25
Dom, Junio 2017 05:06

Magazine
Tipografía

Cascanueces, por Pablo Moragues (de nuestra Redacción)  El abismo es tan negro e insondable que da miedo el solo hecho de contemplarlo y por eso no pensamos mucho en él. 

 

Hoy por hoy, resulta un tanto vago hablar de la decadencia social (aunque sea absolutamente cierta) para explicar cómo es posible que un joven encuentre la muerte al ser arrojado por una turba indetenible, y ante la mirada impávida y cómplice de cientos de personas, por una boca de ingreso a una tribuna. Sin duda hay un cáncer vastamente extendido por el entramado comunitario, con metástasis en las calles, en el hogar, en el trabajo y, desde ya, en las tribunas. Pero las cosas están como están por decisiones u omisiones concretas que en su momento fueron dejando el camino libre para que hoy el mundo que nos rodea sea tierra de nadie.

Las imágenes de Emanuel Balbo perseguido por la masa y su posterior caída hacia la muerte no serán fáciles de borrar de la memoria, tanto individual como colectiva. Ya no se trata de vacilantes y contradictorias versiones de testigos impresionables, ni de dichos de terceros sobre lo que dijeron otras personas, ni de rumores de indescifrable origen e imposible comprobación. No. La imagen muestra clarito el drama, desde todos los ángulos; los rostros al descubierto, la violencia sin freno. El peor (o mejor) espejo posible, porque devuelve el reflejo exacto de dónde estamos parados.

Pero hay que tratar de ajustar el foco, ir de la macro tristeza a esa otra tristeza pequeña, que tal vez pasa desapercibida, pero que al final, sumada una a otra con el correr de los años y las décadas, termina por crear una monumental pila de zozobras y tragedias. Veamos, en primer lugar, que ya ni hace falta que se topen dos hinchadas rivales para que la furia se desate. ¿O acaso no se prohibió la asistencia del público visitante para contener los desmanes en los estadios de fútbol? El frenesí desbocado no sabe de medidas coyunturales y de parches improvisados para contener lo incontenible, sólo necesita una excusa y cualquier contexto de multitudes y de descontrol para encontrar la vía de escape y quedar al descubierto.

Para miles y miles, sin importar lo revelador y patético que esto pueda resultar, el fútbol es el único motivo de alegría después de una semana de marginación y desazones personales y laborales, y si es que se tiene un trabajo. Se sabe que la tan cacareada prosperidad lamentablemente es acotada y no alcanza para todos, es más, no alcanza para la mayoría. Entonces, más allá de la obligada reflexión general sobre una sociedad en caída libre, es posible rastrear una desatención histórica de la cuestión social de fondo que lleva a que esos miles y miles vivan en el desasosiego permanente y sólo hallen una forma de dejar escapar la ira contenida en el marco de las aglomeraciones anónimas que se desgañitan durante noventa minutos, y más todavía, insultando y prometiendo leña para los del equipo rival.

Además, un conglomerado de personas que ensalza artificialmente todo el tiempo los aparentes logros que traen consigo la fortuna y la fama va agrietando valores más básicos y pasados de moda, como la consideración por el otro y la solidaridad. Terminamos todos siendo diminutas islas, mirándonos el pupo con asiduidad y coleccionando dudosos laureles que nos aseguren un lugar en los botes cuando el Titanic se empiece a hundir. Así, sin una mínima empatía, llegamos a los cientos de rostros impasibles que sin inmutarse observaron el ataque a Emanuel. Tampoco se trata de esperar que uno o dos héroes hagan su aparición para salvar el día porque es muy probable que hubieran tenido el mismo final que el infortunado joven Balbo. Y el análisis cae otra vez en la certeza de que podría haber sido mucho peor, hasta que dentro de poco sea mucho peor y el drama escale a un nuevo nivel.

La violencia está en todos lados, a toda hora. El fatal destino de Emanuel tuvo su inicio años atrás con una picada de autos que le costó la vida a su hermano. Una vez más, es posible ajustar la mira y darnos cuenta de que a nadie le importa que a alguien se le ocurra jugar a rápidos y furiosos en una calle de barrio, ni que existan mínimos controles en una comunidad en la que violar las normas es un deporte nacional. Una mención aparte merece la Justicia, que esperó cinco años y a que muriera Emanuel para darse cuenta de que había que mover la causa abierta por la picada trágica.

Y si de ajustar la mira se trata, es insoslayable hacerse cargo de que la presencia de la Policía hace rato que no ejerce ningún efecto disuasivo sobre una multitud enardecida. Ni los agravamientos de penas, ni las tristemente célebres cachiporras, ni las cámaras en las canchas, ni el derecho de admisión han podido poner coto a los desmanes. Un fracaso a todas luces significativo, pero no hay nadie tomando nota. Por lo demás, opacado por el drama del joven Balbo, está el hecho de que la Policía quedó envuelta en otro escándalo por la aparente bala de pintura que un joven recibió en un ojo antes del partido del sábado. Todo indica que la víctima no estaba haciendo nada que motivara la reacción de un uniformado. Sin embargo, a raíz de la enorme, y justificada, repercusión del caso Emanuel, la fuerza de seguridad se vio librada por los pelos de quedar de nuevo en el ojo de todas las críticas.

La sociedad está enferma, desde luego. Pero la violencia y la indiferencia ante la suerte de un semejante no son plagas enviadas como castigo por una divinidad contrariada, son el fruto de lo que supimos construir, o destruir, durante mucho tiempo. El abismo es tan negro e insondable que da miedo el solo hecho de contemplarlo y por eso no pensamos mucho en él. Sin tanta repercusión ni videos que muestren descarnadamente una muerte, casos como el de Emanuel se producen todos los días, en todos los ámbitos, con todo tipo de víctimas y victimarios. Lo que más nos duele tal vez no es pensar que en eso nos hemos convertido, sino que esto es lo que realmente somos.

 

0
0
0
s2sdefault