Al menos no me quiten la muerte

Nada fuera de los común | Por Manuel Esnaola

 UNO

Cada vez hay menos espacio para hacernos preguntas. Pareciera ser que ya todo está respondido de antemano. Es decir, que aquel “estado de interrogación” que era propio del ser humano, génesis del arte, la filosofía, el poema... está cercenado de primera instancia. La vida se ha convertido en una sucesión fatal de respuestas, de afirmaciones. Uno ya no puede darse el lujo de la negación, de “poner en duda” la duda que uno cree percibir, pero que no alcanza a diferenciar si es mambo propio o prestidigitación ajena. Uno ya no llega a escuchar si la respuesta a la pregunta que hace el monigote de Del Moro en su programa de TV es correcta o incorrecta. Hecha mano, uno mismo -o la ansiedad de uno mismo- a Google, que siempre está a un click de la existencia, y se asegura un par de segundos antes la inyección con su dosis de certidumbre. No hay espacio para la asociación, la reflexión, la apelación última a una memoria que parece haber sido sustituida por otra memoria infinita y siempre a disposición, full life.

“La máquina gobierna”, escribe visionariamente Paul Válery “(...) La vida humana está rigurosamente encadenada por ella [y] (...) estas criaturas de los hombres son exigentes. Ahora reaccionan contra sus creadores y los modelan según ellas mismas. Necesitan humanos bien adiestrados (...) se fabrican una humanidad a su conveniencia, casi a su imagen y semejanza”. Escribo esto a propósito de FaceApp, la famosa aplicación que días atrás, en el mismo momento en que Federer estrellaba su luciérnaga maltrecha contra la red de la cancha central del All England Lawn Tennis y Croquet Club, se volvió viral de norte a sur en nuestra querida República. Todas las redes sociales inundadas de fotografías que simulaban a un yo-futurista, anciano.

DOS

Es que ya ni siquiera dejan espacio para imaginar la vejez, ese derrumbamiento tan íntimo. Y yo que me veía allá en el fondo postrado en una silla de ruedas, con una manta sobre las piernas, traslúcido, mirando por una ventana cómo el fulgor de la vida seguía corriendo por las arterias del mundo, aún sin mí, la vida rechinante, las hormonas, la música, el límite siempre un poco corrido, la sangre quemando sábanas, todo eso, ya sin mí pero conmigo, desde una vidriera, ajeno, destronado. Pero no. Disparé la foto y los registros biométricos, el algoritmo maléfico, me convirtió en un viejo langa, bastante hecho mierda, pero aún en mercado para traficar emociones que, yo esperaba, para ese entonces estén derrotadas.

El deseo de algo era lo copado, no que te cumplan ese deseo. Cuando éramos chicos, por ejemplo, estaba bueno imaginar cómo íbamos a ser de grandes, qué íbamos a hacer, cómo pensábamos que íbamos a morir, cuántos hijos íbamos a tener o cuántas casas (¿prefabricadas, rentadas?) íbamos a habitar. El gran sueño burgués que es tan general y metodológicamente flexible, que aplica para cualquiera, no importa qué tribuna ocupe en el estadio de fútbol del capitalismo. Decía… lo que estaba bueno era sentarte una tarde entera con tus amigos, tomando Nesquik o Tody o jugo Mocoretá, y discutir a viva voz quién iba a envejecer mal… vos vas a estar hecho bosta, yo cuando sea grande voy a pilotear un avión y LTA a todos ustedes que me hinchan los huevos porque no me animo a subirme al techo, porque tengo vértigo, mi vieja tiene vértigo, ¿cómo es eso del vértigo?, y cosas así.

Pero sucede que ahora, a los algoritmos “que trabajan en favor de nuestra humanidad”, se les da por empezar a cumplirnos los deseos. Un amigo me mintió que Unamuno había dicho una frase genial: “desear la cosa ya es tener la cosa”. No importa que no sea de Unamuno la referencia. Ya es parte de nuestra literatura y me sirve ahora. Desear saber cómo iba a ser uno de viejo ya era “ser viejo”. No hacía falta la redundancia que arruine el remate.

Yo no quería verme viejo, pero parece ser que ya estoy adiestrado y pisé el palito. ¿Para qué carajo lo hice? El acontecimiento sólo me generó espanto. La imagen no se parecía en nada a lo que yo me había imaginado, a ese rostro anciano creado por mi propia materia gris. La máquina fagocitó otros datos y los escupió deformados. Esto equivale a decir -es sólo un mecanismo defensivo- que, al menos, todavía no han logrado parametrizar los confines de la imaginación. No obstante, ya no podemos imaginar demasiado. El tropel de respuestas, sin que hayan surgido aún los interrogantes, está creando una nueva pose de aceptación de todo, una moneda, como la de Borges, de una sola cara. Entre vos y yo hay una capa demencial de códigos que se interponen entre los seres, entre los seres y las cosas, entre las cosas mismas. Un código me dicta ahora este punto y aparte.

TRES

Lionel Messi, allá por los primeros dos mil, dijo: Cuando era chico, para masturbarme, bastaba la ducha, el baño cerrado con llave y el caleidoscopio de mi imaginación. Hoy esa maravilla de la filosofía urbana ha quedado desteñida para siempre. Ha perdido terreno en el campo de juego de los algoritmos. La sobreexposición de los cuerpos, multiplicados obscenamente como peces en la pornografía de streaming, ha dejado una huella imborrable: los planos explícitos, totalizantes, deserotizaron completamente aquel mantel que Unamuno ponía para comer sus tostadas matutinas: el deseo de lo no-descubierto-del-todo era la cosa… no la cosa misma expuesta en su desnudez terrorífica.

En fin. El tema es que con FaceApp ya me amputaron la imaginación sobre mi propia vejez. La condicionaron y, aunque un espía ruso utilice mis datos (que, a propósito, otro coder yankee ya tenía de mis otras diez redes sociales, como así también las aduanas eternas de la tierra por cada vez que escanearon mi rostro en un aeropuerto), decía, a pesar de toda esta facticidad, de la reutilización de los lumpen-datos de mi cara, me quitaron algo único: ya no podré imaginar la degradación dolorosa de mi carne. Lo único que faltaría, para que deje de ser, lo que se dice, un humano, es que me arrebaten la imaginación de mi muerte, como si giraran una última perilla para liquidarme la existencia... como si los códigos dieran vida anticipada a aquel poema beat de Gregory Corso que dice “Cuando estás muerto no podés hablar / aunque sentís que podrías / fue divertido ver a esos dos gángsters frente a mí / tratando de hablar (...) el embalsamador (...) me alzó y como haría una madre a un hijo / me sentó derecho en una mecedora / (...) Mirar a esos dos gánsters desde éste ángulo / (...) por cierto no se veían como se veían en los diarios / Aquí eran jóvenes y bien afeitados y bien arreglados”.

23 Julio 2019
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