#ConLibrosHayFuturo

Nada fuera de lo común | Por Manuel Esnaola

UNO

Nunca me gustaron las historias felices. Al menos no en la literatura, que es, nadie lo ignora, la realidad donde se refleja la ficción de la vida. Al fin de cuentas, si uno se permite una abstracción, la vida no es más que la historia de unas cuantas metáforas desdichadas, intercaladas con algunos refinados destellos de felicidad.
Supongo que por eso siempre me fascinaron los libros que apelan de una manera “positiva” a la condición humana, atravesada implacablemente por la nostalgia y la certidumbre de la finitud. Vamos a lo nuestro, Esnaola, no te me pongas filosófico. ¡Ok!, la cosa es así…

Como ya todos sabemos, la semana pasada, en honor a los finados Cervantes y Shakespeare, el mundo celebró el “Día internacional del libro”. Me vino bien la festividad para volver a releer ciertos textos que, me gusta imaginar, son “lo real” donde yo puedo proyectar la ficción de mi propia vida, y en esa proyección, como suele decirse, sobrevivir al monocorde calendario.

DOS

En “Los adioses”, una novelita corta de Onetti, el narrador observa la llegada a un pueblo de montaña de un tipo alto, medio encorvado, ex jugador de básquet, que se recluye en un hospital para “curarse de algo”. Muy esporádicamente, llega una mujer desde la ciudad a visitarlo y a ejercer los menesteres del amor. El tipo está visiblemente roto, pero no de la enfermedad que difusamente padece (tuberculosis), sino que hay una especie de tristeza honda que con el correr de las páginas se le va impregnando también a uno. Así comienza: “Quisiera no haber visto del hombre, la primera vez que entró en el almacén, nada más que las manos; lentas, intimidadas y torpes, moviéndose sin fe”. La derrota está sentenciada desde la primera línea. El narrador ve la muerte posada en esas manos. Luego los habitantes del pueblo cuchichean e imaginan las ramificaciones de la reclusión del hombre, hablan entre dientes de los dos amoríos (una mujer entrada en años y otra mujer muy joven) que se acercan espaciadamente a visitarlo. El relato es un recorte de la vida misma. Uno se halla a sí mismo ahí, del lado de quién está próximo a la muerte o del lado de quien la atestigua desde afuera, apostado en una existencia sin épica ni sobresaltos. El lector deambula entre un sinsentido y otro y alcanza a comprender, entre líneas, que de esa materia está hecha la vida, que es duda, incertidumbre, interrogación.

TRES

Vardaman dice: “Cuando la tengan terminada van a meterla en ella y luego pasará mucho tiempo sin que yo pueda decirlo. Vi que la oscuridad venía y se iba, y dije: -¿Vas a meterla ahí dentro y clavar la tapa, Cash?”. Vardaman es un niño, el menor de los hermanos de la familia Bundren, en la novela “Mientras agonizo” de Faulkner. Todos los días ve a su hermano, Cash, serruchar y clavar maderas. Cash fabrica el ataúd para enterrar a su madre, que está agonizando en el cuarto de la rudimentaria casa. El niño no comprende acabadamente las cosas y es letal cómo Faulkner puede narrar el asombro de un niño ante la muerte, pero también ante las desavenencias de la vida. Pregunta Vardaman: “¿Por qué no soy un chico de ciudad, padre? Dios me ha hecho. Yo no le dije a Dios que me hiciera en el campo. Si puede hacer un tren, ¿por qué no puede hacernos a todos en la ciudad, donde hay harina y azúcar y café?”. La línea es desoladora y la potencia simbólica desborda el silogismo lógico, puesto deliberadamente en boca de un niño por el autor. Me recuerda a ciertos planteos interiores que yo también me hacía de niño, como por ejemplo que cuando yo me muriera iba a abrir los ojos y me iba a levantar y salir caminando, abriéndome paso entre los parroquianos del velorio.

La cosa es que la familia Bundren vaga en un peregrinaje por Misisipi, con el ataúd a cuestas en una carreta desvencijada, para honrar el deseo de Addie (la madre) de ser enterrada junto a su gente, en Jefferson. Quién no ha hecho este tipo de cosas… y hasta mucho más sacrificadas.

CUATRO

En “El silenciero” de Antonio Di Benedetto, el protagonista anuncia de entrada: “La cancel da directamente al menguado patio de baldosas. Yo abro la cancel y encuentro el ruido”. Un personaje atribulado por un mundo ruidoso, va tejiendo su sinfonía del espanto tratando de zafarse de él. “Su permiso es para vender verdura, no para hacer música en la calle”, le dice a un verdulero que en planta baja despacha música desde una radio. Uno atraviesa las avenidas con sórdida atenuación, trabaja mecánicamente en medio del palabrerío de otros colegas que intentan edificar en su relato una estructura ilusoria que los mantenga en pie. Uno se va a dormir en medio de fervientes discusiones de los vecinos en el departamento de al lado, se despierta con el primer gallo de la madrugada, posado sobre las bocinas de los autos. Desandamos el mundo, perforando el ruido. Sólo los gatos atestiguan este horror, con su pasar silencioso. “Anoche ha venido el gran gato gris de mi infancia”, escribe Di Benedetto, “Le he contado que me hostiliza el ruido. Él ha puesto en mí, lenta e intensamente, su mirada animal y compañera”.

Desde otra parte de las américas, un poco más arriba, Juan Rulfo escribe, en Pedro Páramo: “Sé que dentro de pocas horas vendrá Abundio con sus manos ensangrentadas a pedirme la ayuda que le negué. Y yo no tendré manos para taparme los ojos y no verlo. Tendré que oírlo; hasta que su voz se apague con el día, hasta que se le muera su voz”.

La literatura es la realidad donde se refleja la ficción de la vida. Por eso no me gustan las historias felices. Suenan forzadas, caricaturescas, como si vinieran de un planeta inventado, reventado. Yo me paseo por los cuartos luminosos de los libros y labro un acta por cada personaje abatido que encuentro. Le tomo testimonio y continúo como si no hubiese pasado nada. La vida es así, un peregrinaje entre la indiferencia de las cosas que creemos dominar. Son las diez y media de la noche y gritan desde los edificios, gol de Boca en la Libertadores. Releo un último verso de Fabián Casas antes de fondear el whisky que me devolverá a las doce, a la una, las dos de la mañana: “Tu padre está enfermo y mi madre está muerta; / pero igual podría ir y tirarme encima de ti / como todas estas noches. / Eso es lo que sé. / Ahora la tierra vibra y un tren oscuro / lleva gente desconocida como nosotros”.

30 Abril 2019
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