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Mar, Enero 2018 04:55 AM

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Otro día en el paraíso, por Federico Racca (especial para HDC)

"Hace días que mi teléfono me manda ofertas de vuelos a Roma. Estos bichos electrónicos han evolucionado y me doy cuenta que pueden leer mis deseos mejor que el cura Moyano"

“I change the world, i change de world! Úh! Úh!”Escucho al cantante italiano Zucchero en mi teléfono. Camino con los auriculares puestos en este final de año que ya está encima. Pienso en el reclamo de todas esas damas, de esas léidis que escriben a HOY DÍA CÓRDOBA exigiendo el regreso de esta afamada Guía Cultural y Deseducativa de las Sierras Chicas. Decido darles este regalo para las fiestas, pero como el capitalismo financiero ha llegado con una fuerza dulce y demoledora, decido extender esta guía única hacia confines nunca pensados. 

Hace dos días que mi teléfono, insistentemente, me manda ofertas de vuelos a Roma. Estos bichos electrónicos han evolucionado y me doy cuenta que pueden leer mis deseos mejor que el cura Moyano, que a fines de los sesenta, enamorado de una señora de pechos en bandeja, pasaba –párroco playboy- en vuelos rasantes de avioneta, sobre el parque donde ella tomaba sol con una diminuta bikini amarilla y unos anteojos blancos robados de una película de Sofía Loren: “Senza una donna, no more pain and no sorrow; no más dolor ni sufrimiento / Senza una donna, dándome tortura y felicidad. / Sin una mujer, mejor así…”

Alguien me cuenta que en las sierras los precios de una habitación son de miles para el verano. Decido mirar el teléfono –el bicho que sabe- y éste me tira habitaciones por toda Roma a cuatrocientos cincuenta pesos. ¿Y si me endeudo en quinicientas cuotas y voy? ¿Y si vamos -queridas léidis- sin pensarlo, dejando que la deuda de tarjeta la pague otro? 

Los Órdenes, de derivación griega, se clasifican en Dórico, Jónico y Corintio según el nombre del pueblo o ciudad donde florecieron. Los Estilos, también derivan de los clásicos y pueden sintetizarse en Bizantino, Románico, Renacimiento, Barroco, Neo-clásico y Neo-imperio. Esto es lo que veremos en Roma, pero como esta es una guía única, plantea, sin atarse a la tan propalada farsa democrática, un estilo imperial, romano, de directivas precisas. Procederemos de la siguiente forma: abrir el telefonino –nombre italiano del celular para irnos acostumbrando- reservar pasaje ida y vuelta a Roma en la mayor cantidad de cuotas posibles. Alquilar el departamento más barato que se encuentre por un fin de semana –un chocolate tan rico y dulce como Roma sólo puede comerse en pequeñas porciones.

El primer día comenzará con un levantarse a media mañana. Salir a la calle y dirigirse a la Piazza del Pópolo. Pasarán por las escalinatas de Plaza España donde las modelos han mostrado sus figurasy seguirán por Vía del Babuino, mirando casas de moda y sólo comprarán, en la esquina de Vía Laurina, uno de los pañuelos que una negra etíope llamada Seiva, con el cuerpo más esbelto, la sonrisa más blanca que han visto y un cuello estirado por anillos dorados, les venderá a precio de ganga. Será de un algodón con una suavidad única, ajedrezado en amplios blancos y negros, con pequeños flecos, lo enrollarán en su cuello como se enrosca el brazo del amado en ese amanecer en que la vida es bella. 

Al llegar a Piazza del Pópolo, entrarán al pequeño Bar de Piero; allí, paradas a la barra metálica con imágenes de delfines verdes, tomarán un spritz; mezcla de naranja, Aperol, tónica y unas gotas de champagne. Piero, sin que se lo pidan, les acercará un plato con un tramezzino, el sándwich de miga más suave que han probado. Pagarán dos euros con cincuenta y caminarán unos metros hasta la Iglesia de Santa María. Allí buscarán la Capilla Chigi, construida por el joven que marcará todo nuestro recorrido: el pintor y arquitecto Rafael Sancio, el más bello de los hombres. Se detendrán en el centro de la capilla y mirarán arriba haciendo abstracción de todo el arte que las rodea. Podrán ver una cúpula única, el espacio armonioso ordenado por Rafael. Verán el oro distribuyendo, los mosaicos, el diseño azul, las figuras, pensarán en Rafael de sólo veintisiete años imaginándola, supervisando la construcción. Volverán a las calles de Roma cuando sientan –como a muchos nos ha pasado- que esa cúpula nos ha tomado. Vagarán el resto del día; tomarán café, algún pastel en una tavola calda y volverán a la habitación con los primeros cansancios. 

Al segundo día -el último del viaje- desayunarán frugalmente y caminarán por la ciudad hasta cerca del mediodía. Luego entrarán en la Galería Doria Pamphili y se negarán a ver el Retrato del papa Inocencio X, donde todas las miradas y todos los cuerpos se agolpan. En cambio, se dirigirán a ver el Retrato Doble, donde nuestro gran Rafael, muestra el alma –mucho más que la imagen- de dos pensadores amigos. Finalmente, para culminar nuestro viaje en una apoteosis, visitarán una estancia lateral, un poco apagada, donde la gente no entra, tal vez porque no sabe o porque es demasiado. Allí, contra una pared cubierta de terciopelo verde, con una luz que da una calidez poco habitual, verán un autorretrato de Rafael cuando tenía sólo veintitrés años. Observarán su mirada lánguida, su melena, sus ojos marrones, limpios. Verán el cuello poderoso y un sombrero que lo identifica como artista. Comprenderán que sólo quince años después, a los treinta y ocho años, ese hombre moría en un Viernes Santo, el mismo día en que había nacido, y nos dejaba un mundo más bello, más sensible, como este viaje de dos días nos dejará a nosotras. 

 

 

 

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