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Sáb, Enero 2018 07:57 PM

Magazine

Pensamientos divergentes, por Sofía Jalil (especial para HDC)

No me quiere, sí me quiere; no me mata, sí me mata. La violencia y el acoso no reconocen género ni nacionalidad

Pasó la primera fiesta, y en el preludio del fin de año florecen las palabras de a quién le debemos la festividad: “Amarás a tu prójimo – a tu próximo- como a ti mismo”, dijo Jesús, según su discípulo Juan hace un poco más de dos mil años atrás.

En la previa, el insomnio vuelve a hacer su entrada triunfal. Estoy en casa ajena, afuera suenan tambores o el eco de alguna música electrónica, qué más da, suenan igual. Manoteo lo primero que tengo a mano, una revista con tapa rosada: la Ohlalá!, un manual sobre cómo ser y aparentar ser para pertenecer a un tipo de clase social y no morir –desesperar- en el intento.

Luego de montones de imágenes dictando lo que debe ser comprado, usado y desechado, después de montones de cuerpos delgados, altos, dorados, abrillantados, musculosos y escuálidos, pálidos y bronceados, loiros y brunettes, con pecas y sin pelos, aparecen frívolas palabras de personajes del momento. 

“Está bien, son modelos”, dice la conciliadora. “Pero, ¿modelos de qué?”, retruca la inquieta.”De cómo verte, andar, vestirte, posar, sacarte selfies, difundirlas y todo ese high tech social ¿De los lugares top babyfriendly en el nuevo “Palermo Zoo”? ¡Dejáme de joder!”, dice la anarco punk. Mientras que la “intelectualoide”, tímidamente resurge y, por salud mental, cierra la revista sin parpadear. 

A no juzgar, eso también dijo Jesús. No obstante, la cosificación de los cuerpos se hace presente en cada satinada página de la revista que hasta mis cuatro personalidades se cuestionan qué radica por detrás de todo ese mundo que simula ser fantástico. 

¿Miedos? Todas y todos los tenemos. Nacemos y morimos solos, amén de los recuerdos y credos que puedan prometer vida en el más allá. Después de todo, es más fácil directamente hacerle el lifting a nuestra personalidad.

Desde la más tierna infancia manyamos que aparecer –ponerse a la vista- es más importante que ser. Entremedio disfrazamos y maquillamos la inseguridad, el sometimiento, la subordinación y el silencio. No obstante, este año, desde el costado más brilloso del espectáculo los medios de comunicación hicieron eco de las decenas de denuncias por parte de actrices cansadas de ser el “sexo débil”. 

El destape de los acosos y abusos sexuales en Hollywood desató una ola que llegó hasta la cordobesa ciudad sin mar. La periodista de espectáculos, Silvia Pérez Ruíz, tomó coraje y expuso su experiencia con el reciente fallecido actor Lito Cruz, el comediante y político Miguel del Sel y el profesor de la Casa de Trejo y productor, Roberto Sniezek, por acoso sexual. 

Desde Estados Unidos los casos se aglutinaron bajo el hashtag #metoo. Mientras que desde Argentina, la actriz Calu Rivero viralizó #NoesNo al hacer pública su denuncia, también por acoso, contra su ex compañero en la serie “Dulce Amor”, el actor Juan Darthés. 

Recientemente una compañera del trabajo me mostró una conversación donde una joven atormentada por el amor libre –que nada tiene que ver con relaciones abiertas y swingers, se aferraba al amor de posesión. Según el “Zorzal Criollo”, Carlos Gardel, recién el día que la percanta le dé su amor no habrá más pena y reinará la armonía. Pero, estimado del arrabal, ¿acaso el día que no me quieras entenderás lo que es amar? 

Sin ellas

En este mundo obsesionado con las estadísticas, medimos el grado de inhumanidad por la cantidad de víctimas. Según relevó el movimiento Mujeres de la Matria Latinoamericana (MuMaLá), desde el 1 de enero hasta el 17 de noviembre del 2017, hubo 254 femicidios en Argentina. El 75 por ciento de los crímenes fueron cometidos por hombres del círculo íntimo y casi la mitad de las víctimas convivía con su asesino. 

La cifra es mayor que la recientemente divulgada por el Observatorio de Femicidios del Defensor del Pueblo de la Nación. Según el mismo, durante 2017 murieron 245 mujeres. De nuevo, la mayoría de los asesinatos ocurrieron dentro del entorno familiar. Las “víctimas colaterales”, es decir niñas, niños y adolescentes sin sus madres, ascienden a 336. 

Entender la extraña fragilidad de los vínculos humanos lleva una vida entera, comparte una de las mentes más brillantes del siglo XX, el sociólogo Zygmunt Bauman en su libro Amor líquido. “Ama a tu prójimo como a ti mismo”, recita Jesús mientras Bauman, desde alguna otra galaxia, le retruca: “El amor a uno mismo puede empujarnos a rechazar una vida que no está a la altura de ese amor y que resulta, por lo tanto, indigna de ser vivida”. 

La lucha por una vida digna une voluntades que abrazan a quienes son expulsados, e injustamente enjuiciados. Este es el caso de Dahyana Gorosito, la chica que parió en la intemperie de un descampado en Unquillo en pleno julio obligada por su ex pareja, Luis Oroná. El tipo la forzó a abrirse de piernas y a dar a luz a su hija que después se llevó, dejando a la joven de 20 años abandonada, con su vagina dilatada y su placenta alrededor. Selene, la hija de ambos, fue encontrada muerta días después. La Justicia la acusa de no haber impedido su muerte. Por ello fue condenada, junto con su ex pareja, a tres años de prisión efectiva. 

Finaliza el año, y este último fallo dictado el jueves 21 de diciembre dejó perplejas a decenas de mujeres que a través de diferentes organizaciones sociales y políticas llevaron la causa de Dahyana en la piel. Ese amor, del cual habló Jesús, capaz radique ahí, en cargar la cruz ajena y luchar por la dignidad. 

 

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