¿Puede Tinelli ser presidente?

Simulacros del fin del mundo, por Lucas Asmar Moreno (Especial para HDC)

Con Ronald Reagan se concreta la profecía del siempre mal interpretado Guy Debord: figuras del espectáculo ocupan cargos políticos. Le siguieron Clint Eastwood, Arnold Schwarzenegger y por supuesto a Donald Trump, aunque éste es un caso híbrido y por ello aún más revelador.

En nuestro país es Evita quien inaugura esta simbiosis entre política y espectáculo. La secundan Miguel Del Sel, Débora Pérez Volpin y Moria Casán. Ahora intentaría desembarcar Marcelo Tinelli en el 2019.

Cuando Guy Debord incorporó la idea de “sociedad del espectáculo”, lo hizo bajo una lupa marxista que aún divide infraestructura (condiciones materiales) de superestructura (ideas). Para empezar, el espectáculo como modo de relación social no puede existir en otro ámbito que no sea el de la metrópolis, porque lo que busca es unificar el desborde demográfico bajo fetiches impuestos tecnológicamente (la radio, el cine y la televisión, pero ahora el espectro debería repensarse con los teléfonos celulares). Para Debord, el espectáculo ya no puede separarse como un tiempo de ocio que descomprime el tiempo de trabajo; el espectáculo es una aspiración totalitaria diferida sobre los medios de comunicación para que luego se legitime electoralmente.

Por eso las figuras del espectáculo, fetiches naturales, arrancan con el terreno allanado cuando se disputan las urnas. Aquellas figuras que no emprendieron una carrera política pero asientan postura, como Pablo Echarri, Emma Watson o Alfredo Casero, serán referentes decisivos para seducir al electorado. Por otro lado, un candidato sin pasado mediático debe ser rápidamente deglutido y vomitado como fetiche. Es lo que se conoce como “construcción de un candidato”, aunque también puede surgir de manera involuntaria, por caso Nicolás Del Caño, que incitó el voto en blanco sin entender que su figura al momento del ballotage era un catalizador macrista.
La invisibilidad y el disimulo del espectáculo para incrustarse en la sociedad es algo poco ponderado por las encuestadoras políticas, que al subestimar la decisión del ciudadano condicionado subliminalmente, se convierten en horóscopos erráticos y en ocasiones bochornosos. Ya no se vota bajo una convicción racionalizada, se vota bajo un conglomerado de imágenes que activan emociones ocultas en el cerebro.

A simple vista, por su genética mediática, Tinelli sería quien mejor posicionado está para ocupar el cargo supremo del poder ejecutivo. El votante accede al candidato sólo a través del andamiaje tecnológico y Tinelli es televisión pura. Pero justamente allí está su desgracia: el excedente televisivo en Tinelli transforma su transparencia absoluta en vulnerabilidad. Pensemos en Donald Trump: primero es empresario y luego flâneur televisivo. Esto permitió que el candidato capitalice sombras aptas para la seducción, porque cuando Trump hacía sus declaraciones performáticas, se fetichizaba en el disparate y luego se apartaba hasta una nueva aparición. Este ocultamiento, por más breve que sea, resultó crucial para que se establezca un imaginario en el votante.

Con Tinelli no hay pausa alguna en el inconsciente colectivo argentino. Tinelli es una hipérbole de 30 años al aire que anula cualquier seducción. Dicho en otras palabras: a Tinelli la ciudadanía lo conoce demasiado. Y la confianza jamás se consolida en la transparencia. Confiar es otorgarle al otro el don del misterio, la posibilidad de hacernos daño.

Ahora bien, la transparencia total de Tinelli se sostiene en un producto concreto: su programa, primero llamado Videomatch y ahora ShowMatch. Entre Tinelli y ShowMatch no hay separación posible, no hay categoría alternativa. Este programa, junto a su conductor, fue el paradigma del espectáculo televisivo durante décadas, pero ahora perece estar agonizando, vislumbrando su fin como lo demuestran esas espeluznantes mediciones de rating que con esfuerzo llegan a los dos dígitos (por lo general el programa arranca con 8 puntos de rating y crece hasta tocar unos miserables 12 puntos). ¿Es el fracaso de ShowMatch el fracaso anticipado de Tinelli como político? Sólo en parte, y quizás esté ligado al torcimiento de los valores impuesto por el feminismo, que ganó la batalla del marketing cultural. ShowMatch siempre fue violencia simbólica y el televidente ahora se siente como un paciente trasplantado que rechaza su nuevo órgano. No es que no goce de la violencia (ésta es imposible de erradicar en una sociedad), determinadas fuerzas externas le inducen el rechazo. La moda mental hace intolerable cierto tipo de representación de la violencia.

Durante los 90 y la primera década del 2000, Tinelli como el vivo criollo que se reía de los demás era un fetiche perfecto para cohesionar a la ciudadanía y postularse como candidato, indistintamente del partido que lo contuviera. Su fracaso anticipado en el 2019 no tiene tanto que ver con su presente de antivalores, algo que durante un año electoral fácilmente puede revertir, sino con una transparencia histórica, registrada y de rápido acceso en YouTube. La exposición indiscriminada de Tinelli en el aire televisivo delata todas sus estrategias para amoldarse al discurso de la época, una exposición que lo convierte en alguien obvio, incapaz de camuflarse en el secreto del poder. ¿Cómo diagramar una campaña para Marcelo Tinelli sin que resulte obsceno su disimulo, su oportunismo ideológico, su prestidigitación? ¿Cómo insertar aquí el componente subliminal?

¿Alguien recuerda la impostación de Tinelli cuando hizo campaña para ser presidente de la AFA en la mesa de Mirtha Legrand? De esas elecciones no salió un presidente; salió, literalmente, un meme. Porque no hay manera de representar lo que ya es representación; he allí una paradoja que Tinelli jamás podrá superar.

09 Octubre 2018
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