La soledad según Asmar

Cuaderno De Bitácora, por Nelson Specchia

Recuerdo que hace unos años (no tantos para la historia democrática) asistíamos habitualmente a seminarios y a diversas reuniones de debate y comunicación de estrategias comunales en unas fundaciones alentadas por el partido gobernante en la ciudad; con ese espíritu de expectativa y optimismo que teñía el cambio de siglo y de milenio, las habían denominado Fundación Sol, y Ciudad 2000. Promediaba la década de los ’90 y, como en botica, había de todo; pero en aquel caserón del Boulevard Chacabuco que les servía de sede era factible encontrar siempre a diversos grupos pensando y discutiendo proyectos centrados en el devenir de la ciudad de Córdoba.

Esa estrategia –la de apuntalar y alimentar la gestión de gobierno con organizaciones enraizadas en la sociedad civil- fue un rasgo común a los primeros tramos de la recuperación democrática, y yo siempre consideré que era un camino acertado, que permitía tener abierta la escucha plural y a “pie de calle” de las demandas ciudadanas, al tiempo que concentrar en una organización no gubernamental ideas y proyectos que pudiesen alimentar la agenda oficial de gestión de una manera fresca, auténticamente democrática.

Las fundaciones, ONGs y “equipos técnicos” vinculados a un programa de gobierno, sin embargo, fueron disminuyendo en visibilidad y en importancia, al punto de desaparecer del mapa. O, en el mejor de los casos, armarse un tanto entre gallos y medianoche, en un local alquilado y con grandes aspavientos de cartelería marketinera, durante las cortas semanas de las campañas electorales, para pasar rápidamente al olvido al día siguiente de las votaciones.

Quizás hayan influido en su deterioro como canal de participación e intervención en las políticas comunales las transformaciones tecnológicas y la centralidad que han ido adquiriendo las redes sociales, que han alejado la práctica presencial de las reuniones de ciudadanos en “foros” geográficamente localizables, para ser reemplazados por “foros virtuales”, mensajes de microbloging y fotos en Instagram. Fotos, muchas fotos, como corresponde a un tiempo que ha relocalizado la validación social de la imagen en la comunicación.

En todo caso, aquel espíritu de optimismo un tanto naïv del cambio de siglo no se ha terminado verificando en los hechos: a nivel de gobiernos locales la participación ciudadana en la planificación estratégica no ha hecho sino reducirse, y hoy se mantiene apenas bajo mínimos. (En Córdoba la excepción parece ser el trabajo en los barrios: los Centros Vecinales viven una floreciente primavera alentada desde el gobierno municipal, con una agenda de actividades más que poblada. Aun así, su incidencia en la gestión central no pasa de ser marginal).

De esto conversábamos esta semana con Migue Magnasco, comunicador social con serios intereses -y formación- en economía y en administración pública, que junto a otros colegas tan jóvenes como él, y que vienen desde formaciones partidarias muy disímiles, se han largado a recuperar aquella tradición de organizaciones de la sociedad civil que asuman el estudio y la reflexión (también la crítica) de los programas que se implementan desde las instancias gubernamentales a nivel local. Y, llegado el caso, tener en carpeta opciones innovadoras o alternativas para alimentar el necesario debate en la construcción plural y diversa de la ciudad de todos. Magnasco preside la fundación que han denominado precisamente “Córdoba de todos”, y me resulta esperanzador percibir el interés y la pasión con que pretenden ocupar unos lugares que, por inercia o por desidia, se fueron paulatinamente vaciando.

Como advertencia de los escenarios que puede habilitar la desafectación del ciudadano respecto de la “polis” que habita, en compañía y solidaridad con los demás hombres y mujeres de su tiempo, me vino como anillo al dedo la lectura de “El apocalipsis según Asmar”, la novela de nuestro amigo (y columnista habitual de este diario) Lucas Asmar Moreno, que acaba de publicar Nudista también por estos días.

La fábula de Moreno es una metáfora delirante y dura. Más dura aún porque las imágenes que se suceden en esas páginas escritas en clave de ciencia-ficción no apuntan, como es habitual en el género, a algún improbable futuro sino que suceden en el más contundente de los presentes. Unos ángeles de sexualidad ambigua descienden sobre las calles de Córdoba y pasan por la espada a una parte considerable de sus habitantes (no a todos, claro, porque algunos quedan para contar la historia); y mientras ciertos desorientados sobrevivientes se dirigen hacia la Parusía de Cristo -que, de todos los lugares posibles del orbe elige para su Segunda Venida el estadio porteño de River- es posible percibir una soledad que ahoga: la ciudad vacía. ¡Que acierto esa postal de Asmar! Qué imágenes del desasosiego: la Córdoba de siempre, la misma, pero vaciada de ese pulso vital de las relaciones, que son el auténtico oxígeno que la mueve y la hace una ciudad viva.

Los foros no pueden ser exclusivamente virtuales, sugiere este “apocalipsis” al mismo tiempo tan posmoderno como clásico, canónico, que sigue de cerca el ritmo profético de aquel texto inaugural de Juan el Teólogo. Las relaciones que el ámbito de la ciudad habilita deben asumir su corporeidad, su carnalidad irreemplazable; de lo contrario, se pierde la gran oportunidad que brinda el hecho de habitar un espacio en común. La gran reivindicación de la novela de Lucas Moreno es la amistad.

En todo caso (y más allá de la metáfora urbana, que es apenas una de las claves de lectura posibles del texto de Asmar, tan polisémico), aquella dureza mencionada se ablanda, y hasta se endulza, gracias a la ironía. El humor irreverente y las pinceladas de ternura que condimentan casi cada página hacen que “El apocalipsis según Asmar” sea un libro que convoca a pensar, pero también una historia que se completa a sí misma por el mero placer de leerla: aquella indolente capacidad de la fantasía excelentemente narrada.

16 Noviembre 2018
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