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Sáb, Junio 2017 02:06
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El Rolo Pasquetti se estroló con su bicicleta contra un container. Me acuerdo de que fuimos a visitarlo a la clínica y, desde la cama, nos dijo: “veo el mundo tal y como es: gris, descolorido”

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NADA FUERA DE LO COMÚN

Manuel Esnaola

Especial para HDC

 

UNO

Ese tipo flaco y alto, con el gesto impenetrable y el cabello rizado, los brazos excesivamente largos y diez dedos que impresionan por su tamaño, ese misterioso músico vestido de negro que ahora baja de un carruaje para dar su concierto en algún teatro de París, es Niccolò Paganini, el violinista del diablo.

Todas las características que hemos adjudicado, y también, hay que decirlo, envidiado, a las estrellas de rock del sigo XX, ya las reunía Niccolò Paganini a comienzos del siglo XIX: estrafalario, vestido siempre de riguroso negro, borracho y putañero, apostador empedernido, dueño del rumor místico de que había pactado con el diablo, pues ninguno de sus contemporáneos podía interpretar las dificilísimas obras que componía. Lo cierto es que Paganini fue un virtuoso de su tiempo: a los trece años, con un violín de segunda mano que le había comprado su padre, el pequeño tocó por todas las ciudades de Lombardía ejecutando composiciones propias que rozaban la genialidad.  

 

DOS 

Paganini nació en Génova el 27 de octubre de 1782. Desde pequeño aprendió con facilidad inusitada los rudimentos del violín. Cuando su padre lo envió, a la edad de doce años, a la casa del maestro Alessandro Rolla, con el fin de continuar sus lecciones y perfeccionar la técnica, éste le dijo, luego de advertir que el joven podía seguir a primera vista un concierto extremadamente difícil: “Has venido para aprender, pero yo no tengo nada que enseñarte”. 

En aquella época la ciencia aún no tenía constancia de la dolencia que padeció Niccolò Paganini durante toda su vida. Ahora sabemos que esas manos de araña (medían más de 45 centímetros y eran muy ágiles) y esos brazos irrisoriamente largos que le permitieron tocar un arco más extenso del normal, que él mismo se había hecho construir a medida para lograr un recorrido mayor por las cuerdas, eran producto de una enfermedad genética llamada síndrome de Marfan, que gradualmente le fue debilitando el corazón, los huesos y la vista.

En el anecdotario de Niccolò abundan las historias. Una de ellas cuenta que en un concierto en Ferrara, la soprano Marietta Marcolini se indispuso, por lo que una tal Pallerini, quien no era cantante sino bailarina, tuvo que sustituir a la estrella de la noche. El público, enojado, arrojó silbidos y abucheos al escenario. Cuando Niccolò Paganini subió al estrado (era el próximo número del programa), el diablo ya había ocupado su cuerpo y elucubrado un plan para vengar a la pobre mujer: con su violín se puso a imitar, entre “staccatos” y “pizzicatos”, el trinar de diversos pájaros, el grito de animales y finalmente el rebuzne de un asno. Ahí soltó a la audiencia: “Ésta es la voz de aquellos que han silbado a la Pallerini”. La bronca fue tan grande que Paganini no volvió a tocar jamás en Ferrara.  

 

TRES 

Durante su estancia en París, Niccolò Paganini cosechó un éxito tremendo. Se la pasaba tocando de teatro en teatro y su virtuosismo era festejado unánimemente. En 1831 alquiló un coche para que lo llevara a la sala donde debía dar un concierto. Al llegar le preguntó al cochero cuánto le debía y éste le contestó que veinte francos. “¿Veinte francos? ¿Tan caros son los coches en París?”, objetó Paganini. El mañoso cochero, que lo había reconocido, le retrucó: “Cuando se ganan cuatro mil francos en una noche por tocar con una sola cuerda, se pueden pagar veinte francos por un aventón”. El violinista bajó hasta el portal del teatro y, por el guardián del portal, se enteró del precio justo. Volvió hacia el conductor y lanzó su latiguillo del diablo: “Tome dos francos, que es lo que le debo. Los otros dieciocho se los daré cuando aprenda a conducir el coche con una sola rueda”. 

Adelantándose más de un siglo a las estrellas de rock, Paganini también tenía un séquito de violines íntimos que llevaba siempre a mano. Se sabe que varios de ellos eran Stradivarius. Al igual que B.B. King tenía su “Gibson Lucille”, Eddie Van Halen su “Frankenstrat”, Jimi Hendrix su “Monterey Stratocaster” y Keith Richards su Fender “Micawber”, Niccolò Paganini tenía un violín predilecto, apodado “il mio cannone violino”, construido por el famoso luthier  Giuseppe Guarneri. En la actualidad el “cannone" de Paganini se encuentra exhibido en una de las salas del Musei di Strada Nuova, sobre la Via Garibaldi, en Génova.

 

CUATRO

Ese tipo flaco y alto, con el gesto impenetrable y el cabello rizado, los brazos excesivamente largos y  diez dedos que impresionan por su tamaño, ese misterioso músico vestido de negro que ahora baja de un carruaje, sin dentadura y sin voz, acompañado solo de su violín, es Niccolò Paganini. Está a punto de entrar a la muerte para dar un concierto privado al diablo, por toda la eternidad. 

Se dirán de él muchas cosas en los siglos venideros. Que era vanidoso, mujeriego, alcohólico; que malgastó su fortuna en los vicios y el juego;  que asesinó a su maestro para poder usar su intestino como cuerda para el violín; que en sus apuntes siempre aparecía una extraña “nota 13” de extrema dificultad; que su cuerpo vagó de un lado a otro por Europa durante más de dos años, embalsamado en una cuba de aceite; que hizo un pacto con el diablo para poder componer esas obras intocables para sus contemporáneos. Lo cierto es que toda leyenda representa, en el fondo, la proyección de una luz – o una sombra (lo que equivale a lo mismo) – demasiado incandescente para la época.

Niccolò Paganini murió a la edad de cincuenta y siete años. Sabemos, a pesar de que los rumores y las versiones son muchas, que el obispo de Niza le negó la sepultura eclesiástica y por ello tuvo que ser enterrado en el cementerio de lazareto de Villefranche. Finalmente, su hijo Aquiles logró trasladarlo al cementerio de Parma, donde todavía hoy, en las noches de luna llena, se lo oye imitar el trinar de los pájaros y el rebuzne de los asnos.

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