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Lun, Enero 2018 01:25 PM

Magazine

Otro día en el paraíso, por Federico Racca (especial para HDC)

Hoy, busco aceite de marihuana por los meandros de Córdoba, sólo guiado por unas letras en un papel cuadriculado. 

En el golpeteo de la punta de acero de la perforadora, con el hombre de gorra amarilla y piel curtida que no mira detrás de sus tapones de oídos, la bestia, ciega, arranca y fragmenta, rompe, ciega, abre y esconde en un grito metálico, humano, repetido hasta el hartazgo de los transeúntes en una tierra baldía, en un campo cementado, chiflado de dolor humano que vira y entonces (en mi cabeza) vuelve a ser golpeteo metálico, agudo. Luego, lentamente, aparecen los edificios con una fosforescencia de mediodía y el trueno de los autos y las pequeñas motos chinas que vanamente con su ruido, también metálico, también aturdido, tratan de dar vida a un día que parece muerto. Camino, casi sin rumbo, con un dato escrito en un pequeño papel cuadriculado en una búsqueda absurda pero llena de amor (¿Piedad? ¿Grito que sólo el dolorido, en su peor momento, puede proferir bajo un sol tremendo que en él es tan sólo techo blanco de un hospital donde enfermeras en verde y caqui tratan de hacer humano lo que no lo es?)

Camino bajo este sol cruel con un papel cuadriculado que contiene el dato que ¿salvará del dolor? Soy un adicto, un comprador que busca droga para salvar del dolor a alguien que ve las enfermeras en verde y caqui. No fumo, casi no bebo alcohol, no me drogo, trato de no tomar fármacos nunca; la vez que probé la marihuana en una café de Ámsterdam, con un amigo llamado Antonio, reímos y jugamos al pool hasta el amanecer. Hoy, busco aceite de marihuana por los meandros de Córdoba, sólo guiado por unas letras en un papel cuadriculado. 

“Aceite”, me dicen; “aceite de marihuana lo calmará” y entonces deambulo con el dato de un lugar, de un aceite “real”, efectivo para descolocar al dolor. Endulzado por una brisa que se levanta (tal vez desde las sierras, tal vez desde un sur mítico), pienso en quienes gritan, doloridos por meses y años, con noctámbulos sudores, acompañados de recuerdos en los momentos en que el dolor cede y sueñan, ellos también, con un poco de brisa en sus cuerpos. 

Camino en círculos, me he perdido en el meandro de calles de un barrio chúcaro de Córdoba en busca de mi dealer, de mi Salvador, de ese Redentor que nos libere de todos los dolores, de los demonios y siento nuevamente el grito metálico de la perforadora que probablemente ha estado allí desde siempre, abriendo un hoyo perpetuamente inconcluso, asolado, en ese confín donde lo humano y lo mineral se unen. No hay hierbas; no hay maconha, ni pasto, ni cáñamo, ni grifa, ni tila, ni chocolate, ni chambre, ni Mari Jeanne, ni kamonga, ni soñadora, ni ningún otro nombre para la marihuana, para el aceite de ella que busco ensoñado, lacrimoso bajo el sol tremendo, creyendo (esperando, negando) que se convierta en ese nombre con el que la llaman en el Brasil: Planta da felicidade.

Todo el barrio, toda la ciudad, lanzada a una luz de fiesta (el mundo, mi esperanza), a una refulgencia salerosa, cuando veo una pequeña puerta de madera blanca, con un cartel que dice “Productos naturales”. Entro precediendo al ilícito al cual mis legisladores me condenan, seguramente para tapar algún negociado farmacológico, algún laboratorio que paga campañas o a unas embajadas que ejercen fuertes lobbies. 

Ilícito, repito, entro por la puerta blanca y me asombro de la prolijidad de los estantes, de los productos perfectamente alineados como en una góndola de supermercado de Barrio Norte. Veo semillas de quínoa, arroz negro, jugo orgánico, pan dulce sin azúcar, barra de proteínas naturales. Una mujer joven, con tiernos ojos me mira -los músculos se me tensan, la garganta se agolpa, las piernas parecen haber corrido demasiado, mi mente asume todo el dolor que otro siente, comprende en un segundo el sufrimiento y la posibilidad de no encontrar al Redentor en esa mujer que no tiene nada de dealer- y sólo atino a decir: “Me dijeron del aceite. Él tiene cáncer, le duele mucho”. Ella se agacha detrás de un mostrador vidriado y deposita, sin decir nada, frente a mí, un gotero. Ya no puedo con lo contenido, lloro sin preocuparme y ella me dice que su madre también tiene cáncer, que no llore, que todo va a estar bien. Cuando el nudo de la garganta se libera un poco, pregunto cuánto. Ella me explica que para estos casos el chico que lo hace no cobra. Igual saco dinero y lo dejo. 

Salgo a la calle, al sol tremendo de la novela de Carlos Busqued. Mi cuerpo calmado por el llanto, camina con el gotero y, como en el poema de Pier Paolo, un nuevo soplo de viento me empuja de nuevo hacia atrás, hacia donde todo viento decae: y allí, tumor que se recrea, reencuentras el viejo crisol de amor, el sentido, el terror, la alegría; e incluso ese sopor…  

 

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