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Lun, Agosto 2017 08:41 PM
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Memorias, por Sebastián F. Menegáz (Especial para HDC)

“A Illia, Arturo Umberto, el futuro presidente, el del cigarro, a la izquierda, le decían la Urraca: nunca tenía qué ponerse y se vestía con la ropa [¿y los cigarrillos?] de los otros”

 

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“A Illia, Arturo Umberto, el futuro presidente, el del cigarro, a la izquierda, le decían la Urraca: nunca tenía qué ponerse y se vestía con la ropa [¿y los cigarrillos?] de los otros”. Las palabras son de mi abuelo Tito. “Estudiaban en la Universidad de Buenos Aires y en La Plata, y hacían las prácticas en el Hospital San Juan de Dios. Estudiaban medicina. Papá no, papá estudiaba farmacia”. La letra estocástica de Félix, al reverso de esta foto, alista la formación del San Juan de Dios durante el Torneo Interhospitalario de la primavera de 1924: al último de los acuclillados (el primero de la derecha abajo) lo omite: es él, el rostro cogitabundo y la sólida escualidez de un exvoto sucesorio: uno de mis nombres (y desde hace algunos meses, uno de los de mi hijo): Félix, el adventurous, el político, el comediante (mi más perfecto reverso).

Una serie no merece el alarde de concatenación sino comporta un elemento que la impute, una nota divergente, un punto de redistribución. Esta foto poco tiene que ver con la ciudad: las gradas, al fondo, son de la cancha de Estudiantes de La Plata. Me gusta que así sea. “Voy a escribir sobre la foto, capaz que sí”, le digo a mi abuelo, antes de añadirla a mi archivo, que consiste (por todo concepto) en una caja de zapatillas sujeta al orden de su propio brebaje.

Tras el fallecimiento de mi abuela Lita, sus hijas, mi madre sobre todo, han comenzado a ordenar y vaciar placares. A acondicionar el flujo de los días por venir, podría pensarse, a desatascar, a arrasar falsos diques para que la ligereza, que tanto se empeña en disidir, fluya de mejor modo, sin la resistencia inútil de los objetos, pero sobre todo (si no es -tengo para mí- lo único) para que esos mismos objetos, su cúmulo, su sedimento, en su dragado den pábulo al recuerdo, cobren vida por un instante en nuestras manos (en las manos de sus hijas, en las manos de mi abuelo) como si de aquellos placares emergiera de vez en vez un lumen, breve, oscilante, que irradiara su inmediata lejanía en el preciso acto de desvanecerse. Como si recordar -que lo parece- consistiera en retener un brillo, en atraparlo (al vuelo) (con el pensamiento) en el instante único de su irradiación, el mismo instante en que el objeto que lo promueve se convierte, por decirlo así, en ceniza.

Esta vieja foto pues. El estuche de oleos y pinceles de mi abuela. Alguno de sus dibujos a lápiz. El taxímetro con el que yo solía jugar de niño (y que ya entonces era una reliquia de los años en que mi abuelo Tito tenía el taxi, un hito que delimita una época muy precisa). La carilla de un discurso redactado por mi abuela, con motivo de un acto patrio, cuando era maestra. Viejos remedios; viejas pomadas de alguna dolencia superada. Una frutera de bronce ennegrecida. Dos veladores de porcelana, uno con forma de geisha y el otro de samurái, que según mi madre estuvieron en la mesita de luz de mis abuelos al menos hasta que ella abandonó la casa paterna, cuando tenía dieciocho años.

Los placares también -y en cantidad- dejan aflorar libros arrumbados. Manuales escolares; libros de lectura; tres tomos de las Obras Completas de Lisandro De La Torre; una Biblioteca de Grandes Novelas, editada por Sopena en Barcelona, entre 1931 y 1933. Victor Hugo sobre todo, Dumas, Stendhal, Walter Scott. Descubro (o más bien recuerdo con reintegro) que en mi biblioteca conservo un ejemplar que pertenece a la misma colección sarrosa: un Robinson. ¿El primer libro que leí porque sí? Y sin entender gran cosa. (Moción de retrospección: me veo leyéndolo durante largas horas -que lo más probable es que fueran largos minutos- como si mirara las estrellas). Mi abuelo me dice que la colección era de Félix, que llegaron desde La Plata, aquellos libros, previo paso por el pueblo al sur del Río Quinto adonde comenzó todo (y nada) y mi madre, sin dejar de hurgar

en el placard, trae a Félix de inmediato a la memoria, sosteniendo, Félix, uno de aquellos libros de tapas rojas abierto sobre las piernas y un cigarrillo entre los dedos (yo lo imagino sentado en posición de loto). Busco marcas, subrayados, huellas de lectura, pero aparecen otras, más equívocas. Un almanaque del año 1974. La invitación a un baile de egresados del año 1980. Un recorte de la TV Guía. Una nota manuscrita -dirigida a mi abuela- que me pone tras la pista de una novela modianesca: “Sra. de B. el viernes 9 en casa de Abbas. Caseros 2050”.

Y Lisandro De la Torre (sus libros también pertenecían a Félix) y la observancia (como la del Che, se me ocurre, mientras hojeo ahora esos mismos libros) del mito aristocrático de la muerte ejemplar. Como si el desclasado estuviera condenado a morir aristocráticamente, a terminar como empezó: lustrando su nombre en un altar tan venerable como inaccesible. (Piglia se refiere a ello con bellísima coreografía). De su celebérrimo duelo de sables con Yrigoyen, en 1897, De la Torre cosechó una cicatriz en la mejilla, él que era un esgrimista avezado, mientras que Yrigoyen a poco si había empuñado un sable alguna vez. Herida que De la Torre en última instancia se infringió -cabe imaginar- al llevarse por delante el sable de Yrigoyen con el estilo. (Cicatriz irónica -hay quien dice- que De la Torre se empeñó en ocultar debajo de la barba el resto de su vida). ¿Pero de qué modo se previene el desclasado del mito aristocrático de la muerte antológica (la misma que siempre lo devuelve a su clase) sino con sentido de la ironía?

Pienso en Deodoro Roca y en los requisitos fundamentales para ser un desclasado irónico: pertenecer a la familia más tradicional de una ciudad monacal, no cometer suicidios virtuosos, ser un escritor sin obra, redactar el Manifiesto Liminar de la Reforma Universitaria de 1918 y no firmarlo, fundar una revista con el nombre de Flecha y lanzarla para que se pierda en el vacío, asumir ante los Tribunales la defensa de un toro (o crear las condiciones para que tal cosa se recuerde como cierta), llamar a Leopoldo Lugones “león de alfombra”, ser -duchampianamente- una perfecta máquina soltera, no abandonar jamás la casa paterna sino más bien instalarse en su sótano, y darse cita allí -para complotar y oír a Deodoro cantar arias- con Lisandro De la Torre -¡precisamente!-, con Ortega, Alberti, Neruda, D’Ors, Macedonio, los hermanos González Tuñón, Waldo Frank, Hermann Keyserling o Stefan Zweig, y alguna vez -tangencialmente- con un púber Ernesto Guevara de la Serna que hurga en la biblioteca de Deodoro hasta zambullirse en un ejemplar de las

Mil y una noches y no salir más. Complotar, cantar, fumar y también, si se quiere, concebir, hacia 1931, cuando Deodoro Roca se postula a la Intendencia para perder, ¡irónicamente!, con un roquista, una ciudad imaginaria que solo existe en ese sótano, y a la que estas fotos, este álbum, me gusta imaginarlo así, acaso registran secreta y pacientemente para nosotros.

Como Félix (como mi abuela Lita casi con seguridad) Deodoro Roca murió a causa del cigarrillo, preservado de todo mito aristocrático, persuadido de que todo existe para brillar y hacerse humo, y de que todo brillo perdurable acaso sea una forma más de oscuridad. El vicegobernador Arturo Illia (que por entonces había abandonado la Legislatura Provincial a la que poco tiempo después arribaría Félix desde el sur) sostuvo una de las anillas del féretro. El cigarrillo en su boca, en esta foto, se me antoja una mecha.

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