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Lun, Noviembre 2017 10:25 AM

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Hechos sucedidos, por Rosanna Nelli (Especial para HDC)

El tango, antes de la masiva inmigración europea, se llamó “milonga”, y fue una música rápida, alegre  y de origen afro-rioplatense

Como muy bien lo ha señalado el ilustre Vicente Rossi, en su bello libro “Cosas de Negros”, el tango, antes del alud inmigratorio europeo, se denominaba “milonga” y era de origen montevideano, primero, y porteño, después y en ambos casos, creación original de rioplatenses  de origen africano.

Sabida es la idiosincrasia de los esclavos africanos frente al dolor: en ellos se transmuta siempre en canto, en música, en danza.

De la penuria de los esclavos africanos en Norteamérica, nacieron los magníficos gosspels, los negro spirituals, el jazz.

De los infortunios de los africanos en Latinoamérica, el merengue, las marinas limeñas, el samba, el mambo.

De los esclavos negros y mulatos rioplatenses, nació primero la milonga, después, el tango.

La particular esclavitud del Río de la Plata

En el Río de la Plata los africanos no fueron esclavos “de plantación”, es decir, trabajadores rurales, aislados en su mayoría de la casa de los amos en barracas especiales para ellos, sino esclavos domésticos, urbanos, que desempeñaban sus tareas en la casa misma de la familia señorial.

En las sociedades porteñas y montevideanas de los siglos XVII, XVIII y XIX, era de buen tono tener  esclavos negros o mulatos: hombres para el jardín o la cochería de caballos, y mujeres   para la cocina (en donde llegaron a destacarse con creaciones maravillosas), para el aseo personal de las damas, o para la atención de las reuniones de salón y sala.

Las damas de sociedad se ufanaban de las habilidades  de sus morenas domésticas, de su discreción, buena educación y urbanidad, y generaciones de niños de las familias acaudaladas fueron criadas por niñeras negras y mulatas.

Todo esto hizo en muchos casos, más fácil la asimilación de estos domésticos a la cotidianeidad de la casa.

No fue liviana ni fácil su vida como esclavos, primero, y como sirvientes, después, ni fue cierto que la mera enunciación del año 13 implicara la inmediata libertad de todos los esclavos y, mucho menos, la rápida mejora de sus condiciones de servidumbre.

Y no todo fue música en su vida, ni alegría, como el falso pintoresquismo, cuando no el manifiesto racismo, quieren dar a entender sellando en el inamovible molde musical a los africanos.

Pero sí es verdad que su carácter de sirvientes domésticos facilitó primero la obtención de ciertas licencias por parte de los esclavos, y la directa manumisión después. 

Muchos de estos esclavos domésticos, a menudo asimilados totalmente a la familia a la que servían, optaron por permanecer en la casa como sirvientes pagos o en la difusa categoría de “entenados” voluntarios. 

Dan cuenta de esto varias obras literarias entre las que se destaca, por lo tierna y de impresionante  pintura social, la maravillosa “Chico Carlo” de la uruguaya Juana de Ibarbourou.

Música, libertad y sincretismo

Lo cierto es que, ya antes de la manumisión, que en la mayoría de los países llegó con la Independencia o la Constitución Nacional, y en el nuestro con la Asamblea del año 1813, se les empezaron a otorgar formalmente crecientes permisos, dispensas o licencias.

Una de las licencias fue que, después de las fiestas religiosas, durante la colonia, y después de las religiosas y las patrias, luego de la emancipación, se les autorizaba a reunirse por su cuenta y a hacer sus danzas y sus músicas, con bebida y comida  a cargo de  los amos.

Casi siempre “toleradas”, no siempre fueron bien vistas estas  reuniones, y a veces hubo reclamos. 

Hay una noticia de 1808 en la que “ilustres montevideanos” le reclaman al gobernador Elío  que  “se prohíban estas reuniones, que atentan contra la moral y las buenas costumbres, producen barullos y propician la embriaguez de sus cultores y el consiguiente descuido de las actividades domésticas por la mañana”.

La música que se hacía en esas reuniones se llamó indistintamente “candombe” o “milonga”, pero posteriormente se las designó con el nombre que los esclavos daban a los tambores y parches  africanos que allí ejecutaban: “tantanes” o “tangos”.

Así, cuando esta música fue cosa de negros y mulatos, el tango se llamó milonga, y fue ligero, bailable, sarcástico, pero la posterior oleada inmigratoria europea produjo un inédito sincretismo: a esta música, siempre “orillera”, que se tocaba antes sólo con guitarra y tambor, se le agregó el acordeón centroeuropeo, devenido luego en icónico bandoneón,  y la letra  nostálgica del europeo emigrado.

Para mostrar la diferencia se optó entonces por denominar a los tangos posteriores que mantuvieran  esas características  de música rápida y en general, alegre, como “tango-milonga” o simplemente “milonga”, dejando para los otros, los trágicos o melancólicos, el simple apelativo de “tango”.

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