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Lun, Noviembre 2017 10:25 AM

Suplemento Aniversario 20 años

Civilización y barbarie, por Gustavo Morello S.J. (Desde Boston)

En estos últimos 20 años el panorama religioso de Córdoba se ha modificado, sin dudas. Cambios dentro del catolicismo (nuevos obispos, un papa que vivió en la ciudad) y en las otras agrupaciones religiosas, que han ganado visibilidad y reconocimiento de la comunidad. El Comipaz ha sido una herramienta importantísima en este aspecto, una iniciativa que sirve de inspiración a otras ciudades latinoamericanas. 

El cuánto…

¿Pero cómo ha cambiado la religiosidad de las personas, la forma en la que cordobesas y cordobeses conectan con la divinidad? En primer lugar, parecería que poco. Una encuesta de 1970 nos dice que, en ese año, el 94% de la población “creía en Dios”. Hoy, los números son similares: un 92% declara “creer”. Ha cambiado la identificación de esos creyentes. Mientras que en los ‘70s, y hasta casi 10 años atrás, los católicos eran más o menos el 80% de la población, hoy se identifica como tal un 60%. Los cristianos evangélicos y pentecostales son hoy un 10% de la población de la ciudad, y (tal como hace 50 años) los otros grupos religiosos (judíos, musulmanes, ortodoxos, protestantes históricos, mormones, testigos, adventistas y otros) congregan a un 3% de la población. Los ateos siguen siendo más o menos los mismos: un 6% en 1970, un 7% hoy. La gran novedad es un grupo de personas, casi un 25% de la población de la ciudad, que hoy se declara “creyente, pero no afiliado”. Esto es, personas que creen en la divinidad (Dios, la energía, el más allá) pero no se identifican con ninguna organización religiosa.

Para entender mejor esta transformación, decidimos trabajar en conjunto con investigadores de otras ciudades latinoamericanas y ver qué estaba pasando en Córdoba, Lima y Montevideo. Lo que queríamos investigar era cómo se creía en las ciudades, dicho más simple: ¿Cómo conectan con Dios los cordobeses, limeños y montevideanos? Esto nos permite comparar lo que pasa en nuestra ciudad con otras urbes de la región. Para eso, ensamblamos un equipo de 11 investigadores de cuatro universidades (Boston College, Pontificia Universidad Católica del Perú, Universidad Católica de Córdoba, y Universidad Católica del Uruguay) financiados por la John Templeton Foundation estamos realizamos desde 2015 un estudio sobre la religión tal como se practica en la vida diaria. 

La religiosidad vivida por los sujetos es desprolija, confusa, mezcla de todo y se expresa en prácticas que incluyen cuerpo y emociones. Muchas veces esas prácticas se originan en una tradición religiosa, pero son adaptadas, modificadas, recreadas y mezcladas por las personas.

… y el cómo

Casi todos los 240 entrevistados, en las 3 ciudades, han tenido contacto con una persona que cree “en algo distinto”. La vida de la ciudad incluye personas de diferentes culturas, y eso ha afectado la vida comunitaria y familiar. Si bien en muchos casos el contacto con el “otro” ha despertado interés en conocer sobre las otras creencias, informarse, conversar en profundidad, visitar otros lugares sagrados e incluso participar en otras celebraciones; para la mayoría de los entrevistados la forma de manejar la diversidad ha sido la de “no hablar” sobre religión. Sobre todo, cuando la pluralidad se presenta en el mundo íntimo de la familia y los amigos próximos.

Vimos también la experiencia de la pluralidad en la propia trayectoria de las personas. Los entrevistados han pasado por diversas etapas, del desinterés a la práctica activa, del compromiso a la indiferencia, del catolicismo al pentecostalismo, del mormonismo al budismo, de prácticas esotéricas al judaísmo y de “nuevas espiritualidades” al ateísmo. Muchos han mencionado la experiencia de pluralidad dentro de la propia tradición, contando esta experiencia casi como si fuese una “conversión”. Pasar de un grupo a otro, dentro de la misma religión, es para muchos un proceso de ruptura y descubrimiento. 

Otro punto observado tiene que ver con “creer a mi manera”. El sujeto es su propia autoridad religiosa. Cada uno decide, en función de sus propias circunstancias y experiencias en la vida, qué prácticas y qué explicaciones son las que dan sentido a su vida cotidiana. No es que hagan lo que se les ocurra. Las personas explican lo que hacen, por qué lo hacen y cómo eso se relaciona con lo que creen. La percepción de los entrevistados es que, al ser la vida contemporánea tan compleja, no es fácil para alguien de “fuera” dar una respuesta a un punto concreto. “Porque soy el único que vive esta vida concreta, soy el único que puede decidir lo que es o no verdadero, bueno y posible”.

Esto no significa que los cordobeses no se relacionen con las instituciones religiosas. Por eso preferimos hablar de “autonomía” y no de “independencia”. Los grupos religiosos tienen un rol en crear, aprobar y rechazar prácticas y creencias. Pero una vez establecidas, son las personas quienes deciden qué hacer con ellas, cómo y cuándo usarlas y modificarlas. El criterio de selección, adopción y adaptación es que esa práctica o creencia den sentido a sus vidas.

Ser creyente en la Córdoba del 2017 es un “work in progress”.

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