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Mié, Enero 2018 08:28 AM

Magazine

Diario serial, por Debret Viana (especial para HDC )

Seinfeld fue la serie más exitosa de la historia de la tv norteamericana

Popular, de culto y de referencia ineludible como comedia de autor, redefinió el concepto de sitcom para siempre. 

La escribían Jerry Seinfeld y Larry David. Seinfeld optó por refritarse a sí mismo, repetir sus shows de stand up, y dedicarse a pasear a otros comediantes en su casi infinita lista de autos de colección y llevarlos a tomar un café, en su serie “Comedians in cars getting coffee”, descansando en la fortuna y la gloria de haber hecho algo que no podría superarse. Larry David creo “Curb your enthusiasm”, para HBO, donde fue por todo: la senda de la profundización psicótica. Todo lo que no podía decir en Seinfeld, los temas que no podían abordarse, el lenguaje que quedaba afuera del prime time familiar.

Larry David interpretaría a Larry David, un judío millonario, terco, aburrido, misántropo y con una patológica imposibilidad de callarse lo que piensa. El resto del elenco, inabarcable a este punto, también se interpretaría a sí mismo, o una sutil parodia de sí mismo, tal como decía Fernando Pessoa de Bernardo Soares: “si bien no puedo decir que se trate de mí, es alguien no diferente del que soy”.

Si Seinfeld había logrado ser un show sobre nada, “Curb” sería un show sobre la verdad: sobre la permanente y delirante exégesis de cada detalle. Un show vengativo y profético. Larry apretó el acelerador y destruyó todo recato posible. Se convirtió en el superhéroe de una moral siniestra: aquel que no calla lo que todos pensamos y aquel que ve las reglas que organizan lo no reglamentado. Estos superpoderes lo meten en problemas seguido, porque no solo enfrenta al que se coló en la cola del mercado o acusa a Michael Fox de aprovecharse de su enfermedad para obtener ventajas, y de ofrecer latas de gaseosa sabiendo que el otro no podrá rehusarlas y que la lata estallará por estar agitada por el Parkinson, sino que también lo lleva a decir cosas irresponsables, al borde de la condena social y del delito, que no dejan de ser momentos óptimos para repensar los límites de lo que creemos que pensamos. 

Fiel a la incorrección intelectual, la trama de esta temporada puede sintetizarse en estas dos o tres escenas. 

Larry quiere hacer un musical en Broadway sobre el ayatola. Lleva años sin hacer nada, entonces cuando su agente mueve la idea, se llena de inmediato de productores y de dinero para hacer el musical. Lo invitan al Late Night de Johnny Kimmel, y comenta que está planeando hacer un musical sobre el ayatola, que se llamará “Fatwa”, y da un par de detalles más, entre ellos, explica que el “fatwa” es un edicto religioso que dicta la ejecución de alguien: es una sentencia proferida por el ayatola, la máxima autoridad del islam, que dictamina como acto sagrado dar muerte a quien el fatwa señale, otorgándole beneficios monetarios (en el caso de Salman Rushdie, ofrecían tres millones de dólares, y pocos años después, seis millones, por el delito de apostasía -haber sido blasfemo con la figura de Mahoma) y favores extraterrenales (paraíso, vírgenes) y hasta incluso algún cupón intergaláctico. 

La intervención en el programa de Kimmel es un éxito. Todo el mundo habla del futuro musical. Sin embargo, a la mañana siguiente, por un comunicado televisivo el ayatola reclama la muerte de Larry David: es sentenciado a fatwa. Teme por su vida, se muda a un hotel, y sólo sale a la calle disfrazado con una peluca ridícula, preso de una paranoia galopante, y quizás un tanto sensata: cualquier practicante del islam que lo cruce tiene el deber de asesinarlo, y su asesinato ni siquiera es considerado un crimen, sino un acto heroico y religioso. Todos los productores se bajan del musical, que queda cancelado, sus amigos lo rehuyen, queda solo y desolado hasta que decide ir a ver a la única persona que lo puede ayudar: Salman Rushdie.

Y, en efecto, va a la casa de Rushdie. Le toca timbre, entra, se ponen a conversar. Salman le dice que es fan de “Seinfeld”. Y le dice que deje de hacer tonterías, que no sea un cobarde, que el fatwa es lo mejor que le pasó en la vida, que las mujeres lo admiran porque creen que es valiente, y que el fatwa le trajo la posibilidad de experimentar el “fatwa sex”, que es, según Rushdie, el mejor sexo del mundo: salvaje, desenfrenado, adrenalínico: hace aflorar de las mujeres su faz más primal. Dicho esto, Salman le arranca la peluca a Larry, y lo invita a tomar un café a un bar.

Abren la puerta, entran: todos los miran, expectantes y extasiados. Hay lujuria en la mirada de las mujeres, que de repente son como bacantes desbordadas de lascivia. Mientras beben un café juntos, y después de que Salman le pida que haga el musical y que el personaje de Salman lo haga Hugh Jackman, le dice: “¿Ves, Larry? Esto es lo mejor que te pasó en la vida. Ahora somos los fatwa boys”.

Larry David ha cruzado otra frontera de la incorrección, con elegancia y con grandeza. “Curb” estrenó su novena temporada este año, y goza de una salud inusual, escrita con precisión de relojero y pregonando que podemos pensar un mucho más allá de los valores que erigen las tradiciones.

 

 

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