Ofelia en el palacio del pop

Simulacros del fin del mundo | Por Lucas Asmar Moreno

A primera vista, la irrupción de Ofelia Fernández en la arena política trae un entusiasmo similar al de un participante polémico en una edición aplomada de Gran Hermano. Desenfado, bravuconería, coraje: cualidades infalibles para sostener el rating hasta el fin de campaña. Pero hay más: amparada por su pequeñez cronológica, Ofelia goza de impunidad para ser una libélula traviesa moviéndose alrededor de la corrección política. Su permiso para decir lo que quiera como quiera es natural, ¿quién le reclamaría mesura a una chica de 19 años? Entonces surge otra pregunta: ¿es posible que apenas cumplida la mayoría de edad ocupe una banca en la legislatura? ¿Jaque al establishment? ¿Burla al currículum político? No, algo mejor y casi una paradoja: Ofelia vota por primera vez votándose.

Como todo lo que funciona bien en política, Ofelia es confeccionada como marca de sí misma. Un móvil peleando con Eduardo Feinmann da el puntapié, luego recibe el padrinazgo de otro personaje consolidado: Juan Grabois. Para ese entonces, el nombre de Ofelia Fernández seduce. Estalla mediáticamente cuando ingresa en la lista de legisladores de Matías Lammens, candidato a jefe de la Caba. Las redes sociales siguen su curso y Ofelia se convierte en un fenómeno.

Esta anomalía, lejos de entorpecer la discursividad política, la aceita y anima. Cuando Ofelia bullynea a Lammens, no lo denigra ni descalifica, más bien inaugura el teatro de la falta de respeto. Son dos generaciones uniéndose a través del acting, reparando con los modos la impotencia de un código común. Ofelia es y no es tomada en serio, recibe una potestad a medias como esos adolescentes que acceden por primera vez a la mesa de los adultos. Será parte del círculo rojo a condición de relegar su autonomía; cuando Lammens en el búnker la levanta por los aires está certificando el carácter lúdico y performático del vínculo. Estrategia maestra: la juventud por fin encuentra un vocero en el mundo adulto de la política sin reparar que ese vocero tampoco tiene voz.

¿Realmente Ofelia no tiene voz? Dentro de este esquema del mundo adulto quizás no, ¿pero y si su poder fuese aún superior al de Lammens? ¿Y si ni siquiera necesitase del aval de las urnas? ¿Y si Ofelia, en su rebeldía ornamental, estuviese abriendo un agujero de gusano para inaugurar otro tipo de poder más acorde a nuestra época? Un nuevo poder que no hace de lo político su epicentro, sino un componente estético más dentro de un combo que recurre a la mercadotecnia de la industria discográfica y de los influencers. Comunicacionalmente, Ofelia es exquisita. No por lo que dice, tan banal y clonado como el discurso de cualquier otro candidato, sino por el soporte en el que se manifiesta, un soporte que termina siendo la totalidad del mensaje.

Si uno transcribe los ‘speeches’ de los videos que protagoniza, no encontraría ni una sola idea original. Sin embargo es en la técnica de edición y postproducción en donde se logra la magia. Clips ultracelerados que intercalan planos en contrapicado de Ofelia con animaciones estilo cómic, sobreimpresos bizarros, juegos en el diseño sonoro, cambios bruscos de musicalización. Batería kitsch que hace del discurso audiovisual un objeto de consumo por sí mismo, indiferente al substrato ideológico. De hecho, si se cambian ciertas palabras e imágenes y quien habla es Piter Robledo, los videos aplicarían para el oficialismo.

La fuerza de estos enunciados estriba en una sobrestimulación nerviosa, por eso sólo tienen cabida en dispositivos celulares, computadoras o tablets, jamás en medios tradicionales como la televisión. Ofelia ingresa aquí en la categoría de una Miley Cyrus o de una Britney Spears, con un aparato de marketing que usando su personalidad como materia prima, la inventa como ícono pop. Es Ofelia, con su gestualidad, su voz, su lenguaje corporal y su forma de vestir, un significante vacío autoconcluyente.

Si a la fama destinada al entretenimiento se le adosa un escenario político, las esferas entre lo público y lo privado, siempre confusas y difíciles de categorizar, encuentran su alquimia. El espectáculo deja de ser política y la política deja de ser espectáculo: ambas instancias conviven sin contradicciones, el líder electo coincide con el ícono pop.

Volvamos a la figura de Lammens: puede concentrar un poder de facto, pero nada estético –y mucho menos espectacular– lo delinea. Lammens es un significante vacío que necesita el significado de su partido para concluirse. Ahora imaginemos cualquier debate en la legislatura porteña: ¿quién tiene el verdadero poder para llegar a las masas, la capacidad de comunicar lo que se está haciendo aunque en el fondo no lo comprenda? Ofelia como ícono pop se impregnará en las nuevas generaciones, herméticas para aquellos que nacieron en el siglo XX, para aquellos que las observan desconcertados, dudando si son geniales o estúpidas.

La carrera de Ofelia recién empieza pero ya marca un giro copernicano al comprender la forma pura como substancia del mensaje. No piensa lo que dice para después pensar cómo decirlo, o para calcularse como performer. Ofelia es una nativa tanto digital como política. De acá a unos veinte años, es probable que la democracia transfigure en un show multimedia con participación ciudadana a través de apps y seguimientos parlamentarios televisados con la elegancia de un partido de la Champions League. Para ese entonces, Ofelia tendrá la madurez justa para entender de qué se tratan los nuevos regímenes que ordenan nuestra vida cívica.

13 Agosto 2019
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