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Jue, Octubre 2017 06:57 PM
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Marcelo Polino creó una categoría para diferenciar a dos tipos de famosos: célebres y mediáticos. Ambos tienen en común la masividad, pero mientras el célebre posee una trayectoria que lo avala, el mediático existe en un presente televisivo un tanto oportunista

SIMULACROS DEL FIN DEL MUNDO

Lucas Asmar Moreno

Especial para HDC

Marcelo Polino creó una categoría para diferenciar a dos tipos de famosos: célebres y mediáticos. Ambos tienen en común la masividad, pero mientras el célebre posee una trayectoria que lo avala, el mediático existe en un presente televisivo un tanto oportunista.

Esta fórmula podría resumirse así: el célebre es famoso con mérito y el mediático es famoso por un azar forzado. La fama en el primer caso es la recompensa de un talento artístico, mientras que en el segundo, los medios captan figuras predispuestas a ser televizadas; podría decirse que son hacedores de famosos per se.

Ejemplo de celebridad es Hernán Piquín, capaz de ponerse en demi plié. Ejemplo de mediático es Andrea Rincón, atractiva a base de recaídas e internaciones en neuropsiquiátricos. Claro que como en toda taxonomía, el estado puro es inalcanzable y queda al servicio de encasillamientos prácticos. Moria Casán es un caso ambigüo: tan mediática como célebremente famosa. Los límites se desdibujan; si resulta extraño pensar en Moria como artista, es imposible considerarla una mediática a secas.

 

LA VIRGEN DE LAS PRÓTESIS

En el 2012, Charlotte Caniggia debutó en el programa de Tinelli. Tenía apenas 18 años, visitaba por primera vez Argentina y su español era precario, casi nulo. Este desconcierto existencial la asimilaba a un extraterrestre, no entendía nada y actuaba por inercia, con ese estupor adorable del recién nacido.

Una de las emisiones emblemáticas de ShowMatch consistió en sacar a Charlotte del estudio para llevarla a la vereda de enfrente a comer pizza. Aún bailando mal y con el acecho de una madre castradora, llegó lejos en el certamen y le ganó un duelo telefónico a una chica con síndrome de down.

Cuatro años después, Charlotte regresa a ShowMatch. Es y no es la misma. He allí un primer acierto: la niña se hizo mujer a fuerza de quirófano e implantes mamarios. Su desorientación derivó en alienación. El "no sé, Marcelo" del 2012, trocó por un "me importa tres carajos, Marcelo" de este 2016. Lo fascinante es que cualquier grosería, desfachatez o capricho, en lugar de fastidiar, inspira ternura. Charlotte era en ese entonces una extranjera desamparada, ahora es un peluche de antivalores. Sus declaraciones políticamente incorrectas poseen el encanto de un diente de león flotando en el campo.

 

NOVENTA COMO HERENCIA, SIGLO 21 COMO HÁBITAT

Mariana Nannis fue una botinera recurrente en revistas y programas de los 90. Casada con el Pájaro Caniggia, se caracterizaba por ostentar su poder adquisitivo bañándose en champagne.

-¿Usted alguna vez se bañó con champagne? -le pregunta Marcelo a Charlotte.

-Sí.

-¿Y cómo es?

-Y nada, Marcelo, te tirás un poquito y ya está, mirá si vas a llenar una bañera.

Semejante sentido común revela que los 90 para Charlotte son dignos de desmitificación. Ésa también es una forma de exorcizar el fantasma materno. Pero Charlotte tampoco puede anular su origen. De crianza exótica, vagó por Londres, Estados Unidos y Marsella, rodeada de glamour y carente de arraigo. Estamos ante el clásico tedio del millonario, que Charlotte sabe exponer con una sinceridad abrumadora.

Cada vez que cuenta alguna anécdota, borracheras en boliches top, lipoaspiraciones en lugar de gimnasios, incapacidad para vivir en otro lugar que no sea un hotel cinco estrellas, Charlotte no ostenta su buen pasar, detalla su atípica percepción del mundo. La noción de ostentación en ella no existe como sí existió en su madre. Porque mientras Nannis buscaba llamar la atención, Charlotte no tiene otra alternativa que exhibir ante las cámaras su angustia de niña rica.

 

SWEETHEART

En una entrevista, Charlotte aseguró que no soportaría morirse primero que Alex, su hermano mellizo. Lo explicó con sencillez: "por el trabajo de papá no teníamos amigos, así que nos hacíamos mutua compañía y ahora yo no me puedo imaginar la vida sin él". Esta humanización es tan mágica que desvanece la categoría de célebres y mediáticos.

Charlotte a simple vista ingresaría en la segunda: no posee dotes artísticos, es famosa por transferencia y su biografía es su único capital. Pero este capital, a diferencia de otros mediáticos, no puede impostarse dadas las condiciones objetivas de vida: todo en ella está condenado a ser creíble. Su extravagancia no es táctica; es, en efecto, la única comprensión que tiene de sí misma, y en esa dificultad para conectar con lo mundano está el secreto de su empatía. Charlotte es adorable porque batalla con un efecto residual de los noventa, porque anhela emanciparse de la caricatura glam pero no sabe cómo.

Un contrapunto sería Silvia Süller, máximo ícono noventoso, pero ese anclaje la hace imposible para la televisión actual, adicta a la corrección política. Si Süller se quedó desfasada en los 90, Charlotte actualiza los 90 como parodia.

Mientras se expresa con desparpajo, sus ojos se expanden como los de un conejo agazapado, lanzando miradas encriptadas de auxilio. Esta tensión la convierte en el objeto de consumo ideal para una audiencia televisiva nostálgica del escándalo pero afectada por alergias morales.

Charlotte trasciende así lo mediático e inaugura la categoría de fama trágica: ella es lo trash sutil, lo mórbido bondadoso, lo frívolo melancólico. Charlotte perdura en la pantalla porque representa ese doble discurso que avergüenza al televidente contemporáneo.

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