Entre patricios y patrones

Cuaderno de bitácora, por Nelson Specchia

En los momentos de tensión social, como una reacción de anticuerpos frente a una hipótesis de agresión externa reverdecen las llamadas a la concordia, a la unidad, a los consensos. Es una actitud generalizada que reconoce dos conjuntos, el de los oportunistas y el de los reformadores. La lógica de los primeros es básica y se reconoce con facilidad: suponen que, en un mar revuelto, ellos perderán las posiciones inestables que ocupan, entonces apelan a la calma y al mantenimiento del statu quo como la forma de mantener sus propias posiciones en esa estructura que tiembla. Los reformadores, en cambio, tienen una visión menos pragmática y una intencionalidad menos aviesa: suponen que todo momento de tensión comporta un riesgo pero también una oportunidad de mejora, de adecuación a tiempos cambiantes y a transformaciones ineludibles. Lo que intentan, si acaso, es orientar la dirección de ese cambio, y la velocidad: que las tensiones no deriven en cataclismos, que las reformas no se aceleren y terminen provocando una revolución que barra con todo.

Este viejo debate vuelve a instalarse en estos tiempos nuestros, con participantes muy activos en esos dos colectivos recién pintados a brochazos gordos. La inédita cosecha de votos en la primera vuelta de las presidenciales brasileñas de un candidato filo-fascista, como Jair Bolsonaro, ha disparado de pronto la tensión regional. Y el vergonzante oportunismo del canciller argentino Jorge Faurie, declarando rápidamente que las elecciones y sus resultados habían sido fruto de la libre voluntad del pueblo brasileño es, además de la vergüenza mencionada, falso: las condiciones en que terminó desarrollándose la compulsa electoral estuvieron lejos de aquella normalidad republicana que, hacia fines del siglo XX, habíamos considerado como el “minimum sine qua non” de las democracias liberales en Occidente.

Tras el golpe de Estado civil de la judicatura, los medios de comunicación concentrados y el establishment empresarial y financiero que desplazó a Dilma Rousseff, y tras el encarcelamiento y el silenciamiento de Lula da Silva, las elecciones del país más grande de América del Sur deben considerarse como efectuadas en un contexto de proscripción, y Faurie lo sabe mejor que nadie, aunque su oportunismo lo disimule para proteger la debilidad inestable del gobierno que representa. En segundo lugar, la designación de Haddad, apenas unos días antes de que terminara la campaña electoral, como “candidato delegado” de Lula volvió a confirmar que los liderazgos populares no se trasladan automáticamente.

Los reformistas, por su parte, quieren reacomodarse tras el cimbronazo y sostienen que en estos resultados hay que ver una crítica generalizada de la población hacia todo el sistema y hacia los políticos “profesionales”, a los que ya nadie les cree, aunque tengan el apoyo de los grandes medios de comunicación; argumentan que, de hecho, Bolsonaro no era el candidato del establishment paulista, que apoyó a los políticos tradicionales del PSDB. Y su lectura es que se debería aprovechar este momento de tensión para depurar el sistema democrático desde adentro, abriéndolo, agregando transparencia y participación. Pero también los reformistas se quedan cortos en esta lectura, porque no contemplan lo que ha sido el tercer elemento que, a nuestro criterio, dio pié al desastre electoral brasileño. Un fenómeno emergente que no es sólo característico de nuestra región: la participación de los colectivos religiosos cristianos evangélicos en las estructuras partidarias, las candidaturas electivas y las posiciones institucionales del Estado.

La acelerada entrada de los evangélicos en los partidos -y a través de ellos, en los gobiernos- conforma una modalidad original de cooptación de espacios de poder y de utilización de recursos económicos (enormes, en el caso brasileño). Comenzó en los años ’90 del siglo pasado con los “Born-again Christians” (los “cristianos renacidos”) durante la Administración estadounidense de George W. Bush, y ha tenido una difusión acelerada en algunas regiones del Sur, como Paraguay y Brasil; desde allí viene paulatinamente ingresando en las provincias del Norte argentino. (Me tocó inaugurar un congreso académico en Resistencia recientemente; me sorprendió allí el hecho de que los discursos de los funcionarios provinciales y municipales que hablaron en el acto, una apertura académica dirigida a un público universitario, apelaran reiteradamente a frases bíblicas, apelaciones a vírgenes y santos y otros recursos discursivos religiosos, que los hacían prácticamente idénticos a un sermón en un púlpito eclesial).

El principio político que nuclea a todos estos colectivos de cristianos evangélicos se resume en la afirmación “Dios está por encima de la República”; en Brasil, además de controlar el neurálgico Rio de Janeiro, ya ocupan unas 200 bancas legislativas, sobre los 500 diputados que componen el total de la Cámara. Estos diputados fueron determinantes en el “impeachment” a Dilma; es imprescindible recordar que Bolsonaro, al momento de votar el “impeachment” que terminaría con el gobierno democrático y habilitaría la presidencia irregular de Michel Temer, lo hizo “por la memoria del general Carlos Alberto Brilhante Ustra”, el militar que torturó a Dilma Roussef durante la Dictadura. En pago a esta actitud y anunciando lo que sería la topadora de votos en las presidenciales, los colectivos evangélicos nombraron, tras bautizarlo en un río, “mesías” a Jair Borsonaro. “Mesías”: el salvador enviado por dios y anunciado por los profetas, para liberar al pueblo del orden establecido, injusto, corrupto y putrefacto.
Los nuevos condicionantes del juego democrático a nivel global son los fundamentalistas, una mezcla de patricios y patrones, de refundadores de un orden y de financistas de figuras mesiánicas que vengan a “restaurar” lo que el laicismo y la igualdad moderna han corrompido. No es una distopía literaria: con estas señales, un Estado pseudo-teocrático premoderno está a la vuelta de la esquina. La nueva edad media.

12 Octubre 2018
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