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Dom, Abril 2017 15:04

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Novelas Cordobesas, por Susana Chas (Especial para HDC) “El arresto”, junto a “Letargo” y “Complot”, integra la “Trilogía de Entre Ríos”, que reúne estas tres novelas de la escritora cordobesa Perla Suez.

“El arresto”, junto a “Letargo” y “Complot”, integra la “Trilogía de Entre Ríos”, que reúne estas tres novelas de la escritora cordobesa Perla Suez. La Trilogía recibió el Primer Premio de Novela Grinzane Cavour, y el Primer premio Municipal de Novela del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires. En 2007, la autora ganó la prestigiosa Beca Guggenheim, con la novela “La Pasajera”. Sus obras han sido traducidas al inglés, al italiano, al serbio, al francés y al turco. “El arresto” ha sido publicado nuevamente por Edhasa.

“El arresto” es la historia de Lucien Finz, un hijo de inmigrantes judíos-rusos, que busca convertirse junto a toda su familia en habitante del suelo argentino (no sólo en “ocupante”), que sufre un arbitrario arresto durante la Semana Trágica.

Esta novela como las otras dos (“Letargo” y “Complot”) de Perla Suez, tiene como referente obligado la inmigración judía, el peso de las tradiciones y la nostalgia de la tierra que dejaron. Vasili y Ana Finz llegaron con los inmigrantes que trajo el baron Hirsch, a fines del siglo XIX; Vasili se hace arrocero. Ana muere de eclampsia al nacer Lucien; el muchacho crece en la arrocera criado por su padre y sus hermanos mayores. 

La novela tiene dos epígrafes, uno de John Dos Pasos: “El ocultar las cosas es lo que las hace podrirse”; el otro es de Albert Camus: “Il faut imaginer Sísife hereux”. En el capítulo “En la arrocera”, se narra la dura lucha de estos “gauchos judíos” contra las inclemencias del tiempo; se describen las cosechas que se pierden por las inundaciones. Max, el hermano querido, muere quemado por un rayo. Se evoca el canto del casachok: acordeones, timbales y la danza cosaca a la que se plegaban los viejos y respetables judíos-rusos. Todo contemplado con la mirada de Lucien niño desde su presente de adulto, recordando al padre, a quien se dirige en tono epistolar. La tercera persona del narrador y la primera del protagonista se alternan en el relato.

En el capítulo “Vera”, aparecen las tentaciones de la carne con la seducción a Lucien por parte de su cuñada Vera, y la lectura que éste hace del Sidur. Lucien se dirige a Buenos Aires para estudiar medicina, alojándose en el departamento de su tío Boris Finz, que es redactor de “La Protesta”. Trabaja como oficinista en el ferrocarril mientras estudia; en la Facultad conoce a Luigi Melle, un emigrante italiano que trabaja en el matadero y le habla de la revolución, de la necesidad de cambios sociales. En tanto, en la casa de su tío, se hacían reuniones políticas, pero Lucien no quiere oír ni participar en política. La convulsionada Buenos Aires  de 1919, durante el primer gobierno de Yrigoyen, contrasta con su Villa Clara natal y angustia a Lucien, quien contrapone los recuerdos de su infancia y las palabras del padre a la ciudad que lo aturde y cuyos códigos desconoce. Lucien reflexionará: “La historia que aprendí en la escuela decía que la barbarie está en el campo y la civilización en la ciudad. Lo que sucedió esta semana aquí, me hace ver a Buenos Aires como un mar de barbarie, una gran ciudad donde se ven costumbres perversas y se escucha un irritante murmullo que hace que uno se transforme en un extraño en su propio país”.

En el capítulo que lleva el título “Ne dio ne padrone”, Lucien va en un tranvía y de pronto se ve involucrado en una revuelta callejera, que le traerá a la memoria y le hará comprender las historias de los progom sufridos por sus antepasados: “escuchó un ruido brutal y enseguida un fuerte tiroteo y saltó del tranvía. Le dijeron que una bomba había estallado en Nueva Pompeya y otra en el barrio judío. Se sintió aturdido, y recordó cuando Vasili le hablaba del progrom en el que su padre y su madre habían sido asesinados por los cosacos, y pensó, aquí no puede haber progrom”.

Sobreviene el arresto: “sin darle lugar a que se explicara qué hacía allí, lo esposaron y lo tiraron al piso”. Durante los interrogatorios y las torturas, como un Cristo reclamando al Padre, exclamaba “¡Padre, sálveme!”.

Poco a poco el discurso fragmentario con el que se construye la novela, va integrándose y, a la vez, va adquiriendo sentido el lenguaje apelativo y el estilo epistolar con que Lucien se dirije al padre. En la cárcel, Lucien encuentra un lugar de resistencia en la memoria del sufrimiento por las persecuciones que ha padecido el pueblo judío a lo largo de la historia y lo que su propia familia padeció, sintiendo que no le está permitido olvidar para que los hechos no se repitan, para negarse a la indiferencia y para no decir “en política no me meto”. Lucien recuerda las palabras de su padre: “si querés ser alguien, Lucien, el estudio tiene que ser la razón más importante para vivir... Si estudiás, un hombre como el zar no va a nacer nunca en este país”.

Sobria, escueta, adelgazada en el lenguaje, con blancos que le otorgan un ritmo en sus cortes, Perla Suez desarrolla esta novela con maestría, en muy pocas páginas.

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