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Mar, Enero 2018 02:43 AM

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Simulacros del fin del mundo, por Lucas Asmar Moreno (especial para HDC)

Escuchar música en Spotify o YouTube y dejarse guiar por el algoritmo puede convertirse en un viaje plácido con graciosas turbulencias

Todos sabemos que hay una personalización del contenido on line llamada algoritmo, inclusive no tardamos en ironizar al respecto, en jugar con esa idea de un filtro que nos mantiene en un tupper semántico.

El funcionamiento de los algoritmos sorprende por su sencillez y astucia: cuando uno inicia sesión (ya sea en Google, Facebook, Amazon, iTunes, Spotify, Netflix, etc.) los sitios webs visitados o las aplicaciones detectan cada clic y búsqueda, generando patrones que a posteriori le acercarán al usuario contenidos afines. Si uno se hace fan de Spider-Man, en YouTube aparecerán tráilers sobre otros superhéroes de Marvel. Si uno busca un tutorial para armar un barquito de papel, surgirán tutoriales de origamis. Si uno busca en mapas museos para visitar, cuando viaje a otras ciudades se destacarán los museos. Podría decirse que Internet se toma el trabajo de conocernos para que nuestra experiencia navegando sea reconfortante y pertinente. Y además nos privan de la angustia de tener que elegir entre opciones que quizás nos conduzcan a una mala experiencia, o a una aburrida, que sería peor.

Si los algoritmos parten en principio de la voluntad del usuario, de sus prioridades y hábitos, luego caen en una retroalimentación circular en donde lo mismo se diversifica sobre lo mismo. Esto no es un inconveniente en sí, puesto que los filtros poseen cierto poder pragmático para maximizar los intereses originales: me gusta el cine oriental, Internet me convertirá en un experto de cine oriental. Lo atendible es cómo se arrastra al usuario a cierta pasividad exploratoria bajo la ilusión de una ampliación de los conocimientos.

Escuchar música en Spotify o YouTube y dejarse guiar por el algoritmo puede convertirse en un viaje plácido con graciosas turbulencias: de Jorge Drexler a Axel Krieger a Gustavo Santaolalla. Ver películas en Netflix también se convierte en un recorrido de curvas suaves: Legalmente Rubia, Un Chihuaha en Bevery Hills, Miss Simpatía. La expansión de los intereses toma la forma de una cinta de moebius y para quebrar el loop uno debe intentar romper el algoritmo, algo sin dudas trágico, porque ese algoritmo fue compuesto por nuestros gustos primordiales, es un condensado biográfico que delató nuestra percepción del mundo. El algoritmo que nos mueve por Internet tiene las partículas elementales del usuario y querer desembarazarse de esas partículas es un acto de traición contra uno mismo.

Surge una encrucijada: Internet se inauguró bajo la utopía de democratizar el conocimiento, pero la Internet personalizada, la llamada web 3.0, expande el conocimiento sobre límites precisos. Como un pequeño Mefistófeles, el algoritmo se encargará de hacerme saber que ciertas desviaciones no me motivan tanto como otros contenidos que ya se probaron de mi agrado. ¿Para qué meterme a un grupo de Facebook de reiki si mis tensiones se descargan con el running? ¿Por qué buscaría ofertas de cuencos tibetanos en Mercado Libre si quiero una distorsión para la guitarra eléctrica que me compré hace tres meses?

Esta Internet personalizada no sólo crea una zona de confort que sofoca la curiosidad para descubrir nuevos horizontes, sino que de manera lenta y sutil va uniformizando los gustos de sectores que a simple vista parecerían antagónicos. De pronto un barra brava y una feminista empiezan a tener más puntos en común de lo que creen. Es como si las cintas de moebius empezaran a fusionarse entre sí, y ese barra brava que hace crossfit para reivindicar su ferocidad masculina comparte clase con esa feminista que se interesó por una práctica mixta que reivindicaría la paridad de género. En este ejemplo quizá esté la esencia de los algoritmos: no se trata tanto de decidir qué mostrarnos, sino de darle a los contenidos una perspectiva que encaje con nuestros gustos, que presuponga un patrón operando sobre nuestro espíritu. Si el algoritmo se sincerase, debería confesar lo siguiente: “te mostraré las cosas que te interesan sólo a vos para que al final te terminen interesando las cosas que les interesa a otros”.

Esto en cierto modo es una evolución del efecto que tenían en el siglo 20 los medios masivos de comunicación: forjar una opinión pública, sólo que ahora de manera disimulada, haciéndole creer al usuario que tiene un rol proactivo, que es él el arquitecto de su sistema estético. Pero las diferencias entre usuarios se empastan cada vez más, y tanto navegadores como apps se convierten en castradores de otredades.

La resistencia ante la tiranía de la web personalizada es simple y rudimentaria y descansaría en un trabajo arqueológico tedioso que refunde la curiosidad de los sujetos. Escapar del algoritmo implica buscar prácticas y consumos culturales que no sean guiados ni por los celulares ni por las computadoras, hacer clic allí donde la voluntad ejerce su mayor resistencia, porque en esas sombras incómodas el deseo encuentra su fuerza, su capacidad de transmutarnos.

 

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