivar un tema espinoso: ¿por qué Leonardo Padura, que tras la seguidilla de premios (incluyendo el Princesa de Asturias de las Letras) y los miles de ejemplares vendidos en todas las lenguas, nunca había intentado dejar Cuba, y seguía allí, escribiendo en un contexto de libertad limitada? ¿No había sentido nunca, acaso, la tentación de salir, de irse –como tantos cubanos antes y después- a otro país donde el control oficial sobre su obra fuera menos estricto? Padura me respondió: dijo que se quedaba porque había elegido quedarse, que él se sintió siempre parte de la cultura cubana, y que quería escribir sobre Cuba desde allí, desde esa cotidianidad problemática, de límites y carencias, imperfecta pero suya. Y dijo más: que nunca se había autocensurado, siempre había criticado, en la voz de sus personajes, aquellos aspectos de la vida cubana (no sólo los políticos-económicos, también los usos y costumbres) que le parecían merecerlos.

Yo, mientras lo escuchaba, pensaba en nuestra propia realidad y en la amiga Piñeiro: nos parece extraño que un hombre como Leonardo Padura haga frente a su trabajo de escritor en condiciones complejas en la relación con el poder y con sus compatriotas, pero en esta Argentina tan capitalista, tan devota del libre mercado en estos tiempos, tan autoproclamada liberal y “republicana” desde el poder, Claudia Piñeiro estuvo a punto de tener que renunciar a su presentación de Padura por la inmensa presión de los colectivos antiabortistas durante el reciente debate nacional en torno a la aprobación de la ley de interrupción voluntaria del embarazo.

Y si no lograron su intento de censura fue por el apoyo de la editorial Tusquets y la Fundación Osde, que respaldaron a la escritora, y por la postura indeclinable de Claudia, que les hizo frente con la misma determinación con que militó toda la campaña por la aprobación de la ley. Una postura frente a la vida, las convicciones propias, la escritura, el trabajo intelectual y la responsabilidad social, idéntica a la que, en otras latitudes, sostiene Leonardo Padura. Nada es casual.

20 Septiembre 2018
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