A cuenta del barquero

Cuaderno de bitácora | Por Nelson Specchia

Esta semana he cumplido años. Esos momentos extraños que son los aniversarios de los natalicios, que evocan uno de los acontecimientos más universales de un ser vivo –el nacimiento- y disimulan en el ruiderío del jolgorio la evidencia de que se ha cumplido un ciclo en la inexorable línea temporal que conduce al otro acontecimiento propio de todo cuerpo biológico –la muerte- siempre han sido para mí una fiesta vana. Sin nada que festejar realmente, pero una excusa tan buena como cualquier otra para reunir amigos y afectos, y disfrutar de ellos. 

Hace algunos años, luego de compartir (y salvarnos de milagro) un accidente aeronáutico, cuando logramos descender del avión y que algunos whiskies nos devolvieran el sosiego, Ludovica Squirru me dijo que mi disposición tan superficial hacia mis cumpleaños era un rasgo claramente sagitariano: el avión había logrado abortar el despegue y evitar una colisión, y la pitonisa de los horóscopos chinos interpretaba que eso había sido para mí un regalo del destino, ya que esa tarde en que nos salvamos era la de un 17 de diciembre.

Característica impuesta por los astros o simple disposición de la personalidad, nunca me detuve demasiado a considerar los cumpleaños con ningún tipo de profundidad. Al punto que hubieron un par de ocasiones en que me olvidé de ellos, y tomé consciencia de que había pasado la fecha de mi onomástico recién unos días después. Pero eso ha venido cambiando en los últimos tiempos, a medida que me iba acercando al medio siglo de vida. Como si aquel Barquero que dicen nos conducirá de esta orilla a la otra hubiera comenzado a girar la cabeza, mirando ya una futura ruta en medio de ese río de aguas negras. ¿Habrá llegado el momento de comenzar a hacer balances? Esa sí que sería una novedad...

Otro sagitariano que también estuvo de cumpleaños tres días antes que yo fue mi admirado Leonardo Boff. El fraile franciscano brasileño a quién tanto le debe la filosofía y la teología de América cumplió 80 años. Le escribí, abrazándolo, recordándole cuánto lo quiero, diciéndole que en este diario publicamos regularmente sus análisis –tan imprescindibles en estos días- y animándolo a seguir escribiendo, a pesar de que esa edad bien podría ser motivo suficiente para ya descansar. Me respondió con una carta tierna, como todas las suyas, y haciendo un balance. Ese pensamiento y esa mirada sobre la propia vida son los que me han llevado a preguntarme –aunque tres décadas me separen aún de la edad de fray Leonardo- si además de las fiestas y el jolgorio no deberían ser ocasiones aprovechadas para mirar hacia atrás, y evaluar.

No lo he hecho nunca; pero espero que, si a partir de algún próximo diciembre comienzo a hacerlo, tenga la suerte de encontrar un balance parecido al de Leonardo Boff. Dice su carta: “Yo estoy descendiendo la montaña de la vida. Y doy gracias a dios por haber llegado hasta aquí y por haber sobrevivido. De pequeño, con sólo algunos meses, estaba destinado a morir. En aquellos interiores profundos de Brasil todavía no había médicos; todos decían ‘pobrecito, se va a morir’. Mi madre, desesperada, después de hacer el pan en un horno de piedra, lo dejó entibiar y sobre una pala de madera me colocó unos minutos adentro. A partir de este intento último mejoré, y aquí estoy, un sobreviviente. Pensaba que nunca pasaría de la edad de mi padre, que murió de un infarto a los 54 años. Sobreviví. Escribí un balance a los 50. Después pensaba que no pasaría de la edad de mi madre, que también murió de infarto con 64 años. Sobreviví. Hice otro balance a los 60. Entonces, estaba seguro de que no llegaría a los 70. Sobreviví. Tuve que escribir otro balance a los 70. Finalmente, pensé, convencido: de todas maneras, no llegaré a los 80. Sobreviví. Y tengo que escribir otro balance. Como salí desacreditado en mis previsiones, ya no hago ninguna previsión más. Cuando llegue la hora que sólo Él conoce, iré alegremente a Su encuentro. Y releyendo los distintos balances, sorprendentemente veo que hay constantes que atraviesan todas las memorias”.

Y entonces las nombra, como en una lectura de ciego, y uno ve que en esas constantes ya están, sobradamente, pagadas todas las monedas que requiera eventualmente aquel Barquero: “Siempre estuve como poseído por alguna pasión que me llevaba a hablar y a escribir. La primera fue la pasión por la iglesia, renovada por el Concilio. Escribí mi tesis en Múnich, ‘La Iglesia como sacramento’; luego ‘Iglesia: carisma y poder’, que me acarreó el ‘silencio obsequioso’ (que le impuso el cardenal Ratzinger, luego Benedicto XVI, desde el Vaticano) y ‘Eclesiogénesis’” (sobre las comunidades eclesiales de base, que Boff veía como reinventoras de la iglesia).

“Otra pasión fue san Francisco de Asís, el primero después del último: los pobres y oprimidos, así nació la teología de la liberación. Ahora, la pasión por la Madre Tierra, superexplotada... He publicado cerca de 100 libros. Es trabajoso, con sólo 27 letras, componer tantas palabras. Cuando me preguntan: ¿Qué haces en la vida?, respondo: Soy un trabajador como cualquier otro, como un carpintero o un electricista. Sólo que mis instrumentos son muy sutiles: apenas 27 letras. ¿Han valido la pena tantos sacrificios para escribir? Respondo con el poeta Fernando Pessoa: ‘Todo vale la pena si el alma no es pequeña’. Me esforcé para que la mía no fuese pequeña. Ahora, en el atardecer de la vida, reviso los días pasados y tengo la mente vuelta hacia la eternidad.”

Ojalá, cuando empiece a hacer balances, pueda hacerlos con esa serenidad. Mientras tanto, que espere el Barquero.

21 Diciembre 2018
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