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Jue, Diciembre 2017 01:10 AM

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Diario Serial, por Debret Viana (Especial para HDC) Penny Dreadful es el nombre que adopta una de las mejores y más desapercibidas ficciones televisivas de los últimos tiempos



“Penny Dreadful” era el nombre que tenían las ficciones berretas que se vendían en las calles de Londres en el siglo XIX. Costaban un peñique, y eran folletines sobre crímenes truculentos, cuentos de fantasmas y monstruos, muchas veces sexualizados hasta la parodia. También es el nombre que adopta una de las mejores y más desapercibidas ficciones televisivas de los últimos tiempos. Con un marcado bajo perfil atravesó sus pactadas tres temporadas, y concluyó. Narró su periplo de sangre y penumbra, narró con literatura, y ya no es.

Todavía me pregunto cómo logra un elenco cinematográfico y una narrativa poblada de mitos literarios populares no generar un revuelo colosal. Eva Green, perfecta, es una cuasi bruja clarividente poseída por un demonio feroz que solo quiere amarla. Rory Kinnear, el primer ministro de “Black Mirror”, es un Frankenstein melancólico, adicto a la literatura y conmovedor en lo desencarnado y lo lírico de su tristeza, que no pocas veces se apropiará de los monólogos del Calibán de Shakespeare para expresarse. Josh Hartnett, el hombre lobo. Billie Piper, una prostituta tuberculosa devenida en una Lady Frankenstein feminazi y enamorada de un por supuesto orgiástico y dandy Dorian Grey, a su vez enamorado de una travesti. Timothy Dalton, uno de los James Bond de los 80, todavía no se enamoró perdidamente de Bathory, la condesa sangrienta, y comienza la narración como el padre de Mina, desaparecida junto con su marido, Jonathan Harker, después de que un tal Drácula fuese visto por Londres. Anda por ahí también Víctor Frankenstein, temeroso de la vida artificial que hizo nacer, horrorizado porque su creación lo alcance y lo asesine, y torturado por no lograr el amor de su segunda creación, Lady Frankenstein; desesperado le pide ayuda a un colega de la facultad: el doctor Jekyll. Sería vano (y con riesgos de spoiler) nombrar a todos los que están, pero no falta nadie. Y la gracia con la que las historias se entrecruzan son la danza macabra más sutil y hermosa: los personajes se ensamblan en un guión minucioso y severo que no deja aristas pendientes. No se trata de una sumatoria de cuentos, ni de volver a contar las historias que ya conocemos, sino de una narrativa poderosa que imbrica a los personajes en una travesía singular: con toda la mitología que hay detrás, lo importante de “Penny Dreadful” es la historia que cuenta, cómo la cuenta, y (aún con una fotografía preciosa, con efectos especiales precisos, con locaciones exultantes) la fe en el peso actoral que la narrativa deposita.

El siglo XX fue cruel con las tenebrosas figuras literarias británicas del siglo anterior. Fueron excusas para desdoblamientos cinematográficos de dudosa integridad, y muy rara vez se les hizo justicia. “Penny Dreadful” niega las peripecias pop del siglo XX, y va directo a las fuentes, para restituir los personajes a su literatura original. Todo rastro infantil, toda moralina, todo guiño con un superpoder o con romances redentores a lo Disney queda abolido. Sin abandonar el necesario gore del género, “Penny Dreadful” se abre como pocas series hacia lo teatral: largas escenas de diálogo dan lugar, por un lado, a un trabajo actoral sublime: si somos francos, no podemos negar que la mayoría de los actores están simplemente leyendo líneas: el guión de “Penny Dreadful”, en cambio, no puede sostenerse sin actores de verdad (Eva Green da la mejor actuación de su carrera). Y por otro lado, la posibilidad del goce de la palabra: son tan complejos, tan exquisitos los diálogos, tan nutridos de literatura, de poesía y de filosofía que es difícil no querer recortar y llevarse un puñado de líneas.

Una ocasión donde es ostensiblemente visible la presencia de lo literario, con una preciosa y febril reconstrucción histórica, de la mano de una fotografía impecable, es el episodio que abre la tercera temporada: “el día que murió Tennyson”. No sólo hay versos y guiños a la obra de Tennyson (los hay sobre muchísimos poetas) sino que la trama nos lleva al propio funeral de Tennyson: Londres nunca fue tan literario como en “Penny Dreadful”, que es un pasaje no a la Londres del siglo XIX, sino a la Londres hecha de literatura. Yo sentí mi piel erizarse al reconocer de repente versos de Wordsworth, de Shelley, de Byron y de Coleridge, de la nada, en bocas de monstruos góticos pero en voces de actores shakesperianos. En tiempos en que la acción y la velocidad priman, y cuando la palabra es sólo el soporte para los eventos, “Penny Dreadful” comete la belleza de la doble rareza de hallar el margen en la narración para colocar los más excelsos versos anglosajones decimonónicos en las bocas más improbables. Y funciona, funciona exquisitamente: la literatura vive en los monstruos: de un modo inesperado perpetraron el truco de magia perfecto: la literatura popular da voz a la literatura más refinada; es un brindis posmoderno sublime.

 

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