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Dom, Diciembre 2017 08:41 AM

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¿Es el ser humano el origen real de todo lo artificial? ¿De la libre imaginación de nuestra especie han surgido los puentes, las rutas, los motores, los fármacos, las armas y el cine?

CULTURA Y TECNOLOGÍA

Darío Sandrone

Especial para HDC

¿Es el ser humano el origen real de todo lo artificial? ¿De la libre imaginación de nuestra especie han surgido los puentes, las rutas, los motores, los fármacos, las armas y el cine? ¿A nuestro puro ingenio le debemos el vidrio, el plástico, las herramientas, los muebles, el calzado, el transporte y la informática? Parados frente a las demás especies biológicas, miramos con desaire sus creaciones y, al confrontarlas con las nuestras, nos jactamos de que por nosotros ha surgido un mundo material tan complejo y sofisticado que no admite comparación. Ellas, las otras especies animales, junto con las plantas y los minerales son “La naturaleza”, en la cual y a través de la cual, los seres humanos hemos colocado algo nuevo: “la tecnología”. Nos pensamos a nosotros mismos como un autor colectivo, compuesto de miles de generaciones de hombres y mujeres que, a lo largo de los siglos, acumuló saberes, prácticas y artefactos para dominar la materia y la energía. Pero ¿si la tecnología no fuera el original sino la copia? ¿Si en lugar de excéntricos autores fuéramos hábiles plagiadores?

Un caso muy conocido que podemos revisar es la invención del Velcro. A mediados del siglo XX, un ingeniero electricista suizo llamado Georges De Mestral paseaba con su perro por el campo. El paseo era muy agradable salvo por un pequeño pero molesto detalle. Una especie de cardo que se encontraba por todas partes había atestado de espinas la ropa del ingeniero y el pelo de su mascota. El tedio de quitar uno por uno los frutos espinados dio paso al asombro cuando De Mestral notó el vigor con que se aferraban a la ropa. A tal punto esto llamó su atención que decidió llevar uno a su casa para ponerlo bajo el microscopio. Lo que descubrió es que la punta de cada espina poseía unos minúsculos filamentos en forma de gancho. Durante milenios, a lo largo de la evolución de su especie, la arctium, como se denomina a esa especie de planta, fabricó este dispositivo que le permite reproducirse más eficazmente, esparciendo su semilla merced a los animales que se la llevan consigo. De Mestral reprodujo artificialmente ese invento natural, y en pocos años se llenó de dinero cuando el Velcro se aferró como un cardo en el diseño de ropas, mochilas, billeteras, zapatillas, y decenas de artículos de uso cotidiano. 

Algunos filósofos admiten que, intuitivamente, desde su origen, el ser humano ha imitado las soluciones de la naturaleza para elaborar artefactos, empezando por las que percibió en su propio cuerpo: la pinza imita a la mano, el martillo al puño, la sierra a la dentadura, el destornillador a la uña. Sin embargo, en los últimos treinta años nos hemos profesionalizado en el arte del plagio, volviéndolo un proceso científico y sistemático que ha dado lugar a una disciplina novedosa al interior del campo de la innovación tecnológica: la Biomímesis. Su nombre proviene de la palabra que utilizaban los griegos para referirse a la imitación: mímesis. Así, la Biomimesis o Biomimética, no significa otra cosa que la imitación de la naturaleza biológica. Mientras que De Mestral sólo disponía de un microscopio, la Biomímesis moderna cuenta con una enorme variedad de precisos instrumentos de observación que permiten acceder a los secretos ingenieriles con los que la evolución biológica equipa a plantas y animales. Por otro lado, ya no sólo nos copiamos de los órganos de estos sino que también reproducimos los rasgos de los tejidos vivos en los materiales artificiales. Un caso que llamó la atención recientemente fue la malla “Fastskin” diseñada por la empresa Speedo, y que fue utilizada por algunos de los nadadores en los Juegos Olímpicos de Pekín 2008 y Londres 2012. El material con el que se confeccionó este modelo de bañador imita a la piel del tiburón, la cual, aunque a la vista parece lisa, está repleta de pequeñas escamas en forma de dientes que repelen el agua, reduciendo la fricción y posibilitando nadar más rápido con menos esfuerzo. Este hecho despertó cierta polémica sobre la validez de ese tipo de materiales en las competiciones deportivas, ya que permite obtener una considerable ventaja.

La biomimesis moderna vuelve a ponernos frente a un problema filosófico de larga data. En un conocido pasaje de La Física, Aristóteles sostiene que el arte imita a la naturaleza. Además, afirma que “si una casa hubiese sido generada por la naturaleza, habría sido generada tal como lo está ahora por la técnica. Y si las cosas por naturaleza fuesen generadas no sólo por la naturaleza sino también por la técnica, serían generadas tales como lo están ahora por la naturaleza.” Así, los procesos técnicos y naturales pueden concebirse como dos caras de una misma moneda. Sin ánimos de hacerle decir al griego cosas que éste no dice, no es del todo descabellado pensar que existen ciertas formas de acoplar estructuras materiales, encontrar soluciones prácticas, diseñar mecanismos o fabricar pequeños dispositivos, que son comunes a la tecnología humana y a la evolución biológica. Y, dado que la naturaleza ya estaba aquí cuando llegamos (nobleza obliga) debemos admitir que probablemente seamos nosotros los que “tomamos prestadas” sus ideas. Si se lo piensa bien, esto no debería sorprendernos ¿de dónde vamos a sacar nuestras ocurrencias sino es del entorno que nos rodea? Así que, tal vez, si la naturaleza tuviera que hacer una casa copiaría nuestra forma de hacerlo pero, como dice el refrán, quién roba al ladrón…

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