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Vie, Abril 2018 03:08 PM

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Otro día en el paraíso, por Federico Racca (Especial para HDC)

Una nación debe ser conservadora en lo económico, progresista en lo social y subversiva en lo cultural

“Ella me espera en la noche, me espera en silencio, me da toda su ternura, me quita el dolor y hasta ahora no ha huido. Ella aún cree en los milagros, mientras que otros lloran en vano. Todo es sobre el alma, sobre fe y devoción profunda. Ella debe ser fuerte porque demasiadas cosas se salen de control…”

Camino por la ciudad con mis auriculares, como un adolescente pese a los cuarenta largos. Una tormenta se aplasta sobre los edificios y me regala su sombra gris. Paso por bares y miro de refilón, sin querer sentarme, las televisiones que muestran diputados decidiendo sobre jubilaciones, manifestaciones, piedrazos, camiones hidrantes: “it´s all about soul; todo es sobre el alma”, me sigue cantando un joven Billy Joel.

En la tierra de lo regalado y lo saqueado seguimos comportándonos como dementes. ¿Es verdad que hay una reforma jubilatoria o sólo se cambia el cálculo para quitarle unos mangos a los jubilados y que el Estado se los quede? El gobierno lleva dos años y todavía no tiene una verdadera idea de hacia dónde debe llevar al sistema jubilatorio, como no tiene una idea de tantas otras cosas.

Llegan las preguntas: Con estos cambios ¿paramos con la injusticia de los míseros pesos para la gran mayoría de los jubilados? ¿Disminuimos esas jubilaciones de los que fueron altos funcionarios y que cobran millones para que sean solidarios con los más pobres? Esta “reforma” ¿nos lleva a un sistema sostenible? ¿Cuántos aportan, cuántos reciben? ¿Está bien la edad jubilatoria? Recuerdo de mis lecciones de hace veinticinco años, que el canciller alemán Bismarck, el creador de la jubilación, la había diseñado partiendo de un simple cálculo entre aportantes y aportes que el sistema debía realizar. Aquel hombre de derecha comprendió las necesidades y actuó basado en las posibilidades que los números daban. Lo acusaron de socialista y el mítico alemán respondió: “Llamenló socialismo o como quieran, es lo mismo para mí.” 

En Argentina tenemos un gobierno llamado de centro derecha al que le cuesta pensar –le gusta reprimir- y, por otro lado, tenemos una pseudo izquierda, unos “progres” amantes del Estado dadivoso, que hacen su juego sin importar que los “aumentos” los pagan, con galopante inflación, los que menos tienen; chantas que hoy salen a gritar “para la TV” y que estuvieron una década en el gobierno y tampoco pensaron realmente en los jubilados, en un sistema jubilatorio sustentable al que saquearon sin misericordia. 

En una tercera línea, aliados a los anteriores, están grupos que se plantean como anarquistas pero que son lo opuesto: amantes de los subsidios estatales, de los mangos que les da el puntero, de las zonas liberadas que manejan. Estos anarco-stalinistas usan piedras, balas y morteros para tirarles a policías que ponen vallas y que pertenecen a la clase media baja, esa misma a la que los anarco-stalinistas llaman “el pueblo” y dicen representar. 

¿Lucha de clases? No, lucha de monopolios de ilegalidades, de slogans y de mentiras. Argentina se dice democrática, pero Argentina es fascista: fascista de izquierda y fascista de derecha, pero siempre fascista. Ese enano que detectó Oriana Fallaci hace tantos años, sigue siendo el centro de la política Argentina y de muchos argentinos. En nuestro país el poder se divide entre los popes de las empresas, los gordos de los gremios y los grandes políticos. Todos ellos ejercen su dominio bajo el paraguas de “en nombre del pueblo”, “para el bienestar de los trabajadores”, “para lograr inversiones y que así haya más trabajo”. 

Este corporativismo –en el sentido de cuerpos intermedios entre el Estado y los individuos- lo único que hace es repartirse la inmensa caja estatal. Estos grupos que simulan una lucha entre ellos para ver cuál favorece más “al pueblo”, son simples actores coordinados en una ilegalidad mayúscula para beneficio propio. Este cuadro suele completarse con un líder, que reduce cualquier posibilidad de pensamiento y que, más temprano que tarde, utiliza su poder y las relaciones con las corporaciones, para perpetuarse.

No hay fórmulas mágicas para que un país funcione. Sin embargo podríamos pensar que una nación debe ser conservadora en lo económico, progresista en lo social y subversiva en lo cultural. Debería ser una democracia con alternancia clara, con división de poderes y políticas, al menos, pensadas a mediano plazo. Debe tener sistemas protectivos y redistributivos de la riqueza –y el sistema jubilatorio es el más importante que un estado posee- que sean sustentables.

Sigo caminando porla gris ciudad, pienso: “¿Qué se yo cómo tiene que ser un país? ¿A quién le importa lo que piense? ¿Qué cambia?” Las hojas apenas se mueven en un jacarandá que ha perdido sus flores violetas. Paso sobre baldosas que se balancean, mientras apunto ideas en una pequeña libreta. Ha refrescado, seguramente cayeron piedras cerca. La música vuelve a tomarme, Billy Joel canta lo importante, lo que de verdad puede hacernos felices: “Se vuelve hacia mí a veces y me pregunta qué estoy soñando. Me doy cuenta que ando a un millón de kilómetros y le pregunto cómo lo sabe. Ella sonríe, entendiendo que no hay palabras para decir. Sólo se trata del alma…”

 

 

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