El pueblo como spam

Nada fuera de lo común | Por Manuel Esnaola

UNO 

Es sabido que tanto internet -y sus mil y un canales de interacción social-, así como la televisión, son productoras seriales de imágenes-spam (mensaje basura). En ellas vemos a personas que no son como nosotros… bocas sonrientes con dientes perfectos, gente con diplomas y postgrados que los vuelven capaces de resistir a cualquier debacle o parón, chicas y chicos fornidos, perfectamente bronceados, sin celulitis, estrías, o algunos quilos de más. La imagen-spam, como sostiene la artista y ensayista alemana Hito Steyerl, “interpela a personas que no se parecen a las de los anuncios (…) es un retrato de lo que la humanidad no es. Es su imagen en negativo”.
Pensaba en esto mientras miraba con ojo crítico el nuevo programa de Santiago Del Moro, la mítica franquicia llamada, paradójicamente, “¿Quién quiere ser millonario?”. El nombre del show televisivo ya es, de entrada, una representación spam: si hay algo que-el-pueblo-no-es, es ser millonario. Casi nadie es millonario en la argentina de los últimos años -bueno, casi nadie que no sea empresario cercano a los mercenarios que hundieron el barco sin siquiera mover el timón para ningún lado-.

DOS

Volvamos al programa que conduce Del Moro, quien es, en sí mismo, una imagen spam: plástico, armado, perfectamente o ridículamente vestido como nadie en su sano juicio se vestiría. Por la silla de aspirantes al primer millón, pasa una fauna seleccionada con precisión quirúrgica: un mecánico desempleado a quien el conductor ridiculiza con su compasión, le dice en público: “vos caíste en una depresión, ¿no?”; mujeres de la tercera edad desempleadas, al borde de la desesperación, una investigadora del Conicet que desarrolla estudios para la cura del cáncer y que debe acudir ahí para llegar a fin de año con sus investigaciones. Es cierto que este último caso sirvió, en última instancia, para plantear el debate del recorte en la promoción de la ciencia por el actual gobierno nacional. Pero al fin de cuentas, lo que quiero decir en éstas líneas, es otra cosa.

Desde este tipo de programas, que hoy desbordan la TV argenta, lo que se busca es acentuar el punto de vista de la imagen spam, que dice que la gente siempre es “mejorable” o “perfectible”. En otra columna, citando a Mark Fisher, lo presenté como “voluntarismo mágico”. Esa idea de que mágicamente uno puede salir de la mierda en la que está enterrado, sólo con mantener un pensamiento positivo o apelando a mecanismos fortuitos que prometen una recompensa por “ir para adelante con esperanza”. Hito Steyerl escribe que “(…) la creciente presencia de concursos basura ha llevado a una situación en la que la televisión se vuelve un medio inseparablemente unido a la exhibición y ridiculización de las clases bajas. Las personas que los protagonizan son violentamente transformadas y sujetas a incontables órdenes invasivas, confesiones, indagaciones y cálculos”. Nada me cuesta recordar al spam Del Moro, hace un par de noches atrás, hostigando en vivo al mecánico desempleado para que cuente cómo fue su proceso depresivo, metiendo el dedo en la llaga hasta provocar el llanto en el participante, con una cortina emotiva de fondo y otra vez la voz de Del Moro, insoportablemente invasivo, increpando al mecánico para que se levante a abrazar a su familia.

TRES

Hay una desaparición en la representación que proponen las cámaras de TV. Porque justamente eso que se muestra en el show, no es lo real. Es una triste performance digitada por directores y productores, para foguear un clima de espectáculo sentimental, tratando de tocar la fibra íntima de un pueblo al que creen idiota -y tal vez lo sea-. No se muestran a los cientos de miles de mecánicos desocupados y depresivos, a las cientas de miles de mujeres adultas mendigando algún trabajo; a los sin techo revolviendo los tachos de basura “inteligentes” de ciudad de Buenos Aires, exponiéndose a la trampa, a la vergüenza, al acontecimiento de su propia invisibilidad. Cuando más se representa a la gente allí, menos queda de ella en realidad. “Las criaturas de las imágenes-spam son tratadas como ‘lumpendatos’”, nos dice Steyerl, “avatares de los estafadores que están efectivamente detrás de su creación”.

CUATRO

La ensayista alemana propone un ejercicio de imaginación interesante. Nos dice que imaginemos a un arqueólogo o historiador extraterrestre, tratando de analizar nuestro tiempo a partir de esta basura digital. Espirales de ondas electromagnéticas abandonan nuestro planeta a cada segundo (fotos, emisiones televisivas, mensajes de WhatsApp, llamadas telefónicas). Estos espirales, éstas imágenes-spam, es nuestro legado al futuro. ¿Qué dirá el arqueólogo extraterrestre?... ¿El avatar del pueblo humano es “(…) una imagen negativa sin ninguna pretensión de originalidad en absoluto? ¿Una imagen de lo que el pueblo no es como su única representación posible?”.
Hay una realidad que no puede ser ignorada. Así como los fósiles, el carbono 14 y toda la liturgia arqueológica, nos hablan de pasados remotos… absolutamente todo lo que producimos hoy, en el mundo digital, deja una huella imborrable que habrá de sobrevivirnos a nosotros, a nuestros nietos… merodeando en los pasillos insondables de servidores y fibra óptica. El pueblo como spam es una representación construida por un sistema que busca la homogeneización de los estándares, un holograma para la posteridad que muestra lo que el-pueblo-no-es, pero será, sin dudas, para el arqueólogo alienígena. Una horda de Del Moros y Tinellis, perfectamente plastificados, idiotizados.

21 Mayo 2019
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