El papa en viaje por Japón: La energía atómica de guerra es un crimen

Assisi 2020

En el reciente viaje apostólico, que lo llevó por Tailandia y el Japón, el papa Francisco privilegió el mensaje dado desde el Memorial de la Paz de Hiroshima, ante las últimas víctimas sobrevivientes de la bomba atómica lanzada por los Estados Unidos sobre esta ciudad, y sobre la de Nagasaki, a finales de la segunda Guerra Mundial.

Cuando se apresta a recibir en marzo de 2020, en la ciudad que es el mayor símbolo de la paz -Asís- a la cumbre que evaluará las posibilidades de una nueva economía mundial, el papa argentino lanzó una exhortación apremiante por la paz mundial en este “lugar símbolo” de sufrimiento, evocó la memoria de tantos hombres y mujeres que cayeron en el abismo de silencio provocado por el fragor ensordecedor de la bomba atómica en aquella mañana del 6 de agosto de 1945: “Desde ese abismo de silencio, todavía hoy se sigue escuchando fuerte el grito de los que ya no están. Venían de diferentes lugares, tenían nombres distintos, algunos de ellos hablaban lenguas diversas.

Todos quedaron unidos por un mismo destino, en una hora tremenda que marcó para siempre, no sólo la historia de este país sino el rostro de la humanidad.”
Francisco quiso hacer memoria de las víctimas, pero también inclinarse “ante la fuerza y la dignidad” de los sobrevivientes, que soportaron en sus cuerpos “los sufrimientos más agudos”, y en sus mentes, “los gérmenes de la muerte que seguían consumiendo su energía vital”.

Las armas no garantizan la paz

“He venido a este lugar lleno de memoria y de futuro trayendo el grito de los pobres, que son siempre las víctimas más indefensas del odio y de los conflictos”, dijo el papa argentino, y remarcó que llegaba a Japón “como peregrino de paz”, no sólo para orar y recordar, sino también con las “súplicas y anhelos de quienes desean la paz, trabajan por la paz, se sacrifican por la paz”.

El papa quiere también ser la voz de aquellos “cuya voz no es escuchada”, la voz de quienes miran con inquietud y angustia las crecientes tensiones que atraviesan nuestro tiempo, de quienes miran las inaceptables desigualdades y las injusticias que amenazan la convivencia humana. Desde Hiroshima alza su voz para señalar “la grave incapacidad de cuidar nuestra casa común” (ver nota en página 6), y el recurso continuo y espasmódico a las armas, como si estas “pudieran garantizar un futuro de paz”. Reitera que el uso de la energía atómica con fines de guerra es hoy más que nunca un crimen; un crimen “no sólo contra el hombre y su dignidad sino contra toda posibilidad de futuro en nuestra casa común”.

“Seremos juzgados por esto”, advierte. Y son las nuevas generaciones las que “se levantarán como jueces de nuestra derrota si hemos hablado de la paz, pero no la hemos realizado con nuestras acciones entre los pueblos de la tierra: ¿Cómo podemos hablar de paz mientras construimos nuevas y formidables armas de guerra? ¿Cómo podemos hablar de paz mientras justificamos determinadas acciones espurias con discursos de discriminación y de odio?”.
El papa cita a la tradición del magisterio, y se apoya en su predecesor, Juan XXIII, para reiterar que “la paz no es más que un sonido de palabras si no se funda en la verdad, si no se construye de acuerdo con la justicia, si no está vivificada y completada por la caridad, y si no se realiza en la libertad”.

La verdadera paz sólo puede
ser una paz desarmada

“¿Cómo podemos proponer la paz si frecuentamos la intimidación bélica nuclear como recurso legítimo para la resolución de los conflictos?”, se pregunta el pontífice, desde una ética racional que cuestiona a los líderes del mundo entero, poniendo en sus manos el instrumento que contrasta la lógica de las armas: el ejercicio del diálogo, el ejercicio del “perpetuo quehacer”, porque la paz no es la mera ausencia de la guerra, sino que es fruto de la justicia, del desarrollo, de la solidaridad, del cuidado de nuestra casa común y de la promoción del bien común, aprendiendo de las enseñanzas de la historia.

Francisco les recuerda que las armas, antes incluso de causar víctimas y ruinas, tienen la capacidad de provocar pesadillas, exigen enormes gastos, detienen los proyectos de solidaridad y de trabajo útil, alteran la psicología de los pueblos: “Si realmente queremos construir una sociedad más justa y segura, debemos dejar que las armas caigan de nuestras manos: «No es posible amar con armas ofensivas en las manos» (Pablo VI, Discurso a las Naciones Unidas, 4 octubre 1965).

Memoria viva: ¡Nunca más!
Para abrir un auténtico camino de paz, hay tres imperativos “morales”, dice el papa Francisco: recordar, caminar juntos, proteger. Esto porque no se puede permitir que las actuales y nuevas generaciones pierdan la memoria de lo acontecido, porque ello es garante y estímulo para construir un futuro más justo y más fraterno. Una memoria que es capaz de despertar las conciencias de todos los hombres y mujeres, en especial de aquellos que hoy desempeñan un papel especial en el destino de las naciones: “Memoria viva que nos ayude a decir de generación en generación: ¡nunca más!”.

Francisco clama, al final de su intenso discurso desde el memorial de Hiroshima, en la conclusión de un momento solemne que tiñó los cielos aún grises del Japón a causa de la guerra, con una luz de esperanza: “Ven, Señor, que es tarde, y donde sobreabundó la destrucción que también pueda hoy sobreabundar la esperanza de que es posible escribir y realizar una historia diferente”.

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