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Jue, Diciembre 2017 01:14 AM

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La Lata, por Martín Iparraguirre (De nuestra redacción) Notable policial que actualiza un género histórico como el western, el filme hace de la realidad actual de los Estados Unidos profundo un escenario ideal para plantear la cruzada justiciera de sus protagonistas

 

Película: Sin nada que perder

Las mejores tradiciones del cine norteamericano siempre han sabido conjugar sus ficciones con los conflictos que atraviesa su sociedad, de suerte que la gran pantalla se convierte en un espacio de problematización y procesamiento colectivo de esos trances cuando las películas no pretenden ofrecer soluciones mágicas sino plantear lecturas críticas, he ahí su grandeza escondida. No hace falta irse muy lejos para comprobarlo: la última ceremonia de los Premios Oscar fue ejemplo suficiente no tanto por los galardones que entregó (que en su mayoría volvieron a responder a la corrección política, aún con los méritos que pueda tener "Moonlight"), sino por las obras que quedaron excluidas del palmarés, en especial “Hell or High Water”, traducida fallidamente aquí como “Sin nada que perder” (su título original significa “Pase lo que pase”). Notable policial que actualiza un género histórico como el western, el filme hace de la realidad actual de los Estados Unidos profundo un escenario ideal para plantear la cruzada justiciera de sus protagonistas –tema predilecto de ambos formatos narrativos-, que aquí tiene tanto de tragedia personal como de alegoría política, acaso la expresión justa de una condición de clase que los trasciende. 

Firmada por el casi desconocido director escocés David Mackenzie, con un notable guión de Taylor Sheridan, Hell… tiene una puesta en escena de una precisión, elocuencia y belleza que pareciera provenir directamente del cine clásico. Ya en los títulos, una lacónica melodía ejecutada por violines anticipa el tono melancólico, decididamente crepuscular, del filme. Bastará luego un formidable plano secuencia inicial para presentar el contexto e introducir el conflicto de un solo golpe: un paneo registra allí la llegada de un automóvil con los dos hermanos protagonistas, Toby (Chris Pine) y Tanner (Ben Foster) Howard, a un banco texano, mientras en una pared derruida se lee la pintada “Tres veces en Irak, pero no hay plata para nosotros”. Cuando la cámara finalice su recorrido circular, los veremos sorprender a la empleada de la institución para ingresar a robarla, escena en la que quedarán sintetizadas las personalidades de cada quién: el menor, Toby, concentrado, callado y preocupado padre de dos hijos adolescentes a los que prácticamente no ve, mientras Tanner parece un volcán en ebullición, una bomba a punto de explotar a cada instante, a pesar de que acaba de salir de una condena de prisión de 10 años.  En la ruta de escape, en el momento de mayor felicidad que les deparará la película, las casuchas precarias que se divisan en profundidad de campo junto a los carteles que sólo ofrecen préstamos usureros para saldar deudas, completan el escenario adelantado por aquel graffiti, con el mismo motivo musical de fondo (la banda de sonido, otro acierto, pertenece a Nick Cave y Warren Ellis). 

Estamos ante el desolado paisaje que dejó la crisis económica en el país del norte para una mayoría de su población, en un Texas en estado terminal donde la única vía de salvación parecen ser los pozos petroleros. Toby y Tanner están lanzados una cruzada de autosalvación, a todo o nada: miembros de un largo linaje de rancheros pobres, el raid delictivo que emprenden busca juntar el dinero para saldar la deuda hipotecaria que la granja que han heredado tiene con la misma institución bancaria a la que asaltan en sus sucursales perdidas en pequeños pueblos, el Texas Midlands Bank, con el sueño de cortar ese karma para las nuevas generaciones que los suceden. Ocurre que en su terreno han encontrado petróleo, por lo que al Midlands Bank no le interesa precisamente que paguen su hipoteca. Claro que por otro lado está el ranger Marcus Hamilton (Jeff Bridges en uno de los mejores papeles de su carrera), un viejo y experimentado policía a punto de jubilarse que quiere despedirse con un logro a la altura de su impecable carrera, acompañado por su ayudante mestizo Alberto Parker (Gil Birmingham). 

Narrando paralelamente ambas tramas, el filme irá construyendo paulatinamente no sólo la tensión de un cruce que se anticipa trágico, sino la lectura política y social que lo enmarcará, agregando complejidades y capas de sentido en cada escena: ninguno de los personajes resulta aquí malo en sentido estricto (es notable el cariño que la película ostenta por unos y otros, con una colección de personajes secundarios notable), sino que todos son reivindicados de alguna manera en su dignidad al concebirlos como víctimas de un sistema cerrado que invariablemente favorece a los dueños del capital. Si bien cada tanto hay comentarios que explicitan esa bronca ciudadana (“Ese hombre parece capaz de ejecutar una casa”, dice el propio Marcus al identificar a un banquero), la película reconstruye con gran sutileza el espacio simbólico que divide a esa sociedad jerarquizada y que termina enfrentando a pobres contra pobres, particularmente con las tensiones raciales que atraviesan aún las relaciones más estrechas (son imperdibles los comentarios que Marcus y Alberto se tiran como navajas), a la vez que recrea una cultura de la violencia muy propia de la idiosincrasia texana pero también de una frontera caliente donde la población suma cada día nuevas frustraciones. A esa dimensión simbólica, Mackenzie le agrega un registro notable de los espacios geográficos que, aún con la belleza de una fotografía por momentos deslumbrante (hacía tiempo que no se veían estos cielos en el cine), traduce en la aridez de sus tonos sepia o amarillos seco, la implacabilidad de un destino sellado para las mayorías condenadas sin derecho a réplica.

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