Responsables de los otros

Cuaderno de bitácora, por Nelson Specchia

El pasado 1 de octubre la Municipalidad de Córdoba reunió a todas las mujeres y los hombres a quienes, desde la recuperación de la democracia a esta parte, ha distinguido con la condecoración Jerónimo Luis de Cabrera. Una distinción que viene expresada en una réplica en bronce, de unos 25 centímetros, de la estatua de aquel andaluz en el supuesto momento fundacional de nuestra ciudad, con la espada desenvainada y los documentos que concederían su merced a la nueva tierra esgrimidos al viento por su mano izquierda. La miniatura, que copia la esfinge de don Jerónimo esculpida por el artista Marcelo Hepp y emplazada en la plazoleta detrás de la catedral, se apoya en una contundente base marmórea de otros 15 centímetros; todos los años, cuando para el aniversario de Córdoba se realiza el acto de concesión de las condecoraciones, las asistentes de la secretaría de Cultura municipal van advirtiendo, uno a uno, a quienes la recibirán: “cuidado, cuando el intendente le entregue la estatuilla, agárrela bien: pesa más de lo que parece”. Y es verdad.

Me tocó recibirla hace un par de años, y en el acto “de los Jerónimos” convocado este octubre, me sorprendió y me alegró mucho lo variopinto de la concurrencia. El intendente Ramón Mestre dijo algunas palabras al inicio: contó que fue Rubén Martí quien estableció la distinción anual, que están preparando un “libro de oro de los Jerónimos” con las historias y los personajes que han pasado por esta alegoría de referencia de ciudadanía y participación (que tiene, incluso, un apartado democrático, ya que todos los años se abre una votación popular voluntaria para elegir a uno de los referentes, el “Jerónimo de la gente”). Y luego de esta breve bienvenida, y antes de pasar a los jardines a tomarnos la foto de familia, agregó que si alguien quería decir algo lo invitaba en ese momento a compartir una reflexión con los allí reunidos, que éramos un par de cientos. Me pareció que era una buena oportunidad para expresar públicamente lo que venía pensando desde que entré a ese gran espacio cubierto del Jardín Botánico. Pedí la palabra y dije que, entre las muchas cosas que ese día convocaba, la que más me llamaba la atención era la diversidad.

Músicos; escritores; deportistas; locutores; cineastas; pastores evangélicos; curas católicos; rabinos judíos; anarquistas ateos; liberales conservadores; comunistas militantes de la vieja guardia; socialistas de casi todo pelaje; pintores; poetas; madres y abuelas de la Plaza de Mayo; teatreros; fiscales; profesores; periodistas de radio, de TV, de diarios y de revistas; cuarteteros, directores de la sinfónica y saxofonistas callejeros; empresarios; líderes sindicales; fotógrafos; novelistas; comerciantes; libreros... y hasta algún chico/chique medio punk de ropa negra y peinado raro. Hombres y mujeres de derecha, de centro, de izquierda.

Dije, por si aún hiciera falta, que yo no he sido alguien cercano políticamente a esta gestión gubernamental, sobre la cual, además, no me he privado de opinar y hacer explícitas mis críticas y objeciones cuando lo he considerado pertinente (y ahí están mis columnas, firmadas, como testimonio de ello). Pero que precisamente desde ese lugar de independencia partidaria -y de criterio- quería resaltar el carácter diverso y plural que veo que ha caracterizado al otorgamiento de la máxima condecoración de Córdoba a sus ciudadanos, y que la reunión de esa tarde del 1 de octubre era una prueba palpable y evidente; que esa actitud del poder ejecutivo municipal me parecía –y me parece, por eso lo escribo hoy aquí- un acierto republicano, una muestra de apertura y de convivencia democrática, y un síntoma de adultez política. Y -last, but not least- que son tan pocos los elementos en los que hemos logrado coincidir así, en una política de Estado abierta y diversa que ha alcanzado a trascender el acotado período de una gestión de gobierno, que esperaba que entre todos pusiésemos nuestro mejor empeño en preservarla.

Llegué a estudiar a Córdoba el mismo año que el país recuperaba la democracia, después de las largas y negras noches de la dictadura cívico-militar. Participábamos activamente por entonces en esa emergencia de vitalidad, de esperanza, de resurgimiento institucional. Una noche de invierno de aquellos años estudiantiles presencié por primera vez la ceremonia de entrega de los Premios Jerónimo: fue emocionante, veía ahí, en el centro, al intendente reconociendo a los ciudadanos que habían aportado con sus vidas al momento político, social y cultural que todos disfrutábamos. Me parecieron, entonces, pequeños gigantes: héroes cívicos a quienes la “polis” agradecía en nombre del conjunto. Nunca hubiera imaginado que alguna vez estaría yo, como si los años fueran un espejo, del otro lado de la imagen, recibiendo la estatuilla del fundador de mi ciudad adoptiva. ¿Qué hice para merecerlo? Supongo que esa misma pregunta se habrán hecho aquellos hombres y aquellas mujeres a los que esa noche veía con el lente de una perspectiva ampliada, y sólo eran –somos- ciudadanos que amamos a la ciudad que elegimos para que sea nuestra. Y le dimos todo.

Mantener desde las gestiones de gobierno una política de referentes abierta y diversa, y desde aquellos que han sido escogidos para representarla, la responsabilidad de inspirar a otros. Espero que me hayan escuchado algunos jóvenes la noche en que me entregaron el Jerónimo, y que en el espejo invertido de los años, estén en el escenario recibiéndolo alguna vez.

26 Octubre 2018
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