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Sáb, Enero 2018 07:37 PM

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Libros cordobeses, por Nelson Specchia (de nuestra Redacción)

 

Rosalba Campra vive –quizás accidentalmente- en Roma, pero es una gran dama de las letras cordobesas. Y es una escritora de múltiples aristas.

Yo he tenido la suerte de contar con su amistad y sus conversaciones desde hace algo más de una década. Unos años y una relación que, por cierto, han sido muy disfrutables; desde allí intentaré introducir a una personalidad y una obra por demás interesante.

Si tuviese que redactar un retrato de Rosalba Campra me decantaría por un cuadrilátero, dejaría de lado las múltiples expresiones, poliédricas, con las que Rosalba ha participado del diálogo cultural de su tiempo, para concentrarme en estos cuatro lados que la hacen una intelectual y una creadora tan especial. Esa figura comenzaría por un largo costado académico, ya que nuestra autora, formada en las aulas universitarias cordobesas, ha enseñado en una lista tan vasta como exclusiva de universidades, desde París a Roma, de Stanford a Guadalajara, desde Brasil a Pekín (que ahora se llama Beijing) en la lejana China. De esas clases y conferencias surgieron, por ejemplo, “La selva en el damero. Espacio literario y espacio urbano en América latina”, que coordinó en 1989; o el volumen “América latina: La identidad y la máscara”, de 1998. Al año siguiente, “Escrituras del yo: España e Hispanoamérica”; en 2009, “Cortázar para cómplices”. Antes, hubo un tiempo concentrado en el idioma arrabalero del porteño, según se expresa en la canción ciudadana, una investigación que terminó en el libro “Como con bronca y junando: La retórica del tango”, de 1996.

Luego, dibujaría el costado viajero. Porque Rosalba Campra ha caminado el mundo, deteniéndose a mirarle las grandes vidrieras y los rincones más recónditos, y todo ello –lo grande y lo pequeño- lo fue anotando. Tercer lateral, entonces: el escritural y artístico, ya que ese mucho estudiar, mucho enseñar y mucho viajar, fue volcándose en textos, pinturas y objetos raros. 

De los textos, sus ensayos sobre la literatura hispanoamericana, la gauchesca, el tango o el teatro, figuran en las bibliografías y en los planes de estudios de muchas universidades, son referencia obligada y algunos ya son textos canónicos. Otras formas han sido las de la creación literaria, y aquí hay novelas, como “Los años del arcángel”, y “Las puertas de Casiopea”; hay cuentos exquisitos (yo soy un devoto de ese volumen sin desperdicio que se titula “Ella contaba cuentos chinos”), “Herencias”, “Mínima mitológica”, o “Ficciones desmedidas”. Y hay poemas, tanto como este “De lejanías”, como “Ciudades para errantes”, que tuve el placer de publicar, cuando dirigía la Editorial de la Universidad Católica de Córdoba, en 2007. 

Y junto a los libros sobre Cortázar, Borges, la crítica hispanoamericana, lo fantástico, y las novelas, los poemas y los cuentos, también están esas otras obras, interesantes y raras, que se ubican en los intersticios difícilmente catalogables o clasificables: son libros y son objetos, son pinturas y son textos, son códices y son esculturas. Yo soy el suertudo poseedor de una pequeña biblioteca de estas rarezas rosalbacamprianas, editadas en poquísimos ejemplares, numerados y con una porción de manufactura que los hace, en efecto, objetos únicos: tengo una especie de autobiografía en textos, fotos y collages titulada “Constancias” (2006); un extenso códice mesoamericano llamado “Morada de los mayores” (2002), que colgó durante años en mi biblioteca hasta que noté que el sol de la ventana comenzaba a despintar sus tintes dorados; y recientemente impreso en Köln, me ha tocado hace pocos días un ejemplar de “Regreso al laberinto” (2017), con poesías y copias de los collages de Rosalba Campra que han estado expuestos en diferentes galerías europeas.

Pero dije que para redactar un retrato de nuestra autora sería oportuna la figura del cuadrilátero, porque a estos copiosos tres márgenes yo le agregaría un cuarto: el de la conversación. Rosalba es una conversadora portentosa, donde todo aquello estudiado, enseñado, viajado y dibujado o escrito, encuentra una delicada y llevadera –durante horas- manera de compartirse. Como Karen Blixen, la baronesa Dinesen, Rosalba es una auténtica maestra del arte de la conversación y de la narración oral. Y lo remarco aquí porque, cuando se ha tenido oportunidad de departir con ella, escucharla en su ritmo pausado y quedo en la habitual mesa de Cristina Bajo, por ejemplo, hasta alguna avanzada hora de la madrugada, o en su acogedor departamento de Roma, entre hogazas de pan con semillas, humus y escabeches de berenjenas, uno se queda con esa cadencia, esa forma de detenerse en los detalles (que es donde dicen que anida el Diablo), ese remarcar sin enfatizar que será luego detectado al leer sus textos, especialmente la narrativa, pero también los versos: “Partió, y quiso / contar el mundo / que había dejado: el mundo suyo. / Pero esa era otra lengua. // Volvió, y quiso / contar las cosas / que en lejanas tierras le habían sucedido. / Pero esta, ahora, era otra lengua. // O quizás fuera ella misma / quien, ahora, era otra. / También, quizás, los otros lo eran. // Pero como sólo / lo que es contado existe / -bien lo sabe quien no tiene / la palabra-, ahí está, / en busca de una voz. / No se pregunta ya en qué lengua, / en dónde y para quién, / desde qué yo, y cuenta. // Son historias ajenas muchas veces. / Son la suya.” Este es el poema titulado “Narración”, de “De lejanías”, y bien ilustra el libro entero. Historias ajenas, historias propias, historias de aquí y de allá, sucedidas o imaginadas. 

Rosalba Campra, decía al inicio, vive en Roma, riega en agosto el pequeño jardín tropical que ha recreado en la terracita de su piso, a unos pocos metros de los muros del Vaticano, pero no deja de recordar que ese viaje vital siempre comienza en Jesús María, ese lugar –le gusta repetir- del Camino Real donde se preparaba vino patero para ser servido en las soberbias mesas del rey de España. 

Los poemas de “De lejanías” participan de estas características de su creadora, de su cadencia y redondez: imágenes completas y complejas que se abren en un mínimo de espacio, como la terracita del departamento de Roma, y que provocan a la imaginación en largas extensiones, como las del Camino Real. El lenguaje, a tono con la sugerencia implícita en el título del volumen, también tiene algo de anacrónico, como si el idioma se hubiera cristalizado en una pureza fuera del tiempo, un lenguaje que tiene una carga fuerte de perdurabilidad, de permanencia. 

Un estar, permanecer, que se conjuga en el reverso de la moneda con el ritmo cambiante del moverse, del andar, del viajar, del adaptarse a los escenarios y a las geografías de la alteridad. Rosalba Campra aterrizó en París originalmente, pero como un puerto transitorio en una carrera formativa. Y en París la encontró el golpe de Estado y la emergencia de la última dictadura cívico-militar argentina, entonces ya no fue muy saludable volver. El puerto transitorio se hizo permanente, y dibujó un hogar (en realidad hogares, en plural) como lo relata en “De lejanías” el poema “Ronda del exilio”: “(...) Pero los exilios duran demasiado / dónde mi biblioteca / mi jacarandá en un jardín / los amigos de entonces qué se hicieron.” 

O esos recuerdos, que pasan raudos, como una pantera, como nos revela en el poema “Desde otra orilla”, dedicado precisamente a su amiga Cristina Bajo: “Por el sueño pasa una pantera / una pantera, creo, domesticada, / porque el fondo desde el que avanza / parece obra más bien de la nostalgia / Cabana Pampa de Olaen Uritorco / y un río seco / y después esta ciudad...” Un salir, un estar fuera que, como un espejo deformado, muestra en su reverso otros exilios, los de hoy, como el de esos cuerpos negros como el betún que intentan cruzar, desesperados, el Mediterráneo en pateras desinfladas, y muchas veces, tantas veces (como la del poema “18 de abril 2015”) no alcanzan a llegar a la costa.

Por eso, por la evocación de las distancias –geográficas y temporales- y por la constancia del presente, dice Leonel Alvarado en el Postfacio a “De Lejanías” que este es un libro para leer y recordar. Y lo dice tan bellamente: “Estos poemas –dice- son instrucciones para no olvidar, para afirmar que la vida es eso, dudas, búsquedas, encuentros y desencuentros.” Rosalba me escribió en 2012: “El tiempo a uno no le basta, porque cuanto más tiempo tiene, más ambiciones de irlo llenando con tantas cosas... yo he calculado que me haría falta vivir, para cumplir los proyectos que tengo, siendo joven... unos trescientos cincuenta años, aunque no creo que me toque...”

Sean los que sean, no dejará de estudiar, enseñar, dibujar y escribir, en las formas más disímiles, las improlijas cartografías del universo. 

 

 

 

 

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