La marcha del golazo solitario

Nada fuera de lo común | Por Manuel Esnaola


Al “negro” Stefano

UNO

El cansancio pesa en las gambas, hay veces que no se puede más, pero uno sigue, con lo que tiene, es necesario pechar, porque el brazalete es una responsabilidad y cuando el equipo atina a bajar los brazos, es uno el que tiene que cargar la cruz de la presión y agitar, correr más que los pibes recién subidos de la reserva, gritar, azuzar el fuego con las manos, vamos para adelante muchachos, vamos que dos minutos son ciento veinte segundos, ¡ciento veinte mil milisegundos! La parábola es infinita, todavía hay una eternidad para hacer el gol.

Ayer en la concentración vi una película de un guaso que tensa un cable entre las Torres Gemelas y se larga, sin red ni nada, a caminar de un extremo al otro. Está basada en una historia real. El loco camina con esa liviandad de quien lo ha perdido y ganado todo. Mucho después un par de aviones voltearon las torres y todo se fue al carajo, pero nadie se va a olvidar del tipo que estuvo como una hora en ese limbo de calma, suspendido, sobre una ciudad que aullaba. Yo soy como ese equilibrista. Recupero y paso, abro juego, le doy estabilidad al mediocampo. No corro rápido, pero pongo huevos y te como los tobillos, aunque ya no me quede aire. Y después tiqui, taca, abro la cancha, suelto la bocha a los volantes de creación para que empinen contra el arco rival. Nunca hago un gol, no es lo mío. Lo mío es caminar por el cable de acero que divide imaginariamente el campo, amalgamar la defensa con los mediocampistas, gritarles a los delanteros para que corten línea y verticalicen. Es un oficio, nada vistoso, por cierto, pero necesario.

DOS

Desde la tribuna viene un furor tremendo. Muchas veces el partido se juega allá afuera. Nosotros corremos noventa minutos y después nos vamos al vestuario, a nuestro departamento pagado por el club, en auto y escuchando los comentarios del “Bocha” Houriet por la radio. Pero los hinchas no tienen otra cosa. Ellos viven, se dejan vivir, para que Talleres pueda tramar su narrativa del infierno. Afuera está la casa que se viene abajo, los pibes tomando mate cocido con pan de ayer, la letanía de impuestos demoledores, el frío que resquebraja la voluntad. Adentro está el fútbol, noventa minutos nomás y después nada: el latigazo, la resaca de una ilusión fugaz.

Por eso hay que dejarlo todo en la cancha y me re caliento con esos pibes que dicen que quieren comprarse un auto de lujo cuando lleguen a Europa. El fútbol es la verdad, muchachos, y esa verdad es una ruina de despojos. Lo otro es basura que te come la cabeza. La pelota, un aquero, un defensor central, un cinco y un nueve, la columna vertebral de un equipo… y después la cancha, el potrero, la camiseta pintada con fibra en la espalda, la resistencia al ocaso, jugar hasta que el sol se clave en el ángulo de occidente y ya no quede luz ni para ver el cuero, o el trapo, y tu vieja que te llama para morfar y vos sabés que se viene la penitencia, la peor de todas las condenas… que te prohíban el partido de mañana.

Me caliento con los pibes, pero les enseño. Somos fugaces, los futbolistas, y por eso hay que aprovechar estos dos minutos, estos ciento veinte mil milisegundos, porque nos han sido dados para representar a la tribuna: “Nos, los representantes del Club Atlético Talleres de Córdoba, reunidos en la cancha de All Boys en Floresta, por voluntad y elección de los socios que lo componen, en cumplimiento de pactos preexistentes, con el objeto de ascender a la primera nacional, afianzar el funcionamiento del equipo, consolidar la paz interior, proveer a la defensa común, promover el bienestar general, y asegurar los beneficios de la libertad, para nosotros, para nuestra posteridad, y para todos los hinchas de Talleres del mundo que quieran habitar en el suelo del jardín espinosa: invocando la protección de Dios, fuente de toda razón y justicia: ordenamos, decretamos y establecemos que estos dos minutos que quedan son el caldo de cultivo para la consagración.”

Entonces hay que hacer el gol. Para salir de estos doce años de “estar en el ascenso”, es necesario hacer un gol. Es casi como morir, estar en este estado-de-ascenso-permanente y jamás subir. Talleres se morfó viajes interminables en bondi a Formosa, Puerto Madryn, Chivilcoy, Villa Ramallo, la argentina de punta a punta. Entonces yo volví a la “T” y me partí la mandíbula y pensé en retirarme, pero no, me prometí que había que salir de esta pausa: la sala de espera de un purgatorio donde Dios no atiende nunca.

TRES
En la tarde de Floresta, un abuelo aprieta el gorro de lana, lo muerde con la jeta desdentada de tanto masticar piedra; un niño fondea el último trago de una botella de coca; una señora mira el reloj, faltan unos segundos; el abuelo susurra “esta es la última”. Cuando Ivo Chavez flexiona los brazos para meter el lateral al área, en la casa del “Mono” en Córdoba, “el negro” L. hace el mejor fondo blanco de la historia mundial del Fernet. Deberían darle un Güines a ese negro, por el estoicismo con que bancó la desdicha y el esmero en regar las penas en el mientras tanto; por tomar el Fernet de la forma en que lo hace, sin aguarlo, dos hielos, no más, tres dedos de Branca, coca justa, poca espuma, pero la suficiente como para pintarse la boca de blanco, decorar el gesto, no es rabia, es amor. Decía, mientras el negro hace “ahhhh” y Chavez catapulta la bocha al área donde espera Klusener, el “Mono” se para y su silla cae hacia atrás tumbando un vaso, el líquido se expande colonizando el piso de la cocina del Alberto, que hace doce años viene haciendo cuentas con la calculadora, matemática del dolor albiazul, el líquido fluye por la junta hasta dar contra el zócalo de madera, lo mancha, ¡qué digo!… lo colorea, arte puro. Kluse la baja en el área y la puntea para atrás. La mamá del Mono, aturdida por el silencio, se da vuelta cuando la muchachada, suspendida en una burbuja de la historia, se para y suspira. Entonces hay una pausa en medio de la nada, el tiempo como una película de Christopher Nolan, donde un segundo es la eternidad.

Hace más de diez años que no pateo al arco, piensa el Cholo. Está parado en la desembocadura del área grande, un barco vikingo entrando, las velas henchidas, al estuario del mar Báltico. La pelota le llega a los pies y el volante desenfunda. Mientras el balón se incrusta en la red y la posteridad grita desde el futuro, en algún lugar recóndito de su mente, el Cholo tararea una canción de los Fabulosos Cadillacs: “Nacimos bajo el signo del balón / De esférico / Disfrazándonos de lo que no podemos ser / Y mil razones para querer más / Balón / Placer / Dolor / La marcha del golazo solitario.” Hasta la victoria siempre, comandante Pablo Horacio Guiñazú.
10 Septiembre 2019
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