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Mié, Enero 2018 08:24 AM

Cuentos de Verano

Las otras vertientes, por Alejandro Jallaza

Caminaba hacia la parada del colectivo, una llovizna persistente me mojaba la espalda, ya que caía con sesgo. 

Era uno de esos días previos a la Navidad. Malditos. Había postergado la compra de regalos, luego de los últimos acontecimientos no tenía en claro con quienes aún conservaba obligaciones; y ahora la fecha se venía encima.

A pesar de ser verano, la temperatura había bajado considerablemente;  la combinación de viento, lluvia, más tareas incumplidas componían un cuadro desolador. No llevaba nada conmigo para contrarrestarlo. Apenas música en el celular, elegida muy triste, que ayudaba a impregnar de significados el paisaje.

Iba por una calle no asfaltada y poco transitada que me ahorraba sus buenos tres minutos hasta la punta de línea ya que podía cortar camino. Era muy silenciosa. Una ventaja nada desdeñable.

Durante meses hice ese camino todas las mañanas, sin prestarle atención, siempre atento a llegar a tiempo antes que pasase el colectivo. 

Al costado derecho, a casi todo lo largo, había un baldío contenido por un alambrado muy alto y compacto. No cuatro alambres de púas más o menos paralelos, sino un tejido romboidal en perfecto estado. 

Cada tanto la municipalidad lo limpiaba  así que por lo general ni los yuyos estaban muy altos ni se acumulaba mucha porquería.

Sin embargo hoy al otro lado del alambrado veía ropas. 

Ropas tiradas. 

Ni basura ni desechos. Sólo ropas. 

No juntas, si no muy espaciadas entre sí y a distancias variables del alambrado. Como si alguien las hubiese arrojado por encima mientras corría o iba en moto (suposición razonable) siguiendo el mismo camino que yo. 

El efecto era extraño, parecían ropas puestas sobre cuerpos invisibles, como si aún conservasen un volumen y cada una su silencio. Contagiaban tristeza, incluso a alguien menos predispuesto.

Me detuve un momento y miré hacia atrás. Desde una cuadra antes empezaban a verse las ropas, apenas algunas prendas chicas, casi todas blancas o grises, muy dispersas, como matas ralas en una salina.  No me había dado cuenta ya que caminaba reconcentrado en mis pesares. 

Sin embargo ahora estaba parado frente a la parte más “frondosa”; en el núcleo, por decirlo de alguna manera. 

Aquí la profusión era mayor. Y los colores. Predominaba la ropa de invierno, típico de las limpiezas de comienzo de verano, pero había de todo: ropa interior de niño, de mujer, pullovers, buzos, joggings, remeras, poleras, pantalones, pañuelos, etc. Y eso sólo en la parte en que yo me había detenido. Recordaba esas fotos de campos de refugiados de la Europa del Este.

La llovizna resonaba con desmedida fuerza. Parecía que todo sucediese dentro de un frasco.

También había desparramada ropa de mi mujer. 

Primero reconocí una tanga roja, que me encantaba, y cerca el corpiño voluminoso que hacía juego; a unos pasos también estaban unas sandalias viejas, unas que yo le regalé, uno de mis mejores regalos. Mágicamente esa vez le había acertado al tamaño, al alto del taco y al diseño. Nunca más volví a estar tan inspirado.

Había más por las cercanías, mezclada con ropas de otros. 

Ropas que yo había descolgado de la soga. 

Ropas que llevó puesta en más de una de nuestras demoledoras discusiones (recuerdo que me sorprendía que no se deshicieran como papeles mojados encima suyo, por la presión continua a que se veían sometidas. Recuerdo haberlo comentado con ella, ganándome más gritos y más presión).

Ropas que yo había visto tensadas al máximo. 

Ropas que ya no extrañaba, es cierto, pero que sin embargo allí tiradas, de esa forma, con esa distribución, estaba seguro que componían un diseño, un significado que se me escapaba. 

Y nuevamente sentí la angustia de no entenderla, de saberla empleando fuerzas y sutilezas mucho más allá de mi comprensión; como la broma del sabio que señala la luna y el mono le estudia la uña del dedo extendido.

No toda era ropa vieja ni desechable, mucha era de sus favoritas, había incluso alguna con las etiquetas aún sin arrancar, lo que me desconcertaba mucho más.

Porque si bien el camino hasta la separación fue estrecho, retorcido y tan difícil como una senda de purificación y tuvo sus momentos espeluznantes y hubo episodios sobre los que guardo una saludable confusión,  estaba seguro de no haberlas tirado yo. 

Y hacía mucho ya, bah, más de un mes que ella se fue. 

No reconocí ropa mía ni de la niña.

Y ese efecto, de la ropa conocida  en medio de otra ropa extraña era atroz.  

Y lloré. Todo. Todo lo que no deje salir en las largas peleas previas, todo lo que sujeté en las largas negociaciones, todo lo que sujeté cuando finalmente ellas se fueron y yo creí demostrar algo poderoso siendo el que permanecía en el terreno. 

Todo lo lloré entonces, bajo la llovizna fría, agarrado al alambrado un día previo a la Navidad. Insisto con ese punto.

Puteé. Insulté a grito pelado, pateé el alambrado y lo sacudí con tanta fuerza que me quedaron marcados los rombos en las palmas. 

Un montón de cosas me pasaron por la cabeza. La más insistente: ¿Desde cuándo estaban ahí esas ropas tiradas, tan cerca mío? Dudaba que hubiera sido por propia mano, la sabía muy capaz de revolear ropas, libros y cosas de otros, pero no las suyas, nunca las suyas; de eso creía estar seguro. 

Cuando me calmé miré a mi alrededor por si alguien había visto mi acting. Nadie en la calle. Más allá de la tierra mojándose no había sonidos, sólo muy muy a lo lejos, a la altura de la avenida donde debía tomar el colectivo, se escuchaba, como un pensamiento, el ruido ocasional de un motor.

Casi opté por volverme a casa, encerrarme con algo fuerte de beber, no hacer ningún regalo y renunciar a querer demostrar que, en lo esencial, sí prestaba atención al mundo exterior y real; como si de plantar una bandera en la luna se tratase. 

De estas dudas me saco el ruido. 

El ruido de la ropa. 

El ruido de la ropa moviéndose. 

El ruido de la ropa arrastrándose sobre los yuyos del otro lado del alambrado. Un ruido como de algo gigante raspando en varios lados.

Miré a mi alrededor. Cada prenda, grande o chica, no en forma sincronizada, se desenroscaba, se arrancaba del arbusto a que estuviera sujeta, aun perdiendo pedazos en la operación, adoptaba una forma aerodinámica, apta para el traslado y se ponía en movimiento. 

Estoy casi seguro que comenzó la ropa de mi mujer, y el resto la siguió.

Toda la ropa comenzó a arrastrarse casi en paralelo al alambrado y a mí.

En realidad, se desplazaban siguiendo un ángulo agudísimo; calculé que al final del alambrado, una cuadra más adelante, me estaría interceptando.

¿Como si me estuvieran cazando? 

Los pelos de la nuca se me erizaron, como suele suceder en los relatos de terror. Mi parte más afilada, la que suelo usar para reprocharme, me dijo que si no hubiera cedido a esa expansión de gritos y pataleo contra el alambrado nada de esto estaría pasando. Que a alguien o algo había enojado.

No me moví, eché una mirada a los edificios cercanos, esperaba que en alguna ventana alguien se asomara y gritará. Alguien más que testificará esta locura. 

Pero el único testigo era yo. Ya me estaba acostumbrando a ser siempre yo. Ni siquiera probé a gritar.

Por suerte la situación no entrañaba real peligro, pues con la lluvia las prendas estaban pesadas y su avance era muy lento. Las más grandes, de las que cabría cuidarse más, se arrastraban con mucha dificultad, como lobos marinos. 

La forma de moverse era lo terrorífico, pues de repente parecían dotadas de vida, como si alguien invisible y algo torpe las vistiese. El movimiento hacía recordar al stop-motion más ofensivo de las películas de dinosaurios viejas.

Vi un sacón deslizarse por entre los yuyos empleando los codos para impulsarse. Un pantalón, aún más monstruoso, avanzaba con las rodillas pero arrastrándose hacia atrás, como rebobinándose. Una media se movía a pasos cortos y se detenía un segundo, como si esperase a la otra pierna, invisible para mi.

Alguna ropa también intentaba colarse por entre los rombos, retorciéndose para hallar paso. Las sandalias intentaban cruzar el alambrado por arriba. 

Por la calle detrás de mí ya había ropa que había salvado el alambrado y se acercaba por el pedregullo. Estratégicamente me estaban cortando la retirada, toda posibilidad de vuelta a casa, a la seguridad, al encierro y a la luz tenue. Parecía comandar el flanco derecho el mencionado corpiño de mi mujer. 

Constatar esto encendió las alarmas en mi cabeza y me sacó de la parálisis en que me veía sumido. Empecé a caminar rápido para el lado que si tenía libre, para la parada de colectivo. La llovizna seguía, impertérrita.

Adelanté sin esfuerzo a la ropa que intentaba cazarme. Casi podía oírlas crujiendo.

No me crucé con nadie en todo el camino, excepto un perro que dormía bajo un auto estacionado. Al ver la ropa en movimiento se acercó gruñendo a oler una calza de las de primera fila, una exploradora. Vaya a saber que habrá detectado que el perro pegó un salto y corrió en mi misma dirección gimiendo. Me pasó raudo y no paró hasta perderse de vista, ni se detuvo a ladrar. Alguien más al que tampoco le creerían.

Y de repente corrí, sentí despegárseme los huesos por la falta de estado físico. Adelante no me encontré con ninguna sorpresa. Si era una trampa, no había funcionado. 

En la parada del colectivo no había nadie esperando. Recé porque no hubiera pasado. De todas formas, siempre podía desplazarme hasta la siguiente parada. A menos que se tratara de un ejercicio eterno, la ropa no tenía posibilidades de alcanzarme. 

Siempre que no se sumara más ropa. 

Un escalofrío me recorrió el cuerpo. Sentí casi con repulsión el contacto de cada centímetro de mi cuerpo con la ropa, en algunas partes mojada, como si en todos lados me rozase un filo. ¿Y si mi propia ropa reaccionaba en mi contra? 

Caí en la cuenta que no sabía qué esperar. Y dudaba de que fuera fácil encontrar información pertinente. Me sentí indefenso, como en una época pre-google. Como un pionero.

Detrás de todo el asombro, detrás de todo el espanto y la situación casi risible,  estaba la certeza, para mi indiscutible, de que si la ropa de mi mujer no hubiera estado involucrada, independiente de mi rabieta, nada de esto hubiera pasado. 

“La vieja facilidad para evitar la culpa, como un delfín resbaloso” recité, mejorando su cita habitual.

Y supe con el corazón, como en las películas, que seguro ella no se habría sorprendido, que seguro ella lo había planeado todo, que seguro fue una noche en que descubrió la forma de imponer su voluntad a sus ropas primero y después transmitirla a otras ropas, ajenas. 

Que seguro también de noche había instalado esta especie de bomba de efecto retardado en la más completa soledad, solazándose en los efectos que tendría.

Posiblemente desde mucho antes que el abismo entre los dos fuera visible. Posiblemente adiestrando por semanas o meses de antelación a la ropa. Posiblemente empleando fotos mías u otra ropa con mi olor. O mi voz. 

No acertaba a imaginarme cómo lo podría haber hecho. Supe que nunca le iba a dar el gusto de discutir esto. Capaz incluso que nunca más le llamara siquiera. Pero eso no era posible, estaba la niña de por medio.

Pasaron varios minutos y no vi ninguna prenda acercarse. Fui incluso hasta la esquina, Por un momento creí habérmelo inventado.

Cuando finalmente tomé el colectivo justo asomaba por la esquina una tanga blanca, sin adornos, casi minimalista, la más veloz de todas las prendas. Al darse cuenta que escapaba se agitó amenazadoramente, componiendo un puño, en mi dirección.

Ahí mismo, mirando por la ventanilla, aun sin sentarme decidí que a la mierda todo. A la mierda todo.

Y por primera vez en mucho tiempo me sentí optimista. Como si huir sacara lo mejor de mí.

 

Alejandro Jallaza (Córdoba, 1970). 

Ingeniero en Sistemas. Escribe la columna Libros rechazados, para Hoy Día Córdoba. Es integrante del Círculo de la Serpiente. En 2016, su texto Cuento con gata ganó una Mención en la Tercera Edición del Concurso de Narrativa Microrrelatos. Trabaja en una novela con título provisorio:El hombre que se parecía a Jack Sparrow. Tuvo un programa de radio llamado El otoño en Pekín.

El cruce entre el humor y lo fantástico es una marca registrada en la escritura de Jallaza. En sus textos, la realidad se va retirando en puntas de pie para dejar paso al fantástico puro que termina por inundar el relato como un dique desbordado. Al final de todo, lo extraño e inusual son solo excusas para poner en cuestionamiento una y otra vez las certezas de la vida cotidiana.

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