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Dom, Abril 2017 15:04

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Cultura y Tecnología, por Darío Sandrone (Especial para HDC) De un tiempo a esta parte, las hélices, las cámaras, las armas, los sistemas robóticos y los programas informáticos se han integrado entre sí configurando un nuevo individuo tecnológico, el dron.

 

I

Uno de los filósofos de la tecnología más importantes del siglo XX, el francés Gilbert Simondon, afirmaba que los objetos tecnológicos de la era industrial tienden a convertirse en individuos, individuos tecnológicos. Decía que, en su estado embrionario, cualquier tipo de máquina comienza como un collage indefinido de partes provenientes de otras máquinas pero que luego, generación tras generación, adquiere gradualmente una forma definitiva cuando esas partes se acomodan entre sí y definen la identidad del artificio, aquello que lo diferencia de otro tipo de objetos. En unos años, lo que era un rejunte tecnológico se vuelve un individuo —un indivisible— que adquiere autonomía y funciona integrado al medio que lo rodea, con un comportamiento específico, con un modo de existir determinado. 

La emergencia de los drones en nuestra cultura tecnológica parece constatar esta idea. Un dron es un Frankenstein robótico hecho de diferentes tecnologías. Su devenir puede pensarse como la historia de las cámaras que incorporan hélices, o de las máquinas voladoras que incorporan armas, o de las máquinas armadas que incorporan GPS, o de los robots que incorporan programas para automatizarse. De un tiempo a esta parte, las hélices, las cámaras, las armas, los sistemas robóticos y los programas informáticos se han integrado entre sí configurando un nuevo individuo tecnológico, el dron, que sólo existía abstractamente hasta que se produjo esa integración. 

II

¿Cuál es la identidad de este nuevo individuo? En principio, podemos decir que es una entidad que vigila. En su “Teoría del Dron”, otro filósofo francés, Grégoire Chamayou, asegura que en la guerra “ha revolucionado la capacidad de alcanzar una mirada constante sobre el enemigo”. En la vida civil, por otra parte, comienza a perfilarse como “el ojo-que-todo-ve-todo-el-tiempo”, el ojo sin párpado ni sueño que vigila. No es tan curioso, entonces, que haya solamente dos letras de distancia entre “teología” y “tecnología”: los drones han reflotado la vieja idea medieval del Ojo de Dios, que vigila y controla desde las alturas.

Pero, ¿qué rasgos poseen estos individuos tecnológicos para inspirar semejante analogía? Según Chamayou podemos reducirlos a seis principios de diseño que guían a quienes desarrollan drones. Primero, se busca una mirada constante y una vigilia permanente. La mirada del dron registra 24 de 24 horas. Sin distracciones, sin cansancio. Segundo, se pretende que el dron vea todo desde todos los ángulos. Ya no se lo concibe como un ojo, sino como un individuo capaz de portar decenas de ojos que registren múltiples objetos al mismo tiempo. Lo registrado simultáneamente por todas esas cámaras es combinado con posterioridad por un programa informático, para lograr una sola visión de conjunto. Tercero, se tiende a un archivo total, a una memoria infinita. Los desarrollos de nuevas formas de almacenamiento de datos plantean la posibilidad de que un dron no solamente filme todos los rincones del barrio al mismo tiempo, sino que lo haga por décadas almacenando los datos para siempre. Vidas enteras registradas y guardadas en algún servidor. Cuarto, se aspira a una capacidad de cartografiar las vidas. “Registrar” suena a poco para describir las posibilidades de un dron. Mediante poderosos algoritmos incorporados, puede hacer un mapa de los recorridos, las actividades sociales, los hábitos, los lugares más visitados y los horarios usuales de cualquier ciudadano. Quinto, se procura la fusión de datos: “los drones no sólo tienen ojos, tienen orejas y otros órganos”, es decir, no sólo filman, captan llamadas de celulares y datos de otros tipos de comunicación electrónica. La película de nuestra vida no será muda.  

El sexto principio, quizá, sea al que debamos prestar mayor atención: la detección de anomalías y anticipación preventiva. A través de ciertos softwares, un dron puede establecer cuáles son los patrones de comportamiento en un barrio, una ciudad, una frontera o una protesta en las calles, para luego identificar si algo se sale de su curso habitual, denunciar la anomalía y señalarla como una amenaza. Así, el análisis de las imágenes de los drones “es una actividad a mitad de camino entre el trabajo policial y las ciencias sociales”. En un dron convive un sociólogo improvisado, que interpreta cuál es la conducta normal de la persona o el grupo social que vigila, junto a un policía que notifica una desviación en esa conducta. En algunos países, esa notificación implica una orden automática a los policías humanos para que intervengan. 

III

La “policía algorítmica”, como se suele llamar a esta nueva técnica utilizada por las fuerzas policiacas—cuya firma líder es Predpol (www.predpol.com), encuentra en el dron a un individuo perfecto para delegarle la tarea de captar datos en tiempo real desde su posición privilegiada en las alturas. Por si fuera poco, como señala el investigador mexicano Nelson Arteaga Botello, en algunos casos se prepara a los drones para que realicen una inteligencia automática (si se me permite el oxímoron) en las protestas sociales. Dado que los dirigentes no tienen el mismo comportamiento que el resto de los manifestantes, los drones detectan desplazamientos en las manifestaciones y marchas a partir de los que pueden “localizar liderazgos”

¿Qué tan en serio debemos tomar a estos nuevos individuos policiales? Es difícil saberlo aún, pero hagamos un ejercicio: imaginemos lo peor. Lo que hoy realizan dos o tres agentes humanos en un helicóptero, en un futuro no muy lejano podría ser realizado por un único individuo tecnológico que por sí mismo, sin participación humana directa, sobrevuele, observe, registre, interprete qué es un comportamiento sospechoso y emita órdenes a policías humanos.  Habrá que dejar de ver a estos seres como meras herramientas de las fuerzas de seguridad y pensarlos como nuevos individuos, esta vez tecnológicos, que se incorporan a sus filas. Habrá que interiorizarse, entonces, sobre cómo interpretan los hechos, toman sus decisiones y realizan sus inferencias, para evitar errores y abusos. Habrá que vigilar, entonces, al nuevo vigilante. 

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