De charlas con Francisco (2)

 

Cuaderno de bitácora | Por Nelson Specchia

Conté aquí, en mi columna pasada, que había estado por Roma y que había tenido oportunidad de conversar con el papa Francisco. Dije que lo vi fuerte a pesar de sus achaques, de que ha engordado, se ha encorvado un poco y sabe que su tiempo se acaba. Complementando esa impresión, hay que decir también que esa fortaleza está siendo puesta a prueba en este tramo final de su pontificado. Porque a las críticas esperables desde afuera, y a las más sordas desde adentro, se suman ahora otras con una virulencia como nunca antes en estos ocho años en que, con sutileza, el papa ha dado vuelta la media de la iglesia. No exagero: hasta han llegado a acusarlo de herejía, y desde sectores con mucho poder al interior de la institución.

Intentando hacer un análisis simplificado de un fenómeno, unas prácticas políticas milenarias y unos grupos de presión que no tienen nada de simples, podrían identificarse los puntos de fricción con el papa en tres frente: la iglesia en los Estados Unidos e Inglaterra; el conservadurismo de la Curia; y la reacción corporativa ante la moral sexual y los abusos pedófilos del clero. Cada uno de ellos debería desarrollarse muy extensamente, porque tienen raíces causales largas y viejas. Pero siguiendo en la línea de la exposición simplificada, se podría hacer foco en la personalidad cultural de la iglesia católica en aquellos países en que es demográficamente minoritaria (aunque económica y políticamente poderosa), como en los Estados Unidos e Inglaterra.

En estos escenarios, la convivencia cotidiana con los numerosos y crecientes cultos evangélicos y pentecostales llevan a los obispos católicos a concentrarse doctrinariamente en la ortodoxia, como una manera de diferenciación de las expresiones carismáticas y populistas de los cultos reformados. Años de prácticas en esa dirección en los Estados Unidos muestran una iglesia de dos caras: rica y reaccionaria en las zonas mayoritariamente WASP (white, anglo-saxon and protestant), como las ciudades de la Costa Este (Boston, Washington, New York…); frente a otra iglesia más humilde en lo económico, menos involucrada con el poder político y con expresiones más progresistas en lo social y en lo educativo en las zonas de mayor concentración poblacional latina, como el sur y la Costa Oeste (Florida, Texas, California…).

Respecto de la otra gran rama católica en países anglosajones protestantes, el tema de la oposición al papa Francisco en Gran Bretaña pasa por el fuerte conservadurismo cultural de los obispos, también para tomar distancia del episcopado anglicano, que no para de dar muestras de apertura e innovación (aceptación de mujeres en el orden sagrado, de divorciados, de familias homoparentales, y hasta de obispos homosexuales).

En este enfrentamiento, desde los católicos anglófonos ha surgido una de las más recalcitrantes críticas a Roma. Una reciente carta publicada en el Life Site News, firmada por sacerdotes y un grupo importante de académicos católicos, acusa de herejía al pontífice, y pide a los jueces apostólicos que tomen a su cargo la acusación y juzguen al papa. La “herejía”, más allá de la carga histórica denigrante del término, constituye un delito canónico establecido y regulado, con obligación –si se acepta la denuncia- de ser atendido por la sección judicial de la iglesia, el Tribunal Apostólico de la Rota Romana.

Entre los firmantes de la carta pública hay teólogos y profesores universitarios destacados, como el padre Aidan Nichols, un dominico británico de referencia en la teología y la exégesis bíblica. El documento, de más de veinte páginas, apunta a Francisco por sus aperturas pastorales a los divorciados (como hace el papa en su exhortación apostólica “Amoris Laetitia”); así como a los homosexuales, después de aquella ya histórica respuesta de “¿Quién soy yo para juzgarlos?”

Además de estas aperturas sociales, el conservadurismo católico anglosajón rechaza la política ecuménica de Bergoglio. Hay que recordar que el papa expresó hace tres años que “las intenciones de Martín Lutero –el líder de la reforma protestante- no eran erróneas”; una afirmación que podría llevar a un acercamiento en Inglaterra entre católicos y anglicanos. Y avanzó en su apertura con el mundo musulmán: cuando estuve con él en Roma, el papa acababa de volver de Marruecos; antes ya había firmado un documento que hará historia: el 4 de febrero de 2019, en los Emiratos Árabes Unidos, junto al gran imán Ahmad al Tayyeb. Rupturista con el pasado en las relaciones con el islam, el papa dice allí que “el pluralismo y la diversidad de religiones, colores, sexos, razas y lenguas son queridos por Dios en su sabiduría; esta sabiduría divina es la fuente del derecho a la libertad de creer y de ser diferente.”

Demasiado para una ortodoxia quietista de siglos. Los denunciantes británicos y norteamericanos fueron a fondo: apelaron a la figura de herejía para neutralizarlo. El ataque desde sectores tradicionalistas muestra que la polarización en la iglesia crece, y que el enfrentamiento puede llegar, inclusive, a sobrevivirlo.

El papa escucha, su espalda se curva más, su sonrisa se hace un poco agria, y dice: “Ya entenderán. Hay que esperarlos”.

Y aún debería comentar el tercero de los puntos en los que dije que se apoya este frente contra Bergoglio: la reacción corporativa ante los abusos sexuales a menores. Para hablar de eso tengo que hablar del papa anterior, Benedicto XVI; pero lo haré en este lugar un próximo viernes.

10 Mayo 2019
Whatsapp
© 1997 - 2019 Todos los derechos reservados. Diseñado y desarrollado por HoyDia.com.ar