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El lujo es vulgaridad, por Alejandro Eloy Rodríguez (Especial para HDC)

El calor era tal aquella mañana de ausencia, que no encontraron sombra alguna donde refugiarse

DIA 1

Comenzamos la travesía por la tarde, era diciembre y hacía un calor infernal. Caminamos entre los yuyales, y luego atravesamos un descampado a pleno sol. Finalmente encontramos el camino descendiente en forma de serpiente que llegaba hasta el río.

Los cinco jóvenes dejamos rápidamente las mochilas y nos entregamos a sus aguas frías y cristalinas. Ante los últimos rayos de sol, caímos en la cuenta de que todavía debíamos armar la carpa, disponer el campamento. Entonces las propuestas se dividieron en dos: por un lado, quienes querían armar la carpa en la arena, cerca de donde estaría posteriormente el fuego y las carnes. Su principal virtud era la cercanía y la comodidad, pero su principal defecto significaba la principal virtud de la otra propuesta, que consistía en armar la carpa entre los yuyales, bajo un árbol que podía ofrecer sombra durante toda la mañana siguiente. Armar la carpa en la playa significaba un calor atroz al primer rayo de sol. Los partidarios de esta idea también adjetivaron que pasaríamos frío en la noche con la carpa en la arena cercana al río. Sin embargo, acampar bajo el árbol en los yuyales significaba estar lejos del fogón, y no apetecía caminar por el monte, solo entre los yuyos, en una noche oscura como la muerte.

Las dos propuestas eran tan antagónicas que no logramos llegar a un consenso. Decidimos votar, mientras el sol acariciaba ya el otro lado de las montañas. Juntamos cinco piedras blancas y cinco piedras negras. Las repartimos de tal forma que todos tuviéramos una piedra de cada color. Las piedras blancas representaban la propuesta de instalar la carpa en la playa, mientras que las piedras negras representaban la propuesta de instalar la carpa bajo el árbol, en el monte, corriendo el riesgo a  la noche de toparse en el camino con serpientes, arañas, y quizás hasta al famosísimo ‘Chupaculos’: mitad bestia, mitad humano, el Chupaculos, cuenta la leyenda, tiene una boca entubada y una lengua larga y fina, te observa desde la arboleda con sus ojos celestes y finalmente te ataca por la espalda, succionándote por el ano todos tus órganos, empezando por las tripas. Si te agarra el Chupaculos perdido en medio del monte te deja muerto y tirado como un maniquí.

La elección de las piedras no fue arbitraria. Con sutileza decidí personalmente que las blancas fueran el color de la propuesta política a la cual yo pertenecía, ya que al color negro se le suelen caracterizar supersticiones negativas, y ese detalle podía influenciar en el resultado. Para votar utilizamos un envoltorio vacío de papas fritas que extrajimos de nuestra bolsa de basura, y la colocamos sobre una piedra enorme de color gris, ya que nos pareció el color más justo. Votamos ordenadamente. Los cinco fuimos depositando, dentro del envoltorio de papas fritas convertida en urna, la piedra que creíamos representaba la mejor propuesta. Una vez que todos emitimos nuestro voto, agarramos el envoltorio y dejamos caer su contenido sobre una piedra con forma de fuente. De la urna salieron tres piedras color blanco y tres piedras color negro. Éramos cinco.

Fracasado totalmente el consenso civil, pusimos en práctica la fuerza coercitiva y agarramos amenazantemente unos palos gruesos de madera que habíamos recolectado para el fogón. Tan cómico como serio, finalmente la carpa fue instalada en la arena de la playa. Concluido el tema, ungida la carpa, solo quedaba tirar la parrilla al fuego para cocinar las carnes. Lo importante, al final del día, era saciar el hambre.

DIA 2

Al día siguiente cruzamos el río, encontramos en la playa del frente una choza construida con troncos y cubierta con ramas secas. El sol del mediodía comenzaba a estallar en la nuca. La estructura podía ser mejorada, ingresamos al monte a cortar ramas repletas de hojas, para cubrir el techo de la choza. A los machetazos recolectamos los víveres suficientes, y finalmente lo colocamos en aquella estructura previa. Desconocíamos quienes habían construidos las bases, pero nosotros reinauguramos una obra superadora.

Bajo aquel techo de hojas verdes pasamos toda la tarde. Al mediodía almorzamos sándwiches de jamón y queso, sin mayonesa pero con granos de choclo. Repartida equitativamente la última comida que nos quedaba, finalmente comimos los sándwiches bajo aquella capilla verde, sentados los cinco en fila, observando el río y las montañas. Fue tal la mesura, la tranquilidad y la paz, que instantáneamente dormimos la siesta bajo aquella sombra.

Los límites entran por los ojos, dicen, y todo lo que podíamos observar desde allí era parte de aquel reino, cuya existencia comenzó cuando cruzamos el río y tocamos la arena de la playa por primera vez, y que concluyó cuando nos marchamos, con el último rayo del sol.

DIA 3

Al tercer día reventaron los resentimientos guardados desde el armado del campamento. Los partidarios de las piedras negras expresaron que se habían ‘cagado de calor toda la mañana’ y los de las piedras blancas respondían que habían podido pasar toda la noche junto al fuego, y que, además, ‘no los había agarrado el Chupaculos’. Estalló la discordia.

Los partidarios de las piedras blancas se quedaron dónde estaban desde el primer día, fiel a sus ideas. Mientras que el otro grupo cruzó el río y se instaló en la playa del frente, usurpando la choza que el día anterior había pertenecido al reinado de todos. Desde las orillas vociferaron durante toda la tarde: ‘montoneros hijos de puta, devuelvan la carpa ladrones’ gritaban de un lado, y del otro contestaban ‘esa choza la construimos nosotros, usurpadores, fascistas mentirosos’. Cuando atardecía, uno de los cinco jóvenes, que había observado toda la situación incrédulo, ya saturado, se paró y gritó: “Me tienen harto”, saltó al agua y se sentó en una roca ubicada al medio del río. “Hasta que no se pongan de acuerdo no me voy a mover de acá”. El resto se quedó perplejo, hicieron silencio, pero se quedaron masticando vidrio. Llegó la noche y el joven seguía sentado sobre aquella piedra en el río. El resto finalmente se durmió, cada uno en su orilla. Cuando se despertaron, al día siguiente, el cuerpo ya no estaba más.

El calor era tal aquella mañana de ausencia, que no encontraron sombra alguna donde refugiarse. El sol brotó su furia por todas partes, la choza, reseca, se prendió fuego; la carpa se encogió, derretida. Las aves se exiliaban, volando hasta perderse en el horizonte. Las moscas caían al suelo, muertas. Las piedras del río tomaron un color ardiente, mientras los yuyales se consumían rápidamente en el fuego. Las dos orillas del río quedaron cubiertas de cenizas.

 

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