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Vie, Septiembre 2017 03:44 PM

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Literatura lusófana, por Miguel Koleff (Especial para HDC)

Entender a los otros no es una tarea que comienza en los otros. El inicio siempre somos nosotros mismos (J.L. Peixoto)

No en vano José Luis Peixoto escoge un fragmento de Alan Badiou como epígrafe para iniciar su relato sobre un hecho antiquísimo de la historia religiosa de Portugal que se condensa en la aparición de la Virgen a tres niños pastores de la aldea de Aljutrel y que –para bien o para mal- ha nutrido por años el imaginario cultural de ese país. La cita en cuestión –“nada puede atestiguar que lo real es real, salvo el sistema de ficción en el cual representará el papel de real”- pone en un justo lugar el papel interpretativo que le cabe a la novela respecto de ese fenómeno desde que define la secuencia de hechos dentro de un paradigma de lectura que no lo impugna de antemano y que casi bordea la versión oficial de los acontecimientos proferida por la Hermana Lúcia, su única sobreviviente.

Hay un juego de decir y no decir que está implícito en Em teu ventre (En tu vientre) y que revela (de algún modo) la interdicción que pesa sobre este discurso desde que Oliveira Salazar, el dictador responsable de los 40 años de aprobio del pueblo portugués, se asumiera como un “fatimista” confeso e hiciera valer su poder fáctico como marca registrada de gestión. De allí el silenciamiento a este respecto que trajo aparejada la democracia reconstituida después de los 70 salvo una u otra mención, como la de José Saramago en El año de la muerte de Ricardo Reis (1984), en la que destaca el comercio eclesiástico con los exvotos. Fátima interpela más por el silencio creado a su alrededor que por la fe convicta a la que convoca dentro de la propia nación. Al mismo Peixoto no le sorprendió (aún en 2015) que el público se mantuviera apático durante el lanzamiento del libro ya que a pesar de que todos conocían la historia y algo tenían para aportarle, nadie osaba pronunciar una palabra a favor o en contra.

Un elemento importante para entender tantos tapujos es que, de todos los registros extrasensoriales que ha relevado la iglesia católica como parte de sus misterios numinosos, el de 1917 tiene, además de un viés místico, una connotación política difícil de encuadrar. En términos esotéricos, Fátima da cuenta, no sólo de las dos guerras mundiales sino también de la caída del muro de Berlín y el final de la Unión Soviética, por lo que puede ser analizado como símbolo paradigmático del siglo XX. Lo más discutible radica en la lógica capciosa que teje entre un comunismo demonizador y un capitalismo salvífico para enfatizar la presencia divina como intervención misericordiosa. El secreto de julio, como se le dado en llamar, es claro a este respecto: “Si atienden a mis deseos, Rusia se convertirá y habrá paz, sino ella esparcirá sus errores por el mundo, promoviendo guerras y persecuciones contra la Iglesia” (sic). En este punto yace la laguna interpretativa  de las apariciones, sobre la que la testigo ocular, con su confusión de términos escatológicos, empantana en lugar de esclarecer. Desentrañando esa cita, podríamos convenir en señalar los horrores del estalinismo a partir de los años 20 ahora que los conocemos  pero no dejaríamos de asombrarnos de una globalización injusta, desigual y violenta como la que sobrevino después. ¿Es ese el reinado de la paz prometido por la virgen, acaso, cuando el 13 de mayo se lo aseguraba a los pastores? 

Son muchas las razones para desconfiar del único testimonio que pone en marcha el derrotero de Fátima como institución y monumento, al decir de Foucault. Pero su emergencia, su disponibilidad heurística hace que siga en pie y que no se instale una sospecha completa sobre su significado. Finalmente, el “aparecer político” (si le creemos a Didi-Huberman) es “una aparición de diferencias” que se podría mensurar de otra manera si se hiciera por fuera de la iglesia y recabando el archivo todavía asequible. Una revisión de los contenidos de percepción a la luz de la categoría “montaje” y en plena era de la reproductibilidad técnica, no sería nada desdeñable por ejemplo. 

La novela se escalona en seis capítulos que coinciden con los seis encuentros de 1917 manteniendo el recorrido cronológico con fidelidad, esto es, desde el mes de mayo al mes de octubre en el que se manifiesta el milagro que le dio popularidad, el del sol girando sobre su eje. Asume a Lúcia como personaje principal, como no podría ser de otra manera,  ya que es la única que ve, escucha y dialoga con la virgen (Jacinta puede oírla y Francisco sólo verla) pero en lugar de encarar la relación rostro a rostro, la elección escritural de Peixoto se vuelve sobre el horizonte familiar que rodea al personaje y ancla en el vínculo  con la madre -auténtica antagonista de los episodios- que no le cree una palabra y que la acusa de mentirosa. Este corrimiento de la acción externa hacia un interior fecundo,  potencia el carácter reflexivo y poético de la trama y redimensiona los motivos que la inspiran. Precisamente el eje de la relación entre rostro y máscara (para usar los términos de Badiou, antes citado) se escande del plano institucional para anidar en el de la esfera íntima como un ajuste de cuentas entre fidelidad e infamia que alcanza su paroxismo en el mes de octubre cuando María Rosa teme por la vida de los suyos (“Si el milagro anunciado no se produce, van a matarnos”, 155). Queda claro que Peixoto escoge el “más acá” como lugar de su ficción y se distancia de la mistificación popular que hizo crecer al relato como devocionario exclusivo del catolicismo conservador. Al hacerlo, repone a Fátima en un lugar más universal y le devuelve la fe al enigma que encierra.

Podemos afirmar entonces que, en sentido estricto, el acto de las apariciones no está narrativizado, con lo cual el soporte de la creencia se mantiene en suspenso sin ninguna calificación. A fin de no falsear perspectivas, arriesgando un punto de vista intelectual o tomando una posición esclarecida, el joven escritor va más allá de la representación icónica y la reemplaza por versículos bíblicos que disemina a lo largo de la narrativa. No son extractos fidedignos de las Escrituras sino valoraciones parciales de lo que –entiende- es el mensaje transmitido. Consigue así evitar estereotipos y contribuir  al remozamiento de una tradición vernácula desde un ángulo literario.

 

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