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Vie, Septiembre 2017 03:41 PM

Suplemento Aniversario 20 años

Gestión pública, por J. Emilio Graglia

Como decía Konrad Adenauer: “Vivimos bajo un mismo techo pero no todos tenemos el mismo horizonte”. Aquellas palabras, dichas en Europa a mediados del siglo XX, resuenan en Latinoamérica a inicios del siglo XXI. Los latinoamericanos vivimos bajo un mismo techo, porque nacimos en esta parte del mundo y en esta época de la historia. Pero no tenemos el mismo horizonte. Las posibilidades para el desarrollo no son las mismas, dependiendo de los países, las regiones o localidades y, también, del género o la etnia. Ese es, pues, el reto de los retos, el desarrollo integral en una democracia real que resguarde la riqueza de nuestras diversidades y nos posibilite el mismo horizonte de una vida digna.  

Durante las últimas décadas del siglo XX y lo que va de este nuevo siglo, las democracias latinoamericanas se han desarrollado formal pero no realmente. Desde lo formal, en general y a pesar de varias crisis económicas, políticas y sociales, hay elecciones libres, sin fraudes ni proscripciones. Esta es, sin dudas, una condición necesaria pero, a la vez, insuficiente. Desde lo real, los progresos y retrocesos se alternan. Son democracias con luces y sombras. En penumbras. Muchas necesidades graves y urgentes siguen insatisfechas porque muchos problemas siguen irresueltos. 

Los golpes de Estado encabezados por las fuerzas armadas son un mal recuerdo que no debe olvidarse para no tropezar con la misma piedra. La amenaza actual no son los golpes militares y el cambio de la forma de gobierno, sino el vaciamiento de los contenidos materiales de las democracias. Un vaciamiento que las limite a las votaciones, sin políticas públicas que remuevan las causas pendientes de los problemas prioritarios. Democracias de forma y no de fondo, esa es la alarma amarilla o roja, según las circunstancias, que debe encenderse en esta parte del mundo y en el tramo del siglo XXI que transitamos. Democracias con votos en las urnas pero sin mejoras en las vidas de los latinoamericanos.  

No se trata de la orientación partidaria de los gobiernos de turno. Hoy por hoy, las derechas deben reconocen que solamente con el mercado no se puede y las izquierdas deben entender que con el Estado a solas tampoco se puede. La realidad ha impuesto su agenda a ambas puntas de las ideologías políticas preexistentes. Solamente los extremistas siguen cavando ese pozo. Se trata de reinventar un modelo de políticas para el desarrollo en democracia. Un modelo que permita recuperar el Estado como principal responsable de diseñarlas y gestionarlas y, también, a la sociedad como primera destinataria y partícipe necesaria de esos procesos. 

El trascurrir del siglo XXI plantea 12 retos a las políticas públicas y, particularmente, a aquellas que buscan un desarrollo integral en el marco de la democracia como régimen y sistema:

Accionar lo planificado o planificar lo accionado: El peor diseño es el que no se gestiona después y la peor gestión es la no se diseña antes. Aunque, excepcionalmente, puede hacerse al revés. 

Gobernar y administrar con responsabilidad: Sin Estado no hay políticas públicas. Tampoco las hay con un Estado a solas. Los populismos, de derecha y de izquierda, ya deberían saberlo. 

Participar antes para no lamentarse después: La pretensión de gobernar “para” pero “sin” el pueblo es propia de un iluminismo falaz que los ciudadanos deben abolir con la participación. 

Buscar el bien común, privilegiando a los más débiles: Los principios y valores son los cimientos y las columnas que sostienen el edificio del desarrollo. Sin ellos, se construye en el vacío. 

Votar buenos candidatos y botar malos gobernantes: En una democracia representativa, el representante debe ser votado. Pero también botado por el representado si no es fiel a su mandato. 

Atender las prioridades de la gente y no de los dirigentes: Los gobiernos que son elegidos mediante el voto pero no son capaces de resolver los problemas prioritarios deslegitiman la democracia. 

Mejorar lo que hay y no empezar siempre de cero: Un gran vicio de nuestros gobernantes es ignorar lo que otros han hecho. Analizar lo que hay es una clave para mejorar y no empezar de cero. 

Diagnosticar participativamente, sin cegueras: No sirve identificar problemas irresueltos sin formular soluciones posibles. Ignorar las políticas existentes es diagnosticar a ciegas. 

Decidir políticamente, sin improvisaciones: Tomar decisiones sin un diagnóstico es improvisar. Pero no tomarlas es desgobernar. La indecisión es el mal mayor de cualquier gobierno.

Dirigir productivamente, sin inercias: La productividad es posible en el sector público. Hay que ejecutar lo planeado y controlar la ejecución, para romper la inercia burocrática. 

Difundir transparentemente, sin demagogias: Los gobernantes que hacen propaganda de su persona, ocultan o engañan con recursos públicos prostituyen la comunicación gubernamental. 

Continuar lo bueno, a pesar del autor: Otro gran vicio de nuestros gobernantes es continuar o discontinuar planes y actividades existentes por sus autores y no por sus resultados. 

Estos son los retos para que América latina pueda desarrollarse integralmente en una democracia de carne y hueso y no solamente de papeles. Son los retos para satisfacer las necesidades de vivienda, obras y servicios, para un crecimiento que genere más empleo y menos pobreza, para un acceso a la educación, la salud y un ambiente sano, para convivir con más seguridad y justicia y con menos desigualdad. Son los retos para luchar contra la ineficiencia económica, la corrupción política, la debilidad institucional y la anomia social. 

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