Magazine

Hechos sucedidos, por Rosanna Nelli (especial para HDC)

En el Penal de Ushuaia, la prisión más austral del mundo, hacia principios del siglo XX había trencitos de trocha angosta que rodaban hacia los bosques circundantes, en busca de leña para la cocina y la calefacción.

El Penal de Ushuaia, en Tierra del Fuego, fue la prisión más austral del mundo; temible por las bajas temperaturas reinantes, por los vientos ininterrumpidos que lo rodeaban y por la gran lejanía de los principales centros urbanos, se encontraba en una situación de extremo aislamiento, por ello los presos recibían muy esporádicas visitas de familiares y allegados.

El penal de Ushuaia fue inaugurado el 30 de noviembre de 1902, en la Isla Grande de Tierra del Fuego como cárcel de máxima seguridad, sustituyendo al antiguo presidio de la Isla de los Estados, que había sido construido entre 1884 y 1889 como prisión militar. Alcanzó a tener cinco pabellones principales, de dos pisos, construidos en forma estrellada o de panóptico, en torno a un vestíbulo central, llegando a alojar a más de 540 presidiarios, custodiados por unos 250 agentes, entre guardia cárceles y celadores; carecía de muro de circunvalación, siendo éste suplido por un alambrado. 

El penal, cuyo último director fue el señor Roberto Pettinato (padre), fue cerrado como prisión por orden del presidente Juan Domingo Perón en 1947, transferido a la Armada y destinado a depósito de materiales y cuadra de soldados (luego, en 1994 lo transfirió a La Asociación Civil Museo Marítimo de Ushuaia), pero durante sus años de funcionamiento como penal albergó a convictos famosos que se determinaba que debían ser aislados por muy distintas razones y circunstancias, a veces estafadores o asesinos feroces, pero en su mayoría presos políticos de orientación anarquista, socialista o simples opositores a los sucesivos gobiernos militares.

Sin embargo, pese a la dureza de las condiciones climáticas, la cárcel, de edificación amplia, funcional y de concepción muy avanzada para la época (con generador propio de electricidad, agua corriente y enteramente calefaccionada), se convirtió en un polo de atracción poblacional, por  sus talleres en los que se aprendía y realizaba todo tipo de oficios: aserradero, carpintería, ebanistería, herrería, panadería, taller de fotografía, imprenta, sastrería, zapatería, servicio médico y farmacia, todos a disposición también del pueblo vecino de Ushuaia.

Además de la electricidad y el agua corriente, el penal contaba con trencitos de trocha angosta que rodaban hacia los frondosos bosques circundantes, y en los que los convictos cargaban la leña destinada a las cocinas, a las propias locomotoras y a la calefacción general, desde la zona misma de la tala.

Estos pequeños trenes de carga, contaban todos con máquinas a vapor,  pero ninguna  más renombrada  que la pequeña e inepta locomotora que empezó a funcionar en 1940.

Esta locomotora, de potencia insuficiente o quizá muy pesada para el suave declive que desde los bosques circundantes llevaba al penal, se hizo querer entre los presidiarios precisamente por los trastornos que ocasionaba.

En los días de nieve o de lluvia, por ejemplo, hacia el kilómetro quinto, resoplaba resbalando en los rieles, y se quedaba sin aliento, por lo que los presos tenían que bajarse a  empujarla; pero si el tiempo era particularmente adverso, al empuje había que agregar la descarga de continuos baldes de arena sobre las ruedas, para que la máquina se afirmara y trepara sin resbalar.

Otro trastorno era, a menudo, y fogoneada tal vez en exceso por el maquinista al intentar subir la cuesta, que la caldera se atoraba y despedía brasas ardientes hacia todos lados, poniendo en riesgo con su chisperío la integridad de los tripulantes y de los convictos que corrían solícitos a su lado para ayudarla, originando los más numerosos incendios de bosques fueguinos en aquellos años.

Y ya fuera por lo gracioso de su reducido tamaño, por la costumbre de detenerse de pronto y arrancar luego con breves saltitos, como ofendida, bamboléandose de uno a otro lado, por la manera de toser, por el brillante abanico de astillas y brasas con el que iluminaba monótonas mañanas y tardes heladas, o por los caprichos que tenía y las atenciones y mimos que había que brindarle, esta locomotora fue bautizada por los convictos con el nombre de La Coqueta.

Y pese a las muchas tareas adicionales que demandaba para poder cumplir con sus propósitos, los presos la preferían, anotándose en listas de sorteos para ser destinado a ella, y fue por esta devoción y predilección que La Coqueta funcionó ininterrumpidamente desde 1940, año de su inauguración como máquina leñera del penal, hasta el cierre efectivo del mismo, en 1947.

Actualmente, muy bien conservada, restaurada y seguida de sus vagones, se la puede ver brillar sobre los rieles frente a la que fuera la Cárcel del Fin del Mundo, hoy Museo Argentino del Penal de Ushuaia.

 

0
0
0
s2sdefault