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Lun, Enero 2018 01:35 PM

Cuentos de Verano

Las otras vertientes, por Rosanna Patricia Nelli

Había un sol de la talla del planeta.

Quiero decir verano, un cielo azul en Córdoba, Argentina, en una siesta hacia el final de los sesenta: más de mil años.

Y hacíamos trampas. 

Alicia, yo y mi prima Alicia: tres buenas chicas de nuestra casa, de buena escuela, buenas familias. Tres chicas chicas, aburridas en la siesta: escuchábamos a los Beatles, tomábamos cerveza, comíamos helados; desvestíamos y vestíamos muñecas, las peinábamos, las olvidábamos. 

Bailábamos abrazadas entre nosotras, los labios pintados como máscaras, los párpados azules, los planos pechos rellenados. 

Bailábamos, peleábamos, nos aburríamos. 

Hacíamos trampas.

Una, a menudo provechosa y siempre muy asidua, era invitar a Alejo, el vecinito rubio, casi albino, algo más chico y ya vencido, y mientras nadábamos perezosamente en la pileta, al otro extremo de la casa, hacerle robar en la despensa, junto a la cocina en donde Filomena dormitaba. 

Tenía que sacar vino, cerveza, champán o alguna sidra si se acercaba Navidad. 

Jamón también. 

Y nueces, fruta, pan. 

Si había captura, debía decir que era él el que tenía hambre: él solo; mucha hambre y sed; y que robaba para llevárselo a su casa; para comérselo a escondidas. 

Emborrachándose.

Su casa tan severa, incomprensible, correctísima, de largos padres rectos, austeros y callados. De padres amigos de mis tíos, conocidos de mi madre.

Ésa era una.

Otra, era subir a las habitaciones de Miguel, el alto primo adolescente, remoto, casi temible, y mirar los banderines, los trofeos, las carpetas, los posters desnudos de las chicas en el revés de la puerta del placard. 

Y hurgar, robar tabaco.

Después se desharían los cigarrillos con paciencia, se mezclarían con té, con peperina, con yerba mate, y se liarían en pálidos cilindros temblorosos, pegados con goma y con saliva, cortados en finos pliegos de calcar.

Y, hacia la tarde, se fumarían blandamente, con algo de vino o de vermout sacados del barcito, casi caliente, comiendo criollos, junto a la pileta, o bajo la amodorrada sombra del ciruelo, oyendo Christie, Sedaka, Los Náufragos, entre la aérea luz del polen y el rumoreo del viento en las abejas, dominando las ganas de escupir, de correr a enjuagarse largamente, de claudicar.

Pero las trampas mejores, las más certeras, eran las trampas para autos.

Y de ellas, la tercera.

Eran trampas para no todas las siestas. Y requerían paciencia, observación, cuidado.

Requerían que los tíos, después de una comida algo copiosa, se fueran a dormir su larga siesta de camas eternamente quietas.

Y requerían Filomena, no aletargada en la cocina, no, sino abajo, en las encaladas habitaciones del lavadero, en el jardín, en su pieza chiquita y muy coqueta, con desteñidas muñecas dama antigua ante la foto de Raphael, pechera con jabot, y el gran mural de Sandro, dedicado. 

Filomena durmiendo. 

Filomena soñando, entreabriendo sus labios de rubí, de rojo carmesí que parecían murmurar, pero roncaban. 

Filomena en la cama ante el ventilador que traqueteaba un aire líquido, con Radiolandia caída en un costado, abierta en una foto de Rivas y Leo Dan.

Soñando.

Y requerían al primo Miguel con su rugby, lejos también, y a la prima Desirée, alegre, inimitable, jugando tenis en un jardín muy claro, con faldas blancas y zapatillas blancas, o nadando en alguna esplendente aguamarina, riendo sobre un césped impecable.

Sábado, al fin, y todos lejos. 

Muy lejos. 

Y nosotras ahí, acechando en las veredas calcinadas, desplegando nuestras siestas de cielos verticales, encendidos, nuestras trampas para autos.

La primera fue un piolín: así de simple. 

Un piolín, tres chicas y dos árboles. Un auto.

Sencillamente se cruzaba el piolín entre dos troncos, se cortaba en dos la calle que a esa hora estaba esplendorosa y muy desierta, y se esperaba.

Entre las margaritas y el ligustro, mareándonos de sol y mariposas, con Suzie Q y la Orgullosa Mary; también soñando.

El primer auto que pasaba se llevaba por delante la breve telaraña que oponía una tenue, imperceptible, resistencia; los arbolitos se curvaban apenas y el coche seguía calle abajo, hacia la hondonada del Parque Autóctono, ante jardines verdísimos e impávidos.

Y rara vez el auto se hacía cargo de los hechos, se daba cuenta. 

Pero es que, aunque quisiéramos, no se podía oponer una ancha soga que doblegara los árboles justo al medio, que los quebrara quizás, cerrando el paso. No se podía porque el auto la vería seguro, disminuiría la marcha y se detendría entonces, furioso y ofendido. 

Mirando a todos lados. 

Injuriando.

Era, por eso, una trampa de gracia muy escasa.

La segunda, en cambio, requería de algunos otros implementos: ataba entre los árboles varias vueltas de una tanza fuerte y fina, y junto a cada tronco, enhebradas y escondidas, dos grandes latas vacías de duraznos. 

Y era una trampa que hacía más resistencia, era más invisible, ya no tan fácilmente quebrantable.

Cuando alguno la pasaba, la tanza se tensaba, las latas rolaban velozmente hasta estrellarse contra la asombrada chapa de la carrocería, y el auto se detenía bruscamente, vociferando, amenazando.

Se lograban buenos momentos de esta trampa. 

Risas también. 

Insultos grandes.

Pero la mejor, la más perfecta, era la trampa de los cuerpos.

Era una trampa que ya rozaba lo sublime, y de una austeridad maravillosa, inmejorable.

Mientras el winco deshacía su negro remolino interminable, nos poníamos las mallas coloridas, los collares de lata, piedras, plástico, y, ferozmente, nos pintábamos.

En medio de la siesta que estallaba de luz en los jardines, en las piscinas clarísimas, en la lenta cinta blanca de las calles, nos acostábamos al centro del asfalto sobre toallones de flores psicodélicas, justo en la curva descendente, entre el jardín del castillito de las belgas y el largo prado de mis primos, y nos poníamos a esperar.

Cantando bajo.  

Riendo.  

Rezando.

Más de una vez frenó el auto al borde mismo de los cuerpos.

Temblando, lívido de miedo. 

Queriéndonos matar.

Más de una vez escapamos a las amenazas, a los pellizcos, a los insultos desbocados, huyendo gozosas entre el conocido laberinto de las casas y los setos, deteniéndonos apenas a reír desaforadamente, a respirar.

Felices. 

Temblorosas. 

Encantadas.

Nunca se enteraron los padres, ni los tíos; ni Filomena, o los altos primos distraídos que apenas nos miraban. 

No se enteraron los faisanes que cacareaban interminablemente en sus grandes jaulas quietas, ni el cocker-spaniel de mirar blando y desarmado.

Las margaritas, la genista, las rosas del verano.

No se enteró la música y el hondo cielo azul de los sesenta.

No se enteraron.

Después, ya secundarias, nos desunimos un poco con mi prima. 

A la otra Alicia, la alemana, ya no la vimos más. Fue a Buenos Aires, nos dijeron. 

Más tarde, a Suecia, más tarde, a España.

Y ya no hicimos esas trampas.

Y nadie nunca se enteró

No se enteraron.

Pasó el verano; mucha agua.

Y tanto celaje.

Mar.

Y sin embargo, en cada uno de esos años, y en cada uno de esos cielos, lo que jamás pude entender, es si lo que llegó después, en ensordecedor silencio, fue una consecuencia ya imparable, ya ineludible, de todo lo que había, o fue que un auto, definitivamente, cayó sin ruido en la tercera trampa.

Rosanna Patricia Nelli

(Córdoba, 1960) Docente de Economía (UNC). Ha publicado en revistas nacionales como Hortensia, Topos y tropos y en publicaciones internacionales de Alemania y Barcelona.  Realizó traducciones de poetas alemanes al castellano y de poetas argentinos al alemán y al catalán para la Universidad de Tübingen, donde vivió. Ganó el Primer Premio de Cuento Mujer y Memoria de la Asamblea Permanente por los DDHH (Buenos Aires, 1992), Primer Premio de Cuento y Segundo Premio de Poema en el Concurso Sant Jordi (Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de Barcelona, 1995), Primer Premio de Cuento Concurso Gastón Gori (SADE Santa Fe, 1999), Premio Municipalidad de Berisso (1999), Primer Premio de Cuento Municipalidad de Arrecifes (2000), Segundo Premio de Cuentos Hoy Día Córdoba (2004), Primer Premio de Cuento Biblioteca Municipal de Calamuchita (2005), Primer Premio de Cuento del IV Certamen Literario Escuela Superior Manuel Belgrano (UNC, Córdoba, 2008). Publicó los libros de poemas Mémini (Ediciones del Copista, 2006), Una mujer habla y dice (Alción, 2012), el poemario bilingüe castellano-catalán Basso continuo (Alción, 2016).  Colaboradora de Hoy Día Córdoba desde 2005, actualmente tiene una columna sobre relatos cortos de cultura titulada Hechos sucedidos.

Los recuerdos de un verano lejano, en donde un grupo de amigas realizan un juego secreto y peligroso. El tiempo suspendido y el calor de la siesta son el marco en donde se gesta un relato que habla de la reconstrucción de la memoria pero también de un momento íntimo que, a su vez, reconstruye un mundo que ya no existe.

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