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Mar, Enero 2018 03:07 AM

Magazine

Poesía, por Nicolás Jozami (especial para HDC)

Sobre Géminis, de Gabriel Pantoja

No existe, pero ubicaría a este libro de Gabriel Pantoja en un subgénero que denominaría poesía primitiva. Me refiero a su último poemario titulado “Géminis” (Ediciones del Dock, ganador del premio Javier Adúriz, 2016); un texto que sigue la senda de pasos quebrados de “Crack”, pero que ahonda con persistencia en un motivo: cómo armamos (o se configura) nuestro mundo de lenguaje y escritura antes de saber que podemos usar ese lenguaje para organizar nuestro mundo íntimo, personal. 

Lo anterior parece un juego de palabras, o lo es, pero en “Géminis” veremos que los verdaderos juegos de palabras son en realidad la fruta madura de nuestra conciencia. La historia de una vida, viviéndose, que se arma, enlaza con palabras, dictámenes de memoria, reiteraciones, obsesiones, plasmadas todas ellas en el lenguaje, esa alfombra que hace transitar lo que somos, finalmente. 

¿Lo usamos o él nos usa a nosotros? ¿Hablamos con una entidad de pulpa que nos hace un recuerdo clavado en la historia de nuestra infancia, o somos la estalactita de carne por cuya densidad el lenguaje hace gala de su complejidad, hasta permitirse reducirnos a un rescoldo de imágenes, sensaciones, motivaciones que son la película que nos contamos a nosotros mismos de eso que estamos siendo? No, no es un libro fácil. 

Dividido en siete partes, que al mismo tiempo contiene cada una en su poema final, brotes que son un magma reversionado, donde el lenguaje no termina de sondear nuestra relación con la experiencia, y su posibilidad de narración. “Esto. / Dije: esto. / Dije que esto lo dije / Escribo así: dije”, augura Pantoja en el inicio del libro. Una espiral que siempre llegará con retardo, la escritura. Al final de la primera sección, tratando de ubicar la simetría entre lengua y órgano, leemos: “si cortás la tarde en un traslúcido devenir y en una tierra / de opacas fijaciones a lo mejor sientas, todavía, una cosa. / y un día lo que decís podría ser el árbol que pensás”. 

La búsqueda es la metamorfosis del escriba en escritura, y lo primitivo está en que el poeta aquí quiere asir esos momentos en los que se confeccionan los decires-mundo de cada hombre, aquello recurrente, que hace al ser humano una espiral de esquirlas inasibles, y que la escritura trabaja con su bella imposibilidad. En otro fragmento, Pantoja declara: “pero es una / pequeña esquirla / trabajada la que / conmueve / todo / el conjunto”. “Géminis” se sumerge en la discordia de la lengua, ese “dulce enredo”, con el lazo u ovillo (un lazo es, en otro juego de palabras, un ovillo desenredado) que pretende obtener la experiencia cabal, la propia conciencia de estar inmerso en la escritura tanto como en la llaga: “…Con el momento de ese lenguaje, te abrís. / pero apenas si te aproximas a tu invento, al pulso donde nos herimos también.”  

El nudo hiere por su incapacidad para ser desovillado linealmente, sin que los otros componentes se liberen; es el nudo borromeo lacaniano, (tratado en su seminario 23), con sus componentes aquí movidos por las aguas geminianas de la espejada remembranza. La tríada, en el libro, es habla, escritura, experiencia-conciencia. Las esquirlas sienten el choque, pero precisamente por ello no pueden provenir de allí: “qué conciencia podés tener del choque si el choque no es de tu conciencia.” De ahí que la poesía primitiva de Pantoja trata de anudar el magma en que se forma la personalísima voz de la experiencia en la conciencia. Quiere transmitir ese fragor, esa lucha pasional, con el bello esplendor de un limón anaranjado, que se corta en rodajas (¿cuántas?) en una mesa de verano. Volvemos a Lacan y a Wittgenstein, ya que la lógica del lenguaje íntimo es una sutura que cada sujeto soporta como puede: “Esta condición, en suma, de cadáver: fabricar / un lenguaje para ocultar que quien nos hace / es el lenguaje mediado por la idea de no relación / entre criatura de la tarde y el pensamiento / que vos y yo estamos teniendo, por ejemplo, / ahora ya mismo y sobre / una barra de lenguas se impone / se empasta / y no tenemos idea…” Como sentencia el psicoanalista francés, “la escritura pueda considerarse en lo real la erosión del significado”, (J. Lacan, Seminario 18, “De un discurso que no sería del semblante”. pág. 113).

Rayar la cáscara de una fruta, apreciar a un hombre sobre una pared encalada, a una mujer podando lo sobrante de un arbusto en un patio luminoso; ahí está “Géminis”, en esa doble sombra latiendo debajo del nudo, doble sombra del epígrafe de Bustriazo Ortiz, que interroga, primitivamente, pero donde luego Pantoja se anima a afirmar: “Si he sido real / lo habré sido en la férrea / vacilación”. El poemario rastrea las esquirlas de conciencia, la membrana que recubre nuestra condición de seres parlantes y escribientes. Nos queda, en esta propuesta, el “dulce enredo”: “llega un momento / en que la trama es un conjunto finísimo / de banalidades que deciden nada / que se pudiera prever / o calcular”. Esto último puede ser definición de la poesía primitiva de “Géminis”. O puede, sin matices, serlo también, de la conciencia de la propia capacidad de comprendernos.  

 

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