24
Sáb, Junio 2017 02:06

Magazine
Tipografía

Lectoras, lectores, tengo los ojos llenos de historias que he vivido o que me han sido contadas en sueños, en ese territorio donde amor, lecturas, temores y vivencias se unen

OTRO DÍA EN EL PARAÍSO

Federico Racca

Especial para HDC

Lectoras, lectores, tengo los ojos llenos de historias que he vivido o que me han sido contadas en sueños, en ese territorio donde amor, lecturas, temores y vivencias se unen. Nada de lo que les relataré es mentira; nada tiene el embrujo de lo florido ni de lo literario. Me niego a agregar una pizca –solo sueños y vida- a estas historias sin tiempo pero de lugar preciso. Los absolutos –nada, todo- pueden llamar a equívoco pero les juro por el amor a mis perros y a los mistoles que ya han dado sus primeras flores y que en verano darán frutos que tienen el sabor de la miel más pura de esas abejas pequeñas que enjambran en nuestras sierras, que no llevaré oscuridad ni fealdad a vuestros corazones. 

Soy pequeño, muy pequeño, cinco o seis años, camino de la mano de la tía Mirtha. Entramos a Ben´s Chili Bowl, un pequeño restaurant con muebles de colores puros sacados de una película de los cincuenta. Un negro enorme le grita al tío: ¡Luiggi! Y el tío italiano, desde su metro sesenta replica: ¡Dion! El negro hace una seña diciendo “lo de siempre” y el tío me presenta a los gritos y el negro me regala una sonrisa enorme y salimos de vuelta a la calle con los panchos del Ben´s Chili chorriantes de picante viendo la negritud de Washington caminando por la calle U y entramos al Teatro Lincoln y allí, desde la tercera fila, con los palcos lujuriantes de brocado carmesí y las gradas de más arriba que parecen caerse, escucho el brillo de la trompeta de oro de Miles Davis interpretando Round Midnight de Thelonious Monk que gigantesco y ya loco con una gorrita verde tejida se mueve a mi lado acompañado de la blanca más blanca que el agua blanca baronesa Rothschild que lo ama en el amor más comentado de la historia del jazz y ella, la única blanca blanca que anda por aquí –yo, niño, me he vuelto negro como la tía Mirtha y el tío Luis- y Round Midnight es la canción más hermosa que se ha compuesto –sientanlá con sus corazones- pero ahora ya no es la trompeta de Miles que la toca si no que Thelonious está gigantesco, como encorvado sobre un piano negro que reluce y hay gritos y todo se detiene: ¡Mataron a Malcolm! ¡La X ha muerto! Y al mismo tiempo la gente se ha vuelto blanca y frente a mí pasa el Cadillac con el sombrerito de Jackie y el cuerpo hacia atrás, inerte, del presidente Kennedy y las manchas de sangre en el tailleur perfecto de ella y escucho el gran final de Round Midnight, el “Grand Finale”. 

Salimos a la calle, el Broadway negro está en llamas. Las casas señoriales arden. Los negros de toda la nación llegan a la calle U e incendian. Mi tío llora, mi tía también. Una anciana con un trajecito que simula el tailleur de Jackie se pone en cuclillas y me explica: “él dijo -“Si ayudo a una sola persona a tener esperanza, no habré vivido en vano.” Y con él marchamos por trabajo y libertad hasta no muy lejos de acá, frente a la pileta que refleja el obelisco y en la escalinata, él, el santo Luther King nos unió diciendo: “yo tengo un sueño”. Hoy lo han matado y por eso los negros hemos venido hasta aquí; por eso vos, latino, y tus tíos, latinos también, han venido hasta aquí. Pequeño, en tu vida siempre recuerda esa frase: yo tengo un sueño...”

Estoy de vuelta en el Ben´s Chili, en su ventanal. Como uno de sus panchos ahumados, picantes; tomo un batido. Mis manos ya son viejas, tienen los lunares de la edad. Por la ventana veo la historia del distrito, la mía en retrospectiva. Escucho Round Midnight, un negro grandote me grita desde la barra: “¡Federico!” Le devuelvo el saludo sin saber quién es: ¿Dion o Thelonious Monk? 

0
0
0
s2sdefault