Lo irreal, chequeado

Simulacros Del Fin Del Mundo, por Lucas Asmar Moreno

Existe una cuenta en redes sociales llamada La Gente Anda Diciendo que recopila frases exóticas sacadas de contexto, escuchadas al pasar. Cómicas algunas. Los fans de esta cuenta empezaron a colaborar mandando frases que ellos oían y con ese combustible las publicaciones mantuvieron una frecuencia alta. Tal fue el éxito que en 2013 publicaron un libro seleccionando las mejores frases y en el prólogo los autores señalaron algo crítico con respecto a las colaboraciones: “Nos parecía fundamental que fueran ciertas, realmente escuchadas al pasar. Era imposible saberlo y, sin embargo, decidimos confiar”.

Esta confianza parece tener dos intereses: que la frase haya existido para respetar la idea del proyecto y que la frase sea lo suficientemente ingeniosa como para publicarse. Es obvio que el segundo interés devoró al primero. Los editores de La Gente Anda Diciendo creyeron en función al golpe de efecto, no a una verdad verificable. Confiaron en la inventiva como criterio de selección.

Esta anécdota podría ser una parábola para explicar un tema de moda: las fake news y la posverdad, esas noticias falsas o situaciones incomprobables que comprometen el estado sentimental del receptor, alguien que no cuestiona la veracidad de los hechos, sino que simplemente los acepta o niega según su necesidad afectiva. Un caso emblemático puede ser la placa de C5N: “ganó Scioli por amplia diferencia”, en donde el deseo alteró la totalidad del escrutinio.

Las fake news, sin embargo, se mueven mejor sobre otras aguas que serían el reverso de los medios tradicionales de comunicación: las redes sociales. Otro caso emblemático fue la viralización de la foto de un cadáver de un hombre gordo de 50 años que representaba a Santiago Maldonado, un chico flaco y joven. Lo didáctico e increíble del episodio fue la necesidad de un sector de la población de darle una falsa identidad al cadáver, desafiando la incongruencia del physique du rôle.

La posverdad podría definirse como la adecuación anticipada de un acontecimiento sobre un sistema de creencias. Ciertas noticias se van pegando según el afán de que el mundo sea tal cosa y no otra. Es decir que la información se procesa no para poner en jaque lo que sé, sino para reafirmar lo que ya sé. Esto en la actualidad se vería favorecido por el excedente de medios de comunicación, todos desregulados y libertinos. Somos adictos a pequeños datos que cotidianamente nos posicionan en la esfera de lo correcto.

Es extraña la excitación de los pensadores por estas nuevas categorías, cuando se trata de un parámetro humano harto común. Cada parcela de la historia en cada región del planeta manejó un sistema de creencias para ordenar su realidad, y es bastante lógico que un sujeto se niegue a aceptar un paquete de datos que destroce lo que hasta ese momento le servía para ordenarse narrativamente.

Lo que distingue a las noticias falsas de algo tan natural como aferrarse a un sistema de creencias es que ingresa en un paradigma histórico que hizo de la razón el pico evolutivo de la inteligencia humana. Esta razón cuantificable se impone como el único camino hacia la verdad, entonces si yo me conformo por un manojo de emociones pero el mundo se conforma por datos duros cada vez más democratizados y difundidos, obviamente entraré en una histeria negacionista cuando un dato suelto contradiga mis emociones. Si esos datos son ciertos o falsos no importa en lo más mínimo, porque lo que se compromete es una narrativa que me ordena como sujeto, no una matemática que descompone el mundo.

Hay una vuelta de tuerca curiosa para mitigar este desorden de información, y son las cuentas encargadas de chequear los datos que se viralizan o se instalan en la agenda. Son cuentas con pretensiones de objetividad que alardean de su asepsia emocional y de su indiferencia al caos: Chequeado (@chequeado) o Nadie chequea nada (@nadiechequeanada) serían dos buenos ejemplos. En cada tweet o post, estas cuentas se encargan de anular o certificar un dato, intentando dar la mayor precisión posible y blanquear sus fuentes. Las intensiones son hermosas pero caen en una sutil falacia: todo lo que estas cuentas buscan chequear es lo que de antemano se presenta como potencial fake news. Es decir que trabajan sobre aquello que las redes ya instalaron como histeria comunicacional. Estas cuentas funcionan como antivirales sobre un sistema inmunológico supuestamente comprometido, que en definitiva siguen aferrándose al credo de una razón cuantificable y que parecen gritar “tranquilos, la verdadera posverdad soy yo”.

Hay otra cuenta un tanto paródica llamada Andá a chequearlo a la concha de tu madre (@NoChequeable) que está a la caza de anécdotas o relatos que podrían ser ciertos o no, pero que no comprometen la decodificación de la realidad, sino tan solo a su comunicador como posible mentiroso. Lo que hace esta cuenta es poner al descubierto el pacto de confianza del acto comunicador y esto, al igual que el prólogo del libro La Gente Anda Diciendo, es una forma de desneurotizar la comunicación y aceptar el fracaso de nuestra objetividad.

Porque la verdad no es aquello que pueda verificarse bajo métodos que de antemano la delimitan, sino lo que un grupo humano convenga como tal. Bajo estas verdades efímeras se cometerán los mismos aciertos y errores. Poco habría de qué preocuparse; la verdad nunca dejó de ser posverdad.

06 Noviembre 2018
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