Andorra, torbellino de emociones

Turismo, por Victoria Agulla Tagle (Especial para HDC)

A veces volver es más difícil que irte, sobre todo si el lugar al que te fuiste se quedó con un pedacito de tu corazón, como fue en mi primera experiencia como temporera en Andorra.

En antropología, este síntoma tiene nombre: el famoso Shock Cultural. Esto sólo se siente tras vivir en dos países diferentes y se trata de ese impacto que se produce cuando te topás con una cultura diferente a la tuya. Este choque suele ser fuerte, pero está en cada uno que te juegue a favor o en contra. O, mejor dicho, depende de cada persona elegir en qué fase del choque cultural ha de quedarse.

El antropólogo canadiense Kalervo Oberg diferenció las cuatro etapas del “síndrome”, que yo las vinculo con las relaciones interpersonales: enamoramiento, en donde uno idealiza todo lo que ve; angustia, a partir la comparación de lo vivido en las dos situaciones sociales; orientación, cuando se comprenden las normas culturales del lugar; y amor, cuando uno acepta su “nueva” sociedad tal cual es.

Pero todo esto se puede “invertir” al regresar a tu país. Tras haberse acostumbrado a otra cultura aparecen dos nuevas fases: idealización (y selección de todo lo bueno de lo recién vivido) y expectativa (la espera de que todo esté igual como cuando partiste). Claramente esto provoca ansiedad como respuesta anticipada a todos los estímulos externos que no podemos controlar. Lo que sí podemos controlar es nuestra forma de procesar todo lo vivido, y ¿por qué no, escribirlo?

Cada fin de año, llegan al principado de Andorra miles de argentinos en búsqueda de nuevas experiencias, mejor calidad de vida, iniciación en deportes invernales, intercambio cultural o cambios personales que se basan en los diferentes objetivos que uno se propone tanto en Argentina como en Andorra. Como las personas, los países no deben compararse -especialmente si se trata de Andorra y Argentina, dos naciones repletas de cultura, naturaleza y energía- éstas son sólo algunas de las razones del porqué del boom conocido como argentinos en Andorra.

La diferencia más evidente que te mencionan todos los andorranos que te levantan al hacer autostop es el fenómeno de las estaciones, cuando en el país del hemisferio sur llegan a hacer 40 grados, en el Norte, las temperaturas están bajo cero y, mientras en las grandes ciudades argentinas arde el cemento, las montañas andorranas están tapizadas de nieve.

Una causa histórica es el vínculo entre Europa y América. En el Siglo XIX, vinieron millones de europeos a “hacerse la América” y crecer material y económicamente. En este siglo, siguen viniendo, pero son más los argentinos que van a “hacerse la Europa”.

El salario es uno de las motivaciones que las diferencia. En Andorra un camarero puede ganar 1.200 euros, o sea 30.000 pesos argentinos, el doble (o triple) de lo que ganaría en su país natal.

La seguridad es otro motivo clave por el cual un argentino puede dejar su ciudad. Está claro que es más fácil “asegurar” 80.000 habitantes en 468 km² que 45 millones en 2.780.400 km² pero, lamentablemente, en Argentina, la inseguridad es un serio problema que afecta a las 23 provincias argentinas.

En cuanto a la oferta cultural, en el país sudamericano es muchísimo más amplia que la del europeo, pero mientras haya nieve, los argentinos se divierten más en las pistas que en los museos.

El deporte de invierno en los dos países atrae a millones de turistas por año, en tanto Argentina tiene las mejores estaciones de esquí situadas al sur del Ecuador, Andorra es el mayor dominio esquiable del sur de Europa. Es por esto, también, la mutua admiración entre sus esquiadores.

Otra similitud relevante es que ambas sociedades son muy trabajadoras, curiosas y cultas, por eso, entre argentinos y andorranos nos entendemos.

En el último día de la temporada de invierno, todavía quedan trabajando temporeros de diferentes partes del mundo, lo que pone en manifiesto lo cosmopolita que es el principado colmado de portugueses, franceses, españoles, marroquíes, uruguayos, chilenos y, por supuesto, argentinos. Todos estos miles de jóvenes en la misma sintonía me demuestran, una vez más, que la globalización es eso: ya no hay distancias geográficas, sino lugares con pedacitos de corazones universales como es, para mí, Andorra.

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