Córdoba y la marginalia urbana

Nada fuera de lo común, por Manuel Esnaola (Especial para HDC)

UNO

Esta historia es antigua. Ya en los siglos dieciocho y diecinueve hubo en Córdoba una sociedad marginal, eludida por la urbe de doctores y señoras distinguidas. Aquellos “vagos”, indios, mulatos, “negros”, “gentes de servicio”, inmigrantes, peones, obreros, prostitutas, guitarreros, pendencieros y mendigos, librados a su destino de sumisión y orilla, fueron perpetrando, como todos los hombres y mujeres de la tierra, los arduos menesteres del amor, fundiéndose, incesantes, en otro cuerpo nuevo, diluyendo sus rasgos y su sangre en otra estirpe, que el tiempo, la desatención y el confinamiento en las barrancas, habría de percudir, en su naturaleza adquirida, el mismo signo de sus predecesores: la condición de “desclasados”. Las “chinas” y los “chinos” cordobeses de cara aindiada, como escribiría el periodista italiano Eugenio Troisi, hace ya mucho tiempo, es decir, hace más de cien años de soledad, “(…) donde se divisa todavía el hijo del país, descendiente de los conquistadores y de la mujer de los salvajes”. ¿Les suenan estos rasgos?

DOS

No es necesario tener oído absoluto para escuchar que casi todo el mundo, hasta en las conversaciones más triviales, hace alguna apreciación, a veces inadvertida por la tertulia, sobre los barrios de Córdoba. Hay cierta necesidad morbosa en nuestra psiquis “gremial”, de construir categorías que nos-diferencien-del-otro, ese que está ahí en alguna parte, pero preferimos imaginar –nunca ver– y sobre esa imaginación construir su estereotipo: un adjetivo puede ser, a la larga, un acto de constitución del sujeto social. Transcribo, más o menos al voleo, algunas apreciaciones que he escuchado en charlas ocasionales: “San Vicente es un barrio muy áspero, te ven sapo de otro pozo y sos boleta”; “Alberdi, en algunas zonas, es bastante turbio”; “Cofico es una mezcla de bohemia de estudiantes sin guita y negrerío de bailanta a la noche”; “Caminar por la General Paz –cruzando Colón– después de las 22 PM es como meterse en Kosovo”.

Nada separa a estos juicios de valor de mis “contemporánees” digitales, de aquellas memorias descriptivas de comienzos del siglo veinte, salvo el forzado barroquismo de la época. El ensayista, historiador y poeta Manuel Gálvez describe al antiguo barrio “El Abrojal” como un “lugar siniestro en donde nadie se atrevía a penetrar de noche (…) una barriada miserable, el principal foco de la mala vida cordobesa”. Por su parte, Bialet Massé, amigo y confidente de rectores, esposo, padre y abuelo distinguido, escribe, también a comienzos del mil novecientos, sobre los conventillos apostados cerca del parque Las Heras, dice, el muy pulcro, que sus piezas eran “de pisos imposibles, sucias hasta repugnar, chicas y caras”. Sobre el barrio San Vicente, fundado en 1870 como un sitio de retiro veraniego, merecido escape campestre de las familias ricas, Arturo Capdevilla nos hace notar que allí reverdecía también un submundo, un “poblado vulgar, cuando no ranchería, sórdido y sucio, tumbado entre marañas de cactos hirsutos”.

La expresión del genotipo cordobés, cultivado entre batallas, civilizaciones y barbaries, sulkis que llegaban atiborrados de gente, inmigrantes, prostitutas, cantores de orilla, vagos, cuchilleros, damiselas bien perfumadas y doctores, todos madres y padres, en igual medida, de una parte “céntrica” de la patria, señora tan disputada por esta fecha, decía, el fenotipo, que es, según refiere la biología, “la expresión del genotipo en función de un determinado ambiente”, de los cordobeses, es, al mismo tiempo, revolucionario y reaccionario, liberal y conservador, creativo y obtuso, una fisura serpenteante, como “La Cañada”, que se empecina en separar a-los-unos-de-los-otros, construir, sobre su evolución “natural”, un ethos partido y glorioso, esa iglesia cuyo credo es siempre uno mismo.

TRES

El fulgor postmoderno trajo conceptos desconcertantes sobre la planificación urbana. Las “barrancas” de comienzos del siglo veinte, pongámosle, 27 de Abril y Cañada, o, mejor aún, el actual barrio “Güemes” (entonces llamado Pueblo Nuevo), aquel pobrerío de rancherías y cajetillas a través del cual el gobernador Marcos Juárez, una especie de orillero también, pero rico, gustaba adentrarse en su caballo para “reclutar elementos bravíos (…) o conversar con el pobrerío”, hoy se ha convertido en la zona más “Soho” de la ciudad. Atiborrado de bares que simulan una bohemia impostada, el barrio Güemes despacha su mixtura de música “house”, guitarras criollas y DJs de fusión, con cervezas artesanales, sex shops y mercados de pulgas que ofrecen a la venta todas las poses cordobesas que todavía nos avergüenza asumir… gestos que buscamos entre el gentío abrumador porque de ese modo alcanzamos a diluirnos en el anonimato.

Barrios cerrados, con vigilancia las 24 horas. Estos son los nuevos suburbios. La planificación urbana encuentra su matriz en el alejamiento de la ciudad. Universidades privadas (alejadas también de la urbe), cuyas carreteras conducen a esos barrios cerrados y las cuales prácticamente sólo pueden recorrerse en automóvil –escaso transporte público–, de manera que los lotes de jóvenes que reciben el diploma laureado apenas conocen el centro, la 27 de abril y General Paz, pongámosle, o el edificio del Correo y las mil y un paradas de bondi sobre Colón; el Abasto –o el eco orillero de esa barranca–, la fisura que corta a esta ciudad en dos donde los pibes se sientan a la noche, resguardados un poco por la sombra y otro poco por los árboles, a mitigar el hastío que llega desde los ojos que se prenden, desconfiados, con las luces de los bares.

Salvo la geografía, nada ha cambiado demasiado en “La Docta”. Bialet Massé y Capdevilla, mientras juegan a la Play Station y toman ron saborizado en-la-previa, dicen que “los negros” son reconocibles porque andan en moto con caño de escape recortado y vienen, los hijos de puta, a chorear billeteras a Nueva Córdoba. Del otro lado del tiempo, en un almacén de barrio, dos pibes de la Academia Argüello se dirimen la hombría apostando a ver quién se anima a entrar de noche en las barrancas, esa “barriada miserable, el principal foco de la mala vida cordobesa”.

21 Septiembre 2018
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