Lo que Game of Thrones nos dejó

Simulacros del fin del mundo | Por Lucas Asmar Moreno

La magnitud del fenómeno de Game of Thrones anuló cualquier posibilidad reflexiva, o al menos descentralizó el pensamiento crítico gracias a un aliado novedoso: Internet.

Memes, hilos, foros, favoritismos de personajes, aforismos celebratorios o condenatorios sobre el desarrollo dramático; Game of Thrones reverberaba en modo kitsch por el ciberespacio para completar la experiencia del visionado. Sinnúmero de portales descuartizaban semióticamente los episodios, los evaluaban, los condenaban. Se aseguró que la serie cambió el paradigma, que marcó picos históricos de audiencia, que fue insoslayable aún para quienes no la veían y padecían la histeria planetaria. ¿Existió la fórmula del éxito al conjugar medioevo, fantasía y thriller político? ¿Triunfó por desembolsar presupuestos obscenos y diseñar planes de rodaje delirantes, por apostar al refinamiento cinematográfico? ¿Fue la astucia de ir triturando las ilusiones del espectador y someterlo a un síndrome de Estocolmo? ¿Fue un golpe de suerte con entusiasmo pandémico?

Hubieron comparaciones con la coyuntura política de cada país, ‘bloopers’ tiernos como la petición para volver a filmar la octava temporada, debates sobre la metafísica del ‘spoiler’. Se sufrió abstinencia semana tras semana, se discutió cada giro, el ‘fandom’ empezó a resentirse, hojeó manuales de guión y empleó tecnicismos como “arco narrativo”. Y aún faltan abordajes geopolíticos, mitológicos, feministas, psiquiátricos. Falta la melancólica sedimentación del legado en la cultura de masas.

Pero de todas las discusiones en torno a Game of Thrones, quizás la más atractiva haya sido la orfandad literaria después de su quinta temporada. El show se quedó sin libros, George R.R. Martin arrojó directrices y la dupla Weiss & Benioff tomó las riendas de la historia. Fueron muy criticados, ¿pero realmente se comportaron como guionistas deficientes? Los obstáculos a los que se enfrentaron Weiss & Benioff poco tuvieron que ver con la inexistencia del material literario.

En Game of Thrones, como en todas las series actuales, conviven dos concepciones de narrativa audiovisual: una televisiva teatral (con resoluciones a través del diálogo) y otra cinematográfica ‘mainstream’ (con resoluciones a través de la acción). La metamorfosis en Game of Thrones fue progresiva y se consumó durante el episodio de la excursión zombie en la séptima temporada. Esta supuesta traición a la esencia de Game of Thrones con bombásticas secuencias de acción responde irónicamente al éxito del programa. La serie no se pauperizó, corrió su tono cortesano por otro épico. Las intrigas palaciegas ya no hicieron falta, el público estaba garantizado. ¿Acaso el mayor show de la historia televisiva iba a perder la posibilidad de autoexplotarse como tal, de demostrar su hegemonía? La ambición de Weiss/Benioff fue respaldada por HBO con más presupuesto y extensos plazos de entrega. El objetivo: demostrar que la televisión supera al cine.

La proporción inversa de menos desarrollo cortesano y más clímax bélico también fue un mandato orgásmico ante la propia finitud de la serie. Había que aumentar la abstinencia del televidente con dosis de cocaína ‘mainstream’ hasta darle la estocada final. Este factor para la metamorfosis, sin embargo, no está aislado. Game of Thrones se pensó a sí misma como un tablero con múltiples fichas-personajes que tras una mala jugada quedaban descartados. El coitus interruptus fue una constante: George R.R. Martin rompía líneas argumentales caprichosamente y en esos arrebatos yacía un encanto sadomasoquista. El tablero se reacomodaba una y otra vez. Con la muerte del mismo tablero acechando, la serie descartó su recurso supremo para centralizarse en Jon Snow y Daenerys Targaryen. La encrucijada de no poder reacomodar las fichas-personajes podría ser el principal motivo por el que George R.R. Martin siga bloqueado.

Ponderando esta metamorfosis de la serie hacia un ‘mainstream’ puro y lineal, es injusto calificar de defectuosos los guiones finales. La dualidad televisiva/cinematográfica terminó aquejando al espectador y lo sumió en una depresión nerviosa; durante los últimos capítulos se infantilizó, no supo qué quería, se irritaba ante la potencia de la acción y se aburría ante la pesadumbre del diálogo. El penúltimo capítulo fue un despropósito genocida, el último, un bodrio existencial. ¿Cómo sostener la identidad de la serie si desde la sexta temporada se vio forzada a cambiar sus coordenadas narrativas?

La puesta en abismo de los libros y la paradoja de dos series fusionándose les dio una ocurrencia conceptual a los ‘showrunners’: poner como triunfador del juego de tronos al mismísimo espectador, que en la narrativa se proyecta en Bran Stark, ese paralítico que realiza viajes astrales para conocer la historia expuesta en la serie. Un personaje nulo, parco, anestesiado, que dice ser la memoria de Westeros, el continente donde todo tiene lugar. Bran El Roto, al igual que nosotros, testimonió la serie desde la pasividad de su postración. Un nuevo rey que no demuestra emoción alguna, que alcanzó ese nirvana que el televidente anhela consumiendo productos audiovisuales hasta perder el conocimiento.

Con este chiste metanarrativo, Weiss & Benioff asientan postura con respecto a la inmadura sacralización de la industria cultural. Game of Thrones con su clausura se llevó al más allá la redención del fan. ¿Un ‘showrunner’ debe cargar con semejante responsabilidad? Pronto aparecerá otra serie de resonancia mundial. Y esa nueva serie volverá a ser el semillero de una fe personalizada, la religión del ‘on demand’.

21 Mayo 2019
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