La patria es el club

Nada fuera de lo común | Por Manuel Esnaola

UNO

Yo crecí en un barrio / pintado de celeste / un club de paredes altas / de ladrillos que el viejo Ubeli apilaba / metódicamente / echando portland desde un balde medio oxidado / para que todo crezca / hacia arriba / como tiene que ser / un club / celeste / donde mis viejos me depositaban a la siesta / y me buscaban cuando el sol se escondía atrás del trampolín de la pileta / justamente el punto más alto donde uno podía pararse allí en el club / porque el techo era de chapa / y aunque podías treparte al galpón las columnas de hierro / lo cierto es que el sereno te chiflaba con los dedos / y te suspendían / era un destierro insoportable / esa privación / dos días sin ver a los amigos / que son / la familia de uno / porque el club es una escuela / donde no te obligan a nada / un modelo reducido del mundo / el club / donde también hay facciones / rivalidades / amor irrefrenable / una rodilla que sangra contra el polvo de ladrillo / mertiolate / desengaños / amores de verano / competiciones sin sentido / aplomo / diálogo / economía de silencios / abrazos sinceros.

DOS

En “Respiración artificial” / justo cuando Piglia está por dar su magistral clase sobre cómo leer a Borges / Tardewsky / un intelectual y ajedrecista polaco exiliado en la Argentina / dice / sobre el club / que “éste es el lugar donde yo paso mi vida, en esos salones uno puede hacerse la ilusión de que tiene un mundo propio, que está acompañado, que el tiempo no pasa. / En aquella mesa ¿ve?, ahí están mis amigos” / qué magnífica forma de construir una patria / en el desarraigo / en la opacidad de la distancia / por ejemplo / ahora son las diez de la noche en Nueva Córdoba / mañana el despertador sonará igual que siempre / y cada quien saldrá a representar el rol que le toca / o le ha sido impuesto / y cuando al final del día / el hastío nos derrote / y el ascensor clausure la ilusión de poder movernos / alguna vez / de costado / habremos de pensar / seguramente / en aquella patria que fue el Club Sportivo 9 de Julio / o cualquier club / un paréntesis en medio del tiempo / donde los amigos todavía tienen doce años / y la palabra es tan pura que no puede ser pronunciada / sin que se rompa / un espacio neutro donde no existen las dicotomías políticas / los globos amarillos / o las bóvedas en el sur / sólo existe / en el club / el viejo Ubeli y su pared imposible / para que crezca / todo / como debe ser / hacia arriba.

TRES

Sé que me estoy volviendo viejo / porque cuando cuento historias del club / lo hago con esa nostalgia o lejanía / de las cosas que ya han sido perdidas para siempre / les digo / a los parroquianos del bar / “busquen en Wikipedia / busquen al viejo Ubeli o al Arturo o al “Colorado” Papini que salía a navegar en un kayak por la avenida San Martín / cuando el pueblo se inundaba / ya van a ver que no están / porque Ubeli, el Arturito y “el Colorado” / son materia / componen un recuerdo que tiene peso / que tiene tantos GB que no podría entrar jamás en el plano digital” / son una especie de “obicere” / palabra que en su acepción latina significa / “algo que se vuelve en contra” / algo que contradice la realidad / una negación que reverdece el sentido de las cosas / porque hoy todo es igual / las mismas caras y los mismo gestos / en historias que duran 24 horas / para volver a repetir su letanía del hastío / las mercancías ya no reprochan nada / no acusan / no se contraponen / sino que se amoldan al deseo.
Por eso aquel lugar donde nací / es decir / aquella pared del frontón / atrás de las canchas de tenis del Club Sportivo 9 de Julio / donde se ponía el sol y dibujé por primera vez / un corazón y un nombre / con fibrón rojo / aquel lugar donde pensé las cosas / que ahora puedo escribir / porque el pensamiento es como un benzetacil / espeso y doloroso / cuando uno quiere escribirlo / decía / aquel lugar es un patria tan distinta / a los clubes de hoy / con esa liviandad digital / redes de redes donde nadie acaba de conocerse realmente / donde no hay sopapos a la salida / ni pan y queso / ni arcos improvisados con remeras sucias / ni misiones hasta el techo de chapa / sabiendo que el viejo Ubeli te iba a chiflar / y venía el destierro / un perfecto orden digital / que priva a las cosas de su pesadez / de su materia / de su masa / de su tiempo de vida propio / de su capacidad de extinguirse / y los deja en un estado de disponibilidad permanente / al alcance de una pantalla / sin contrapeso ni resistencia.

CUATRO

Yo crecí en un barrio / pintado de celeste / un club de paredes altas / que era celeste no por el color que yo veía / porque no lo veía / soy / lo que se dice / un individuo daltónico / el celeste era el color de las canciones / que con mis amigos cantábamos en la cancha / cuando Nueve jugaba al básquet / y un par de titanes que veíamos entrenar a la tarde / nos chocaban los cinco / regalándonos un instante de gloria / se debatían en ese coliseo / mientras nosotros / con los amigos / los viejos / los abuelos / cantábamos una misma canción / que hoy no podría recordar / pero no importa / la función social de aquel cántico / era la de despegar esa delgada lámina que nos separa / los unos a los otros / el papel que nos tocó representar / en la distribución de tareas / de un mundo que castiga el sueño / y premia / prefiere/ el adormecimiento / una canción como un idioma precario / pero eficaz / para hablar con el otro / sobre todo / para decirle que un club es un lugar / indefinido / una patria inventada donde anidar los tropiezos / porque la vida es eso / una herida que escuece / a cada rato / mientras “el Colorado” sale a dar una vuelta / en el kayak / por la avenida San Martín / y uno mira / desde la ventana de su casa / como clava los remos en el agua amarronada / en la calle / donde hace un rato pasaban los autos / y el viejo Ubeli que sigue con su empresa tenaz / levantando una pared / para que haya materia / peso / para que crezca / todo / como debe ser / hacia arriba.

18 Diciembre 2018
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