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Nada fuera de lo común, por Manuel Esnaola (especial para HDC)

Si van a odiar al menos háganlo con elocuencia, con dramaturgia

UNO – Iniciación del odio

Hay una endemoniada ambigüedad en cierta gente, la ambigüedad del odio desapasionado. Si van a odiar al menos háganlo con elocuencia, con dramaturgia. No sé, odien con la boca llena de espuma, una carta de despedida entre las manos y los ojos blancos de tanto mirarse adentro. Odien bien. Salgan a la calle en chinelas y en cuero, muestren la panza al prójimo, las tetillas bien alimentadas, el vello decolorado por el sol de la tarde, ese sol inmenso y propio que asoma a las seis de la mañana por el tapial de los Costa Paz y se esconde a las veinte y treinta por la torre de los Basavilbaso. Ofrezcan su odio al vecino, pero a la manera de los sacrificios antiguos. Hagan del odio una liturgia agradable, o al menos digna para el receptor, y por favor, muestren los dientes, conviden un espejo para el odiado. Hablen con temple, puteen con convicción. 

Vengan de a uno y díganmelo en la cara. No me voy hasta que me convenzan de que son verdaderos. Y sino al menos háganlo hasta que el personaje los abandone y queden desnudos ante la única verdad que nunca nadie podrá negar: en el “club house” no venden, ni venderán jamás, sánguches de milanesa. Odien bien, changos. Sino ni odien ni amen ni sobrevivan como zombies en el acantilado de su intento fallido de odiar. El odio es un arte difícil. O tal vez podrían amar, pero no a la manera en que ama dios. Amen sin amén, con entrega corporal, y olvídense de la monedita en la mano sucia, en la latita, en la dádiva dominical. El bolsón de fin de año no los va a salvar ni a ustedes ni a mí ni al pueblo. Vengan de a uno: tengo besos, villancicos de besos, para todos y todas. 

DOS – Charla con el Director

En noviembre de 2013 escribí mi primera columna para este diario. Recuerdo haber tomado un café con el Director en su oficina frente a la redacción, oficina que es un bodegón de esquina, de esos que abundan en el centro de Córdoba. El susodicho me dijo que le envíe algunos textos y que veríamos. Y la cosa es que vimos, escribimos y bebimos a lo largo de cuatro años. Escribí sobre rock, sobre violinistas improbables del siglo pasado, sobre poesía contemporánea, sobre tecnología, sobre datos abiertos, sobre la condición humana, sobre las mujeres que amé en los libros. Fiel a las enseñanzas de Walsh, traté de hacer literatura en el papel prensa. Desvarié alguna línea con filosofía barata, agité la cultura con la convicción de quien agita un panal de abejas y se declara, al mismo tiempo, alérgico y adicto a su miel. Volvamos. Lo que trataba de decir es que, en aquel noviembre, el Director quería, muy en el fondo, que yo acabe escribiendo sobre política. 

Pero, ¿qué es, en efecto, N.S., la política? Yo tengo el recuerdo firme, la quemadura, de que en épocas facultativas aprendimos las mejores lecciones de la humanidad. Creo que fue una ninfa sabelotodo, la que dijo que todo era político, que una decisión era política, que el sexo era político, que la banalización del mundo era una pose, quizás la más infame y peligrosa, pose política. Entonces, entre los escombros de un baño jesuita, en un pelotero de culpa colonizadora, fundamos una escuela irreal, un lugar donde refugiar nuestra alevosía, nuestra hambre de conocimiento, cerebros incomprendidos en la adolescencia, ¡qué fantochada!: la revolución siempre colgada de un morral tejido a mano, la reforma ni en los sueños. 

Pero ahora reformado, ahora consciente del nuevo fantasma que recorre europa, el norte, el país del hielo y los pueblos latinos, ahora que el odio sin pasión se filtra por cada señal de wifi que invade mi casa en Nueva Córdoba, que sube, baja, chorrea de mi teléfono, de mi computadora, de los mil y un mensajes debajo de cada posteo inconcluso que pegan los seres inconclusos, ahora que está jugando Boca y en el barrio se escuchan cosas como “comete esta cagón”, “chupámela forro”, y pienso que al menos esas puteadas son reales, ahora, busco esos libros Sr. Director, esas piezas desdeñadas durante años porque pensaba que la academia había barnizado mi asombro, y le doy la razón en algo: escribir sobre política no consiste, solo, en opinar sobre un contexto… la política es aquello que escribimos con lo que quedó de nosotros después del cataclismo de la vida. 

TRES – Postergación del odio

Quizás es cierto aquello que decían ayer por la radio: el que no se resigna por lo menos sabe que es grande, espinosa y no tendrá tregua. O tal vez no. Yo estoy cansado de los que odian sin ninguna idea. Al menos que me digan qué va a hacer, después, con las esquirlas de una carga tan poderosa. Yo no amo ni odio, pero al menos soy sincero en algo… no me gusta vivir en un país donde las cruces en el pecho se convierten en estacas contra la espalda.  

Por eso si van a odiar al menos háganlo con elocuencia, con dramaturgia. No digan “negros de mierda, los mataría a todos”. Digan: el negro es una derivación de la noche y como tal, esconde secretos y temores inabarcables para el raciocinio occidental. Preferimos olvidar la noche y en ese pestañeo borrar a todas sus bestias. No digan: “a estos hippies de mierda hay que meterles plomo… no saben lo que es laburar y encima quieren que les subvencionemos la vida”. Digan: una bala que atraviesa un cuerpo en reposo, en sorprendida indolencia, mientras una guitarra rasguña su cuota de piedad universal, su numismática impropia y nunca merecida, es una bala ajena a la culpa del tirador. Hagan teatro. Al menos no se verían tan idiotas. No sé, se me ocurría esto: que odien con la boca llena de espuma, una carta de despedida entre las manos y los ojos blancos de tanto mirarse adentro. Odien bien. O sino ni amen ni odien ni sobrevivan en un purgatorio opaco y sin brillo.   

Al final de cuentas somos todos iguales. El morocho, la guacha, los flacos inmaculados del nordelta, la cheta, los cartoneros, los atletas, el contingente de tías reposando en la Brístol, las tangas con subjetividad en José Ignacio, el sopenco de Tinelli, el maché en la cara de Mirtha, José Pablo Feinman, Leuco, Víctor Hugo, Polino, Maradona en la India, Piter en Punta, los personajes del año (?) de la revista Gente… 

Es una especie intensa y dolorosa, el ser humano, a pesar de su racionalidad determinante. Estamos dispuestos, por obra de una naturaleza macabra, a amar aquello que puede ser tocado por la muerte. 

 

 

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