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Lun, Agosto 2017 08:48 PM
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La ciudad / Hora cero

La ciudad / Hora cero, J. Emilio Graglia (Especial para HDC)

Hace 30 años, en la Pascua de 1987, el entonces presidente de la Nación, Raúl Ricardo Alfonsín, se dirigió al pueblo argentino desde los balcones de la Casa Rosada y dijo aquella frase que, hoy por hoy, es una de los íconos de la historia reciente de los argentinos: “Felices Pascuas. La casa está en orden y no hay sangre en la Argentina”

Durante aquellos días, los denominados “carapintadas” del entonces teniente coronel Aldo Rico, se habían sublevado al orden constitucional. Los sublevados se oponían a la continuidad de los juicios a los militares que habían intervenido en la dictadura militar y que, mediante el terrorismo de Estado, habían violado los derechos humanos de miles de argentinos.

La democracia argentina se había recuperado el 10 de diciembre de 1983, después de la derrota en la guerra de Malvinas. El 30 de octubre de ese año había sido elegido el candidato de la Unión Cívica Radical, Raúl Alfonsín. 

Habían pasado nada menos que 55 años desde la última vez que un radical había sido elegido presidente de la Nación por el voto de la mayoría. Hay que remontarse al año 1928, cuando Hipólito Yrigoyen fue elegido por segunda vez para presidir los destinos de la República.

Los presidentes Arturo Frondizi y Arturo Umberto Illia también fueron oriundos de la Unión Cívica Radical y también fueron elegidos por el voto popular. Pero no por la mayoría del electorado. Vale la pena recordar que en ambas elecciones presidenciales, tanto en la de 1958 como en la de 1963, el peronismo estuvo proscripto.

El gobierno alfonsinista ya había concedido la llamada “ley de punto final”, en 1986. A pesar de esa concesión, los militares fueron por más y lo consiguieron. Pocos días después de la sublevación “carapintada”, se sancionó la denominada “ley de obediencia debida”.

Paradójicamente, el mismo gobierno que puso en marcha el juicio a las juntas militares, concedió esas leyes. Algunos criticaron al presidente Alfonsín por haber hecho estas concesiones al poder militar de aquellos años. Otros, entre quienes nos incluimos, pensamos que sirvieron para mantener el orden constitucional.

La democracia del año 1987 era una democracia débil. La amenaza del golpe militar seguía viva. La sublevación de los “carapintadas” fue un ejemplo claro. La casa no estaba ordenada. Sin embargo, el pueblo salió a las calles sin distinciones partidarias, la CGT declaró un paro general y, tanto los oficialistas como los opositores, se mostraron juntos, todos en defensa de las instituciones. 

La casa no está en orden 

Han pasado treinta Pascuas, desde entonces. Alfonsín no pudo concluir su mandato y Carlos Saúl Menem fue elegido presidente de la Nación. Mediante una serie de decretos presidenciales, en 1989 y en 1990, el presidente justicialista indultó, entre otros, a militares condenados o procesados por violaciones a los derechos humanos durante la dictadura militar y, también, a los sublevados “carapintadas”.

Después de una década menemista, otra vez la mayoría del pueblo argentino eligió a un radical para que lo presidiera. Esta vez a Fernando De la Rúa. Tampoco pudo terminar su mandato y huyó, con muertos en las calles. La debacle de la Alianza puso a la Argentina en una situación de gran fragmentación política. En ese marco, Néstor Kirchner llegó a la Presidencia con el 22 por ciento de los votos.

En el año 2003, a pesar de su baja legitimidad de origen, el presidente Kirchner logró que el Congreso anulara las leyes de punto final y de obediencia debida y elevara a rango constitucional la Convención de la ONU sobre imprescriptibilidad de los crímenes de guerra y de lesa humanidad. 

Desde entonces, los tribunales empezaron a declarar la inconstitucionalidad de los indultos del menemismo. De esa manera, los condenados debieron cumplir sus condenas y se reiniciaron los juicios a los represores de la dictadura militar. Llamativamente, durante la presidencia de otro justicialista. 

Desde el 10 de diciembre de 2015, preside el país el primer presidente elegido por la mayoría del pueblo argentino que no proviene del radicalismo ni del peronismo. Han pasado 30 Pascuas, con progresos y retrocesos. 

La amenaza de los militares ya no está. Las multitudinarias marchas del pasado 24 de marzo demuestran una firme voluntad por la memoria, la verdad y la justicia. Pero hay otra parte de la sociedad que sigue relativizando la cantidad de desaparecidos, incluyendo a funcionarios del actual Gobierno y al propio Presidente. 

Hace 30 Pascuas, el pueblo salió a la calle, la CGT declaró un paro general, oficialistas y opositores se pusieron de acuerdo, para defender la democracia. Hoy, las marchas son para que no vuelvan los que se fueron, los paros son para que se vayan los que están y los adversarios son enemigos. La casa sigue desordenada.

Solamente la “cultura del encuentro” que predica el papa Francisco podrá ordenar la casa de los argentinos. De lo contrario, como dijo el Arzobispo de Córdoba, Carlos Ñáñez, el Jueves Santo: “Si seguimos reavivando desencuentros en nuestra patria, nos espera el fracaso”.

 

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