Los Edgardos

Cultura y tecnología, por Darío Sandrone (Especial para HDC)

I
Tras siete meses de conflicto en el que el gobierno nacional ofreció una y otra vez un 15% de aumento a los docentes universitarios (con una inflación proyectada de, al menos, 35%), estamos cerrando la tercera semana consecutiva de paro en las universidades. El propio rector de la Universidad Nacional de Córdoba, el Dr. Hugo Juri, de extracción radical al que no podría calificarse de opositor, dijo críticamente que para el gobierno nacional “la educación no es una prioridad”. Estas declaraciones tuvieron lugar el pasado jueves, un día después de la multitudinaria marcha en la que participaron alrededor de cien mil personas en defensa de la universidad pública. El apoyo de Juri al reclamo ha servido para cerrar filas al interior de la UNC, en donde unidades académicas que tradicionalmente no se sumaban a las medidas de fuerza han acompañado esta vez. También, ha servido para captar la poca atención que los medios de comunicación masiva suelen prestar a las protestas universitarias.

Por otra parte, convocado el año pasado por el ejecutivo nacional para integrar los foros de la usina de pensamiento, por un lado, y hombre de universidad, por otro, Juri se encuentra en un dilema sin mucho margen de maniobra, teniendo en cuenta el desfinanciamiento que el gobierno de Macri viene implementando en la educación superior. Según el informe que difundió el Instituto de Estudios y Capacitación de CONADU, “la inversión nacional en las universidades nacionales, que creció de manera sostenida en la década anterior (de 0,55% en 2006 a 0,86% en 2015), disminuyó a 0,79% en 2016 (el nivel más bajo desde 2011) en relación con un PBI que decreció un 2,3% en términos reales”. Los números parecen dar la razón a Juri: el macrismo desdeña la universidad pública, lo que en términos económicos se traduce desfinanciamiento.

II
En el año 2014, en plena campaña presidencial, Macri realizó controversiales declaraciones en una conferencia en la Facultad de Ciencias Económicas de la UBA: “¿Qué es esto de universidades por todos lados? Basta de esta locura”, advirtió,“no queremos universidades donde los graduados sientan que su título no vale nada”. En esa misma conferencia, fiel a su estilo de campaña, el actual presidente narró las alternativas de su encuentro con un vecino, en este caso “Edgardo” de Bahía Blanca. “Casado, tres hijos, treintaidós años, su mujer trabaja en el comercio de la esquina de su casa”, inició la anécdota. “—¿A qué te dedicas? —”, cuenta Macri que le preguntó. “—Vivo de arreglar motos—”, respondió Edgardo. “—¿Dónde aprendiste, estudiaste, agarraste un libro? —”; “—No, no, solo—”. “—¿Pero googleaste algo?” insistió el actual presidente, a lo que bahiense contestó una vez más: “—No, no, solo”. Luego, Macri contó cómo Edgardo le mostró todo lo que había aprendido de arreglar motos de manera autodidacta, aunque solo en los primeros tiempos, ya que después ingresó como empleado a una empresa y ganó muchas otras habilidades que lo convirtieron en un trabajador capacitado y próspero. Todo esto, sin pisar una universidad, claro está.


III
No sabemos qué fue de la vida de Edgardo, pero sí sabemos que Macri ganó las elecciones presidenciales del 2015. Una de las primeras apariciones públicas del flamante presidente, allá por enero del 2016, fue en la cumbre de Davos, donde se reunió con los CEOs de las tres empresas tecnológicas más grandes del mundo: Sheryl Sandberg de Facebook, Eric Schmidt de Google y Satya Nadella de Microsoft. Este hecho, a la luz de los acontecimientos, resulta significativo y bien podría darnos una pista sobre el ideario macrista en relación con las universidades, el conocimiento y el mundo del trabajo.

Hace unos días, el 14 de agosto, el sitio web Glassdoor, que revisa el accionar y la gestión de las principales empresas del mundo, informó que 15 grandes compañías trasnacionales ya no requieren títulos universitarios en sus contrataciones, entre ellas, los gigantes tecnológicos como Google, Apple, IBM, además de Bank ofAmerica y EY. Esto, sin embargo, parece confirmar una tendencia general que hace cinco años había señalado el propio vicepresidente de Recursos Humanos de Google, Laszlo Bock: “el expediente académico no sirve para nada… tu habilidad para desempeñar tareas en Google no tiene ninguna relación con lo bueno que eras en la escuela, porque las habilidades que se piden en la universidad son muy diferentes”. Google, como dijimos, fue una de las empresas con las que Macri se reunió en Davos. Esto no significa que haya copiado de manera directa la nueva concepción del mundo laboral propuesta por este tipo de megaempresas, pero bien podríamos atar unos cabos si damos un pequeño salto más en el tiempo.

A principios de 2017, el gobierno nacional puso en marcha el “plan 111 mil”, con el objetivo de formar en cuatro años un total de 100.000 programadores, 10.000 profesionales y 1000 emprendedores tecnológicos para cubrir la demanda laboral de las empresas del sector de software. Las sedes donde se dictaban los cursos eran universidades, pero también colegios terciarios, secundarios y empresas, como por ejemplo la Cámara de Empresas del Polo Informático de Tandil (Cepit). Sin título universitario, el alumno recibía un certificado de alcance nacional avalado por el Ministerio de Educación y el Ministerio de Producción de la Nación. Se trata de un gran programa para formar “Edgardos”, que rápidamente adquirieran las habilidades que las empresas de software requieren, de manera de aumentar las posibilidades de incorporarse a estas, desde luego, con un salario acorde a la escueta preparación.

IV
Cuando Juri dice que la educación universitaria no es prioridad para el gobierno nacional, dice algo cierto, pero esa expresión suele leerse en clave económica: achicar el gasto, optimizar los recursos del Estado, etc. No obstante, existe un sentido más profundo: el macrismo no cree que los valores y las habilidades que un ciudadano adquiere en la educación pública sean relevantes para el desarrollo del país. Más aún, las propias empresas pueden cumplir el rol formativo, o de lo contrario, se aprende haciendo, de ahí la figura del emprendedor que fomenta el ejecutivo nacional.

Ya no son solamente las Ciencias Sociales y Humanidades las que son tildadas de inútiles e improductivas, y a las que se les regatea el financiamiento. Poco a poco, también se instala que las carreras ingenieriles son desactualizadas, inútiles, incapaces de procesar la tecnología que genera aceleradamente “el mercado”. Frente a este nuevo escenario que propone el discurso de las grandes trasnacionales, la línea de acción parece muy clara: pasar por arriba, por abajo o por el costado la formación en las universidades nacionales que, en el caso de Argentina, además es pública y gratuita. Que estas empresas lo propongan, vaya y pase, pero que el propio Estado se sume a esa lógica es preocupante, principalmente, porque reduce la formación de un ciudadano a la de un empleado “que sabe hacer”. En ese marco, se nos presenta una serie de preguntas clave: ¿Qué habilidades requieren las grandes corporaciones y cuáles se inculcan en la universidad pública? ¿Qué pierde un trabajador que no pasa por la universidad pública? ¿Qué gana si lo hace? Tal vez podamos ensayar algunas respuestas en la próxima columna, para seguir pensando un poco más en los Edgardos, en el marco del conflicto universitario.

20 Septiembre 2018
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