Vaticano: el Sínodo Amazónico nos sorprenderá

Assisi 2020 | Por Leonardo Boff

Entre el 6 y el 27 de octubre se está celebrando en Roma, en el Vaticano, el “Sínodo Panamazónico”. Ya en 1974 el papa Pablo VI instituyó la figura del Sínodo, primero el “Sínodo de los Obispos”, con representantes de todos los continentes, y también los “Sínodos regionales”, como el sínodo de los obispos holandeses, en 1980; y el sínodo de los obispos alemanes, que se está realizando este año, y otros.

El sínodo, cuyo significado etimológico significa “hacer juntos (syn) el camino (odos)” representa la oportunidad para que las iglesias locales o regionales tomen el pulso de su propio caminar, analizando los problemas, identificando los desafíos, y buscando “juntos caminos” de implementación y actualización del Evangelio.

El “Sínodo Panamazónico” tiene una especial relevancia, dado el doble grado de conciencia que se manifiesta en el propio tema básico: “Nuevos caminos para la iglesia y para la ecología integral”. Se trata de definir otro tipo de presencia de la iglesia en las Américas y, específicamente, en esta vasta región amazónica que abarca nueve países, en una extensión de más de 8.000.000 de kilómetros cuadrados. El otro grado de conciencia se revela en la importancia que tiene la Amazonia para el equilibrio de la Tierra y para el futuro de la vida y de la humanidad.

La iglesia romano-católica en América latina y en la Amazonia era una iglesia-espejo de la iglesia-madre de Europa. Después de cinco siglos se ha transformado en una iglesia-fuente, con un rostro afro-indio-europeo. En la homilía de apertura del sínodo, el 4 de octubre, el papa Francisco dijo claramente: “¡Cuántas veces el don de Dios ha sido... no ofrecido, sino impuesto! ¡Cuántas veces ha habido colonización en vez de evangelización! Dios nos preserve de los nuevos colonialismos”. En otra ocasión, en Puerto Maldonado, Perú, pidió perdón (cosa nunca hecha antes por un papa): “Pido humildemente perdón, no solo por las ofensas cometidas por la iglesia misma, sino por los crímenes contra los pueblos originarios que tuvieron lugar durante la conquista de América”.

El momento de las mujeres
En el “Instrumento de trabajo” para preparar el sínodo, se pide que sean ordenados “viri probati”, es decir, hombres casados, honrados, especialmente indígenas, para ser ordenados sacerdotes. El obispo emérito de Xingú, Brasil (la mayor diócesis mayor del mundo), Dom Erwin Kräutler, sugirió al papa que en vez de decir “viri probati” (hombres probados) se diga “personae probatae” (personas probadas), lo que incluye también a las mujeres. Dice Dom Erwin: “en las comunidades las mujeres hacen todo lo que hace el sacerdote, menos consagrar el pan y el vino. ¿Por qué no concederles también esta misión? María dio a luz a Jesús, el Hijo de Dios, sus hermanas, las mujeres, ¿por qué no van a poder representarlo?”
Además, el texto dice que se dará a las mujeres una misión especial. Bien podría ser, como se hace en todas las demás iglesias cristianas, que las mujeres sean, a su manera, también sacerdotes.

Un papado de reformas
Este papa es innovador y valiente. Dicen los mejores teólogos que no hay ningún dogma o doctrina que impida a las mujeres representar a Cristo. Teológicamente hablando, sacerdote no es el que consagra. Es Cristo quien consagra. El sacerdote sólo le da visibilidad. Solo lo impide el patriarcalismo todavía reinante.

La cuestión más aguda e importante es la salvaguarda del “bioma amazónico”. Esa vasta región ha sido objeto de investigación por parte de grandes científicos, desde hace por lo menos dos siglos. Decía Euclides da Cunha en sus ensayos amazónicos: “La inteligencia humana no soportaría el peso de la realidad portentosa de la Amazonia; tendrá que crecer con ella, adaptándose a ella, para dominarla”. La Amazoniía es el gran filtro del mundo, que secuestra el dióxido de carbono, nos devuelve oxígeno, y mitiga el calentamiento global. Su biodiversidad es tanta que “en pocas hectáreas de la selva amazónica existe un número de especies de plantas y de insectos mayor que toda la flora y fauna de Europa”, dice el gran especialista E. Salati.

Pero su significado principal reside en la inmensidad de las aguas, ya sea de los ríos volantes (la tremenda humedad de los árboles, que sobrevuela las selvas), de la superficie del río, o del inmenso acuífero “Alter do Chão”. Si no conservamos en pie la selva, la Amazonia puede transformarse en un desierto como el Sáhara, que hace 15.000 años era una especie de Amazonia, con el río Nilo desaguando en el Atlántico... Si la Amazonia acaba deforestada, 50.000 millones de toneladas de dióxido de carbono anuales quedarían instaladas en la atmósfera, haciendo imposible la vida en el sur del Continente.

El papa se refirió a la situación de la Amazonia al analizar la situación actual mundial: “la Tierra cada vez está más interconectada, y los pueblos que la habitan forman parte de la comunidad planetaria; por ejemplo, el problema de los incendios en la Amazonia, no es solo de esa región... es un problema mundial, así como el fenómeno migratorio”.

Cada vez crece más la conciencia de que el bioma amazónico es un “bien común de la Tierra y de la humanidad”. El llamamiento a la soberanía de cada país se mueve todavía dentro del viejo paradigma que dividía el planeta en partes. Ahora se trata de reunir esas partes y reconstruir la realidad, que es una, entera: la Casa Común, para nosotros y para toda la “Comunidad de la Vida”. Brasil no es dueño de la Amazonia (63%); es solo su administrador, ahora –bajo el nuevo gobierno– de forma altamente irresponsable, al hacer poco caso de los incendios y, en función de los minerales, del petróleo y de otras riquezas, incentivar grandes proyectos que amenazan a los pueblos originarios (los que saben cuidar y preservar la selva) y al equilibrio ecológico de toda la Casa Común.

Hay un proyecto, suscrito por decenas de caciques, obispos, autoridades, científicos, que va a ser presentado en el sínodo, para declarar a la “Amazonia, santuario intangible de la Casa Común”. La Unesco ya ha registrado varios biomas en otros países; ¿por qué no hacerlo con la Amazonia, en la cual se juega en parte el futuro de la vitalidad de la Tierra y de la civilización humana?

 
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