La urgencia de volver a poner una cultura de la paz en el centro (2)

Assisi 2020 | Por Nelson Specchia

Esta recentralización de la paz como fuerza en la política internacional, que estuvo presente (como ideología de entorno) desde el primer momento del pontificado de Bergoglio, tomó cuerpo, de una manera orgánica, en el programa preparado y transmitido por el papa en la Jornada Mundial de la Paz, de 2018. Ese programa se sostiene en cuatro “piedras angulares” para la acción: 1) acoger, 2) proteger, 3) promover, y 4) integrar.

Poco tiempo después, el papa transmitía los conceptos centrales de este programa a los representantes de los gobiernos acreditados ante la Santa Sede, en la protocolización anual que reúne al cuerpo diplomático, los representantes que han de transmitir, a sus respectivos poderes ejecutivos, los programas del jefe del Estado de la Ciudad de Vaticano, obispo de Roma, y cabeza de la iglesia católica.

El papa Bergoglio dijo ante esos transmisores directos a los jefes de Estado y de gobierno, que encuentran en los lineamientos pontificios una voz a escuchar, una indicación moral internacional, que “La paz no se construye como la afirmación del poder del vencedor sobre el vencido. Lo que disuade de futuras agresiones no es la ley del temor, sino la fuerza de la serena sensatez que estimula el diálogo y la comprensión mutua para sanar las diferencias (…) La paz se consolida cuando las naciones se confrontan en un clima de igualdad. Lo intuyó hace un siglo el presidente estadounidense Woodrow Wilson, cuando propuso la creación de una asociación general de las naciones, destinada a promover para todos los Estados indistintamente, grandes y pequeños, mutuas garantías de independencia e integridad territorial”.

Esta referencia al pensamiento wilsoniano y a la Sociedad de las Naciones no es casual (como ninguna otra en un mensaje papal, tantas veces estudiado, corregido y consensuado en varios países del mundo en simultáneo): remarca uno de los elementos importantes en esta concepción de la “centralidad de la paz”: la generación de instituciones. La vía institucionalista, la creación de instituciones que vayan conformando, en su interrelación, un “colchón de amortiguación” de los conflictos, aúna en el pensamiento pontificio tres tradiciones: el substrato cristiano; el idealismo kantiano; y la construcción europea, que se ha dado mediante la superposición permanente de instituciones comunitarias.

El pontífice hace hincapié en la importancia de “la libertad, la justicia y la paz en el mundo, que tienen por base el reconocimiento de la dignidad intrínseca y de los derechos iguales e inalienables de todos los miembros de la familia humana”, como afirma la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Se refirió a que “las incesantes peticiones de paz que provienen de las tierras ensangrentadas por los combates parecen ser cada vez menos eficaces ante la lógica aberrante de la guerra. Este escenario no puede lograr que disminuya nuestro deseo y nuestro compromiso por la paz, pues somos conscientes de que sin ella el desarrollo integral del hombre se convierte en algo inalcanzable… convencido de que la paz es condición necesaria para el desarrollo que, a la vez, requiere “combatir la injusticia y erradicar, de manera no violenta, la causa de las discordias que conducen a las guerras”.

Es importante destacar el énfasis con que declaró: “La promoción de la cultura de la paz para un desarrollo integral requiere esfuerzos perseverantes hacia el desarme y la reducción del uso de la fuerza armada en la gestión de los asuntos internacionales”.

Como dije, relacionó ante los embajadores este mensaje con el programa de recentralización de la cultura de la paz, que había desarrollado ese mismo año en su Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz, con las cuatro acciones: acoger, proteger, promover e integrar. Indicó que “la integración es un proceso bidireccional, con derechos y deberes recíprocos”, hay que tenerlo muy presente en esta Europa a la que llegan diariamente miles de inmigrantes buscando un futuro mejor… Estamos ante un momento de inflexión. Los movimientos ecológicos, de derechos humanos, igualdad, democracia y desarme están entre los más poderosos movimientos sociales de nuestro tiempo y su convergencia en la ´gran alianza´ de movilización para una cultura de paz es fundamental para el éxito. Ninguno de estos movimientos puede triunfar plenamente por sí mismos, todos ellos necesitan una cultura de paz para logra su objetivo completo. Sin paz, no puede haber democracia, ni derechos humanos universales, ni ningún tipo de protección del medio ambiente, ni igualdad para las mujeres. Esta ´interdependencia´ de sus diferentes componentes es una de las contribuciones más importantes y valiosas de la cultura de paz.”

(continúa en la edición del jueves)

 
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