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Dom, Junio 2017 05:06

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Manhattan Follies, por Esteban Maturin New York quiso amar a la revolución que se alzaba a pocos kilómetros de la costa sur del país, pero Washington fue más fuerte

Estamos a mediados de agosto y New York hierve en sus millones de toneladas de cemento y acero, espeja el sol en las barreras de cristales que parecen inclinarse, allá arriba, hasta rozar a los rascacielos de la acera del frente. Caminamos por la Little Habana, vecindario latino con anuncios de ron y música de volumen alto. Entramos en un local de tacos y tortillas, porque tiene el interior sombreado (una imagen de fresca penumbra frente al latigazo de sol de la calle) y porque los decibeles de la bachata son discretos. La camarera está atendiendo, en un dulce castellano, una mesa cercana; luego viene hacia nosotros. “¿Tica, nica, dominicana o cubana?”, le pregunto, con la carta de “cuban food” en la mano. “Ny´orker”, me dice con una sonrisa grande;“mis papis eran de Camagüey”. Mientras comía mis tacos (los pedí “light”, pero llegaron con tanto aceite como los que sirven en cualquier latitud de América Central) recordé una impresión de mi madre, cuando pasó por esta ciudad en los primeros años ´60: “Nadie ama ni apoya tanto a la revolución cubana como los neoyorquinos”. Pude comprobar ese aserto 25 años después, cuando me tocó ir a mí: la gesta de Fidel, el Che y los “barbudos” se aplaudió aquí –especialmente en las universidades- como en ninguna otra parte de América, aunque hoy suene a dislate o a contradicción ideológica. New York apoyó los ideales de justicia social de la revolución de 1959, y al comenzar la deriva soviética el propio Fidel Castro vino a la Universidad de Princeton a calmar a sus aliados de Manhattan: “cuando la revolución cubana haya cumplidos sus objetivos, abandonaremos el comunismo”, les prometió. El escritor Waldo Frank creó aquí el Fair Play for Cuba Comitte; el sociólogo de la Universidad de Columbia, Wright Mills, escribió “Listen, Yankee” en defensa de la revolución, en 1961, y fue bestseller; Norman Mailer; Susan Sontag; el poeta Allen Gingsberg; los escritores y artistas de la Beat Generation… New York quiso amar a la revolución que se alzaba a pocos kilómetros de la costa sur del país, pero Washington fue más fuerte.

 

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